
Cuando pensamos en el Potemkim, la mayoría de la gente lo vincula a la marina imperial rusa y a la película titulada "El acorazado Potemkin". A mí me recuerda a una discoteca de Salamanca, donde iba asiduamente los primeros años que pasé allí.
Me he acordado de aquello porque estaba pensando en la noche en que conocí y hablé con Manolo Kabezabolo. Habitualmente daban allí conciertos dos o tres días a la semana, así que era fácil coincidir en su interior con los grupos. Y no es que fuera una sala pequeña, sino todo lo contrario. Era amplia, a nivel del suelo (sin más plantas que subir o bajar), y con tres barras en sitios estratégicos. Los grupos que acudían a cantar se subían en una tarima colocada para tal fin en el fondo de la sala.
En mi primera etapa en Salamanca, aquel era centro de reunión para hippies y heavies. Y entonces yo también era un poco desgreñada, aparte de que a veces fumábamos algún que otro peta y en el Potemkim estaba permitido.
Allí acudimos a ver muchos conciertos, aunque sólo recuerdo al Kabezabolo, quizás porque hablé con él o quizás porque a las horas que abría el Potemkim ya no distinguíamos ni la voz ni el rostro de quien cantara.
Después dejamos de ir. Quizás porque dio paso a otros rebaños de gente diferentes a los que yo conocí. Lo que sí es cierto, y aunque suene superficial, cada bar tiene su clientela, y el Potemkim no iba a ser menos. Una vez entré con un polo de marca y me miraron mal. Realmente a mí eso siempre me ha dado igual, pero sí que es cierto que es un bar un tanto selectivo con la gente. La entrada es libre, pero se mira mucho la forma de vestir. Algo que choca mucho en una ciudad como Salamanca, tan cosmopolita y con tal mezcla de culturas, tanto como que nadie te mira de forma rara, vayas como vayas vestido. Pero en los bares esto cambiaba: cada cual tenía su tipo de gente.
Sin embargo, luego empezamos a ir al Piper. Allí sí que no era el ambiente tan elitista como en el Potemkin, sino que se veían un sinfín de estilos diferentes. Llegué a conocer a los dueños y una noche incluso me encontré sirviendo copas detrás de una de las barras. Otro día hablo del Piper.
En cuanto al Potemkim, no sé cómo será ahora. Aquello cambió porque las personas también cambiamos.
Estoy segura de que sigue causando furor. Conocer Salamanca es entrar al menos una vez en el Potemkim. Es una de esas salas que siempre recomiendan. Yo no la recomendaría, pero sí que es cierto que tiene algo diferente, algo que no tienen el resto de las discotecas. Y eso queda ahí.


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