miércoles, febrero 04, 2009

Tuareg


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He leído muchos libros de Vázquez-Figueroa y éste me ha gustado especialmente por los valores de la vida y la resistencia de una persona, por el afán de supervivencia de un tuareg que pone sus tradiciones ancestrales por encima de leyes que no tienen siquiera cien años, y la necesidad de su familia, el contraste de su pequeño mundo en la inmensidad del desierto y el gran mundo moderno y concienciarse a la vez de lo pequeño que es un ser humano...

"Morirás lejos de tu mundo" le había dicho una vez aquella vieja esclava a Gacel Sayah, un nombre tuareg de los que apenas quedan unos pocos en el desierto del Sáhara, un verdadero targuí con una férrea voluntad y anclado a unas tradiciones muy antiguas.
Gacel es conocido como el Cazador entre los suyos, es casi un príncipe "dueño" del desierto, capaz de convertirse en piedra en las más duras olas de calor y de camuflarse cual camaleón con los gélidos vientos nocturnos. Adora a su mehari, su camello blanco, al que vio nacer y que siempre le acompaña, un animal que tiene tanta resistencia como su dueño. 
Su segunda esposa se llama Laila y era una joven esclava a la que convirtió en su consorte. Está loco por ella. Su jaima está anclada en un pequeño oasis donde, junto a su familia, sus hijos, sus esclavos y sus animales, ha encontrado la paz y felicidad.
Un día, aparecen dos heridos a los que da alojamiento y comida. Poco después llegan los soldados, que asesinan a uno y se llevan al otro. Para Gacel eso es una afrenta a las leyes de la hospitalidad de su pueblo. A partir de entonces sentirá que el gri-gri, el espíritu de la mala suerte y de la muerte, rodea su vida. Así que buscará al guía Mubarrak, otro tuareg, que ha llevado a los soldados hasta su jaima y se enfrentará a él en un duelo a muerte. Después buscará a los soldados hasta dar con el fugitivo que se llevaron a su casa. Le salvará la vida, atravesando dunas y dunas de arena, la "tierra vacía" de Tikdabra (gran explanada de arena de 80º que nadie ha logrado atravesar), encontrará la "gran caravana" perdida y conseguirá llevar a su huésped a otro país.
Mientras que las mujeres de los tuareg tienen libertades para enseñar su rostro y libertades sexuales, los varones lo tapan bajo el velo y sólo se lo enseñan a sus familiares y amigos íntimos. En la terrible travesía por el desierto, Gacel descubrirá la identidad del hombre al que está salvando la vida: Abdul-el-Kebir, el hombre que llevó la independencia al país y que fue derrocado por los suyos y hecho prisionero. Gacel llegará incluso a enseñarle su rostro. Con todo el ejército detrás, al cruzar esa frontera invisible en el desierto, los militares del país vecino les ayudan y salvan al político, mientras Gacel, que cree cumplido su cometido en lo que respecta a la hospitalidad, vuelve a su jaima rodeando Tikdabra. 
En un campamento de beduinos, le informan de que su familia ha sido hecha prisionera. Tampoco comprende por qué los hombres retienen a su esposa e hijos, cuando considera que ésa es una lucha de hombres. Entonces decide buscarlos. 
Para él, un tren, el mar, la nieve y la capital constituyen un mundo nuevo y complejo. Necesita encontrar al ministro de Interior para que suelte a su familia. Se cambia el velo y, aunque se siente desnudo, pasa desapercibido en la gran ciudad. Y entonces amenaza con asesinar al Presidente, pero justo después de apretar el gatillo cae en la cuenta de que es Abdul-el-Kebir en el día triunfal en que regresa al poder. Una ametralladora dispara a su vez a Gacel, causándole la muerte, tal y como había predicho la vieja esclava.

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