
Ha entrado un señor en la oficina. Mochila repleta, bordón de Santiago (con vieira y cruz incluida), DNI en mano, los sellos de muchos peregrinajes anteriores y una ajada hoja de periódico (del Faro de Vigo). Lo primero que he sentido ha sido el olor nauseabundo de una persona que lleva muchos días sin tocar el agua, luego he visto sus dientes desdentados y entonces ha hablado. Al ver los sellos le he dicho que sí, que ahora le echaba el sello. Me he adelantado a lo que sabía que venía, porque él venía a pedir. "Vivo de la caridad hasta que me salga trabajo", ha dicho. En mi mente me preguntaba si eso no sería más que una excusa burda, ya que no me daba la sensación de que estuviera buscando trabajo y el trabajo habitualmente no llega solo. Le he dicho que no le daba nada.
Tengo que ahorrar para el viaje y, además, no me parece que salir en un periódico y vivir de lo que le da la gente en el Camino de Santiago sea suficiente fundamento para dar dinero. Y además, la mayor parte de los albergues de la Ruta Jacobea suelen ser gratuitos, así que siempre se puede ir allí, que no le negarán un plato de comida ni un colchón para dormir, amén de la ducha que necesitaba.
No me da pena.
Entonces me he acordado de "Adares". El poeta Remigio González, más conocido como "Adares", era un símbolo en Salamanca. Siempre se le podía encontrar en la Plaza del Corrillo, junto a uno de los accesos a la Plaza Mayor. Allí estaba en invierno y en verano, con su puesto callejero de libros de poesía propia, enfrentándose al frío gélido y a los calores de la meseta. "Adares" era un icono de Salamanca y cuando recuerdo mis paradas en su puesto me estremezco. Con una voz pausada, nos hablaba del tiempo, fragmentaba un poema al aire y sonreía, con una sonrisa arrugada y experimentada. Hace ya algunos años que falleció. Y su marcha nos trajo la nostalgia en el rincón del poeta, ahora vacío, y una bohemia que disminuye con la marcha del último de los poetas callejeros de la ciudad. Le recuerdo con cariño y si bien no producía pena en mí porque sabía su historia (estaba allí por placer, no porque necesitara el dinero que sacaba de la venta de sus poemarios) sí que llegué a comprar alguno de sus libros de poemas. No al principio, sino cuando, con el paso de los meses, Remigio se convertía a mis ojos como un personaje que formaba parte del decorado de la ciudad. Hoy "Adares" es un símbolo charro y en todos los rincones literarios de Salamanca se habla de él. Simplemente, su fuerza de voluntad era admirable.
Le recuerdo con cariño y con nostalgia. Y si regreso a Salamanca, siempre encontraré la melancolía en aquel rincón donde siempre estaba sentado con su poesía, en verano y en invierno, porque a mis ojos su alma sigue estando en aquel rincón junto a la Plaza Mayor.

Remigio González, "Adares", poeta charro
Remigio González, "Adares", poeta charro
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