domingo, febrero 15, 2009

Gestos que dejan huella

Últimamente me acuerdo mucho de mi tío. Siento una especie de vacío que me hace preguntarme dónde estará. A veces miro a las estrellas, como si allí pudiera encontrar una respuesta. Siento que me falta algo. Me gustaría contarle tantas cosas... Eso lo echo de menos: hablar con él y contarle los secretillos, hablarle de novietes y de amigos. Era la única persona adulta con la que yo había creado una complicidad que no compartiría con nadie más. Pero él me entendía, se reía, me hacía sonrojar, o decía frases delante de mis padres que sólo los dos entendíamos.
Me acuerdo muchas veces de un gesto de él, en una de las últimas tardes que acudí a verle. Recuerdo que salíamos de su casa para dar un paseo y los vecinos aparecieron con un niño de unos cuatro años. Recuerdo su mirada y supe leer en ella. Mi tío siempre fue muy niñero, y estuvo jugueteando con aquel chavalín, pero súbitamente se quedó serio y su mirada se tornó sombría y triste. Mi tío ya había sido operado, aunque el cáncer no se le había reproducido aún, pero aquella tarde yo leí un NUNCA: "Ya nunca tendré un niño". Para mí, ser consciente y capaz de leer a través de sus ojos fue un golpe muy duro. 
Siempre he pensado que la fuente de información de los gestos faciales es inmensa. Es sencillo leer el rostro de una persona, pero no así sus pensamientos. Aquella tarde yo descubrí en mi tío una infinita tristeza, indescriptible, al límite.
Me miró y se dio cuenta de que yo lo sabía. Intenté animarle pero aquella pesadumbre no se me quitó en mucho tiempo. Ni siquiera se lo conté a mis padres ni hermanos. Era algo que no quería creer.
Le echo tanto de menos...

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