Algo dentro de mí me dice que puedo cerrar el chiringuito por hoy y marcharme a tomar una cerveza. Todo tiene una explicación: dentro de dos horas tengo una reunión que terminará tarde. Además de cerrar antes mañana también vendré más tarde. Es lógico. En estos momentos no veo por tomar una cerveza en una terraza de verano y desear que acabe pronto la reunión para ir a sumergirme en la misteriosa nueva historia de Robert Langdom en Inferno.
Por otro lado, no pienso en la hora que pueda llegar a casa hoy. En mi mente siempre encuentro un espacio para sonreír porque pienso en él, en ese ángel de mirada perfecta, con quien últimamente hablo mucho pero al que apenas veo.
Sueño en un lejano día en que pueda tumbarme en el césped con él y mirar las estrellas. Contarle mi jornada y escucharle a él describir la suya. Y mecerme en su voz. Cada momento de él es para saborearlo. Hoy saben a fresa.
Sueño en un lejano día en que pueda tumbarme en el césped con él y mirar las estrellas. Contarle mi jornada y escucharle a él describir la suya. Y mecerme en su voz. Cada momento de él es para saborearlo. Hoy saben a fresa.

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