
Ayer vino Rober a cenar a mi casa. Tras probar mis platos divinos me aduló diciendo que tengo buena mano para la cocina. No es la primera vez que me lo dicen, y además es algo que comparto con uno de mis hermanos; creo que herencia de la abuela. Es una lástima que apenas pase tiempo experimentando entre los fogones.
También hablamos de certámenes literarios. Rober sigue mi estela y ha quedado finalista esta semana en un concurso organizado en Salamanca, por lo que le publicarán su relato. Ahora soy yo la que tengo que felicitarle. Y regalarle mi crítica constructiva, que empecé a decirle ayer y que terminaré por email antes del lunes. Le tuve que convencer para que fuera al Registro y, al final, el miedica de él me hace acompañarle. Ya le expliqué que los registradores son majetes y que si tiene dudas ellos le explicarán todo mejor de lo que puedo hacerlo yo. Le metí miedo con algo que no haría jamás: el plagio.
-Si yo voy el lunes al Registro con este manuscrito que me has traído y relleno los impresos a mi nombre, después te puedo denunciar y hacer que te descalifiquen del concurso en que has quedado finalista.
-No puedes denunciarme -alegaba él-, porque yo tengo los resguardos de Correos de otros concursos.
-No te serviría. Tu texto no constaría como registrado oficialmente, y si tú das los resguardos, yo puedo decir que me lo robaste.
Por supuesto, yo sería incapaz de hacerle algo así, pero quería que comprendiera lo importante que es poseer los derechos de autor de una creación propia. Peca de confiado y yo de desconfiada.
Rober, siempre tan detallista, me trajo vino. Y me puso al teléfono a Carlos, que no paraba de hablar, hasta que le corté diciéndole: "Cuídate y a ver si nos vemos pronto".
Lo pasamos bien. La última idea que me dio Rober fue la de formar una tertulia literaria en mi casa. Todo sería ponerse con ello y preparar té y pastitas para veladas de este corte. A mí no me importaría... si no viviera sola.
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