No me ha gustado mucho el libro en lo que respecta a la forma en que está narrado. Aunque breve, la autora se ha concentrado en contar los hechos históricos de una manera concisa, con un vocabulario muy simple y con un contenido bastante somero y superficial. Carece de profundidad histórica y eso lo convierte en una mala novela.
Lo único que resalta es el enfrentamiento de otros dioses al Yahvé cruel del Antiguo Testamento y un pueblo, el israelita, torpe e inculto.
Quien narra los hechos es Ierusa, doncella y amiga de la reina Jezabel, que consiguió sobrevivir y escapar de una muerte segura.
Jezabel era cananea, una princesa que se casó en un matrimonio con el rey de Israel, Acab, un rey guerrero que tenía que lidiar contra la otra mitad de su pueblo dividido, Judá.
Los israelitas nunca aceptaron a una reina extranjera y tampoco la querían como mujer, ya que en ese pueblo una fémina no debía tener ni voz ni voto. Pero Jezabel era culta, gobernaba junto a su marido y fue víctima de todos los horrores que acontecían en Israel. Tampoco el pueblo toleraba que rezara a otros dioses, Baal y Astaroth entre otros, y su principal enemigo fue siempre el profeta Elías, a través del cual se manifestaba Yahvé, el verdadero Dios de Israel.
La dinastía de los Omritas desapareció por la traición de Jehú, el general del ejército israelita, que tras la muerte de Acab y de su primogénito, mató al rey legítimo y a su madre, proclamándose rey, ya que había sido ungido por Yahvé a través de las manos de Elías.
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