Cuando estamos dejando atrás la inocencia de la infancia y empezamos a redescubrir el mundo que nos rodea, nos vemos inmersos en un cúmulo de sensaciones y sentimientos nuevos, extraños, tangibles pero prohibidos. Es la época de la adolescencia, la que muchos consideran una etapa digna de olvidar y otros pensamos que tuvo momentos demasiado maravillosos como para desecharla sin más.
Aún no tienes preocupaciones con respecto a nada. A finales de junio, sólo fruncías el ceño para ver el boletín de notas y, si había habido suerte y todo había sido satisfactorio, sólo había un pensamiento: <<Dos meses y medio de vacaciones>>. Era gracioso, porque esa larga etapa de ocio se convertía en algo tan efímero que, cuando querías darte cuenta, ya estaba comenzando septiembre.
Tengo recuerdos de muchos de aquellos veranos, especialmente de uno, en el que tendría doce o trece años y aún tenía toque de queda en casa. De hecho, fue ese verano en el que mis padres me ampliaron el horario de llegada a casa a medianoche.
Últimamente me he acordado de una persona, Javi, que conocí en aquella época. De hecho, hasta ese verano ni sabía quién era él, ni su hermana, ni sus primos... aunque sí conocía a sus abuelos. Era de una ciudad dormitorio cercana a Madrid y tenía el "ej que" característico al hablar. Creo que fue el primer muchacho que me gustó de verdad. Ya no era que tuviera un físico imponente (melena castaña clara y profundos ojos azules, alto y de complexión delgada), sino que era la suavidad de sus actos, o al decir las cosas, la tranquilidad con que se expresaba. Tenía un año más que yo. Recuerdo que aquel verano fue el del macarra, aprendí a cazar saltamontes bajo los focos luminosos de las farolas y a apretar delicadamente el cuerpo de las moscas para descubrir su sexo. Ése fue el verano de la calle Santiago, cuando aún no se valoraba tanto el Camino ni por allí pasaban tantos peregrinos; ni siquiera estaba el mirador por el que ahora entran en el pueblo. Dejando aparte el escondite y otros juegos de correr, las historias de miedo que contábamos sentados en círculo, apenas salíamos de aquel rincón de la calle, y las bicicletas quedaban desperdigadas por ahí sin medio a que nos las robaran. Parecíamos la cuadrilla de Verano Azul. En las contadas ocasiones en que nos íbamos de la mitad de la calle ocupada por nosotros, terminábamos con las raquetas en el frontón o jugando al fútbol en la ermita, cuando aún no tenía el moderno albergue que hay en la actualidad y su lugar estaba ocupado por una vieja barra desvencijada, con cuatro bebidas contadas, que hacía las veces de bar; ni siquiera había luz.
Jugando al fútbol fue cuando Javi empezó a patear piedras del campo de tierra, con tan mala suerte que un guijarro puntiagudo fue a caerme en la frente. Tenía que ser domingo y estar la ermita llena de gente sentada bajo los árboles, para que una multitud creciente empezara a rodearme hasta llegar a la fuente. Tenía que ser domingo y que mis padres estuvieran en la ermita para socorrerme. La visión de un chorretón de sangre asusta, pero la herida sólo era un rasguño sin importancia. Sólo que sangraba sin parar. Mi padre usó por primera vez el botiquín de primeros auxilios del coche. Y llevé durante días una tirita en la frente. Recuerdo que entre los borbotones de sangre, Javi estaba asustado, sobre todo cuando mi madre preguntaba: "¿Quién ha sido?". Pero yo callaba.
No pude despedirme de él ni de su hermana. El verano dio paso a la última semana de agosto y, como los años anteriores, nos fuimos a la playa. Cuando regresé, los madrileños ya no estaban y la calle Santiago volvía a estar silenciosa y sin chiquillos, sin bicis y sin voces.
Le volví a ver unos años después. Fue en unas fiestas. Seguía igual de guapo, aunque mucho más alto, y sus profundos ojos azules denotaban cierta nostalgia de épocas pasadas, o quizás era tristeza. Me acerqué a saludarle, pero la magia había desaparecido: éramos dos extraños.
Su hermana, en cambio, viene casi todos los veranos.
Sólo que hace unos días recordé lo bien que lo pasamos aquel verano en la calle Santiago, que ahora tiene un mirador con jardín que han partido en dos unas hermosas escaleras de piedra, la calle ha sido adoquinada y a cada cien metros surge una baldosa blanca con la imagen de una concha, y ahora es una parte más del Camino que se ve afectada por el trasiego constante de los peregrinos que se dirigen hacia el sepulcro del Santo. Muchas de las casas han sido reconstruidas, pero esa vieja casona, la que tantas historias nos regaló en la infancia, sigue en pie, con su enorme escudo de piedra retando al tiempo.
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