He quedado a las cinco. Aún no sé cómo anoche me dieron las siete de la mañana. En realidad sí que lo sé, porque las horas en compañía de ese ángel de mirada perfecta se pasan rápidamente y, cuando quiero darme cuenta, ya es hora de marchar.
Todo pasa rápidamente.
He soñado algo muy raro, para mí que lo he sacado de alguna historia novelesca, aunque ahora no recuerde de qué. Estaba guardando un tesoro que todo el mundo buscaba, un tesoro que no abultaba mucho, algo como un manuscrito o un pedrusco extraño. No sé, no recuerdo qué era lo que escondía, pero sí recuerdo el lugar donde lo escondía. Estaba con él, eso sí. Debería intentar despejarme un poco para ver si consigo recordarlo todo. Lo cierto es que ese sueño era digno de una magistral historia de aventuras. Pero apenas recuerdo nada.
He quedado a las cinco a tomar café. Me he levantado media hora antes del motociclismo. Pero no estaba en las motos, pensaba en él. En su dulzura. En las cosas que decía. En su mirada angelical. En lo a gusto que me siento con él...
Debería ir pensando en marchar. Ojalá dejara de llover.
¿Cuántos besos invisibles le envié? ¿Los sentiría él?
¿Cuántas veces quedé... atrapada en esa mirada de perfección?
¿Dónde estará...?
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