Adoro el sol. Ya las estrellas vaticinaban anoche que haría un buen día hoy. Y tardes como hoy deberían disfrutarse junto a un ángel. Me gustaría ir a cualquier sitio con él, incluso se me ha ocurrido desempolvar la bicicleta.
El sol invita a la gente a salir a la calle, así que todo está lleno de gente. Vas a lavar el coche y todos los huecos se encuentran ocupados. No podía irme, porque mis padres se llevan el coche mañana y les he dado mi palabra de que lo iba a lavar esta tarde. Con todo, he comido algo a las cinco de la tarde, no sin antes haberme puesto una camiseta de tirantes, porque venía sofocada.
Ahora siento cierto cansancio, pero me pesaría no disfrutar de la tarde. Me echaré un rato, pero poniendo la alarma para dentro de media hora y quizás pasear hasta la ermita.
Más que el sueño en sí mismo es el deseo de soñar con un ángel. No hay viernes sin siesta y si no hay siesta no se puede llamar viernes.
Nueva Zelanda está casi cerrado. Si bien es cierto que me dijeron que se sacaba el visado por internet, lo que servía para agilizar todos los trámites, fue un error. Eso ocurre para Australia, pero para Nueva Zelanda ¡no necesito visado! Hoy me han preguntado por qué Nueva Zelanda y no Australia, siendo éste un país que quiero conocer desde hace siglos. He pensado en él. Australia creo que es un país para disfrutar con alguien especial. Un día se lo diré, algo como "vayamos a ver canguros". Que no tiene por qué ser hoy o mañana. Esta tarde voy a cerrar el viaje. Es decir, sólo tengo que decir que sí. Del 14 al 29 de mayo, con transbordo en Londres-Heathrow. Yo pensaba que pararíamos en Bangkok o algún lugar así. No me he fijado en las horas de viaje, pero son muchísimas. Eso me recuerda lo que estuve haciendo el año pasado en el avión cuando sobrevolábamos Marruecos o algún país del Norte de África. Recuerdo que empecé a escribir, porque pensaba en un ángel con la mirada perfecta. Y no paré de escribir en todo el viaje. Fueron muchas horas, demasiadas. Vi un sinfín de películas. Y dormí. Lo peor de dormir en un viaje tan largo es el momento de despertar, cuando abría los ojos y, desubicada, me preguntaba: "¿Dónde estoy? ¿Qué hora es?". Pensaba que aún estaba volando y que todavía me quedaban muchas horas, pensaba que no quería dormir más para no volver a sentir esa incertidumbre. Me quedaba mirando las nubes que pasaban a mi lado, las luces allá abajo, cacharreaba con la pantalla, buscando discos, películas, juegos u otras distracciones. Y varias horas después volvía a dormir. De vez en cuando sacaba un bolígrafo y escribía lo que me pasaba por la cabeza. Entonces le sentía muy cercano.
A las seis llamo para decir que sí.
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