sábado, julio 06, 2013

La trilogía de Nueva York


Nada más regresar de Nueva York, lo lógico hubiera sido que cogiera el libro que había dejado a medias antes de marcharme, pero sin embargo, opté por uno nuevo, pero sólo porque sabía que iba a leer descripciones magníficas de Nueva York.
Nunca con anterioridad había leído nada de Paul Auster. Sé que es un escritor prolífico y hace unos meses empecé a comprar sus libros. Así que me acordé de este libro en el avión y decidí cogerlo.
La trilogía de Nueva York tiene tres partes: Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada. Quizás la parte que menos me ha gustado e, incluso se me hizo pesada, es la segunda, pero he disfrutado mucho en la mayor parte del libro.
En Ciudad de Cristal, Daniel Quinn es un escritor de novela policíaca que recibe una llamada extraña. Sin duda, el interlocutor se ha equivocado, porque necesita un detective (de nombre Paul Auster). Quinn decide hacerse pasar por ese detective y se mete en el papel, vigilando a un hombre que podría querer asesinar a su hijo, un hijo que se llama Peter Stillman y que ha pasado los primeros años de su vida encerrado en una habitación cerrada.
En Fantasmas se contrata a un detective privado que vigila a una persona desde el otro lado de la calle, y parece que vigilante y vigilado estuvieran jugando al escondite en un claustrofóbico universo urbano.
En La habitación cerrada, el protagonista se ve confrontado a los recuerdos de infancia de un amigo cuando la mujer de éste le llama explicándole que su marido Fanshawe ha desaparecido misteriosamente. Fanshawe es alguien dotado de una gran personalidad, un tipo que convierte en grande todo lo que hace, así que no es de extrañar que sea un genio como escritor, pero se gane la vida de otra forma. Incluso como escritor parece que fuera el propio Auster el que nos está dando algo de sí mismo. Fanshawe es un manipulador, en realidad, dirigiendo los hilos de dos vidas ajenas, la del protagonista amigo de la infancia para que se enamore de su mujer Sophie, pero sin llegar a desaparecer del todo, al estar siempre presente.


¿Novela policíaca o thriller? La editorial Anagrama vende las novelas de Auster como thrillers y la verdad es que se adaptan perfectamente a este género, pues el lector queda envuelto en una oscuridad que, aparentemente, apunta a algo mucho más sofisticado que el típico misterio de las novelas de suspense de toda la vida. Al final, el lector se da cuenta de que este misterio no es tanto ni tan relevante (de ahí que quede una vaga sensación de decepción en ciertas partes del libro, aunque luego el conjunto lo supere y sea realmente una pequeña obra maestra). En un comienzo, la lectura parece encaminarnos hacia algo muy grande, una resolución profunda y trascendente, aunque después el final se queda en muy poca cosa, en relación a lo que espera el lector.
Paul Auster hace malabares con las palabras e ideas, pero no profundiza, todo queda en vagas reflexiones incluidas en una trama que no tiene suficiente solidez. En La trilogía de Nueva York, el autor se convierte en narrador de un mundo concreto en una época muy delimitada, donde los misterios habituales se han suprimido y donde la aventura en las ficciones remolca a los personajes a las ruinas de una realidad en descomposición.
En esta novela hay muchas referencias autobiográficas. De hecho, podría decirse que el autor se vuelca de lleno en sus interioridades, en un proceso muy complejo. Hay muchas partes de Auster en la novela, como ese párrafo en que parece que se está describiendo a sí mismo:

“Auster se recostó en el sofá, sonrió con cierto irónico placer y encendió un cigarrillo. Era evidente que estaba disfrutando, pero a Quinn se le escapaba la naturaleza precisa de aquel placer. Parecía una especie de risa muda, una especie de chiste que no llegaba a su culminación, un regocijo sin objetivo.” 

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