
Me encanta dormir y odio, evidentemente, desvelarme. Para despertarme tengo que ponerme veinte alarmas y, aun así, me cuesta salir de la cama. Me encanta dormir y saber que aún puedo quedarme un rato más en la cama. El problema estriba en el momento en que los ojos se te abren como platos (aunque aún no te has tomado el primer café de la mañana) e intentas darte la vuelta a ver si cae la breva de que aún tienes varias horas por delante antes de que amanezca.
Ayer me fui a la cama a la una, a las dos dejé el libro en la mesilla porque los párrafos enseguida se convirtieron en nubes brumosas que estaban más ya en el mundo de los sueños que en el real y a las cinco he abierto los ojos para no cerrarlos más. Lo mejor ha sido cuando al dar la luz de la lámpara de la mesilla, se ha fundido la bombilla y me ha quitado todo el alumbrado. En oscuras y descalza me ha costado un ratillo encontrar los interruptores que tenía para abajo.
También tenía un inmenso ardor de estómago. Creo que éste ha sido el motivo real por el que me he desvelado.
No puedo dormir, no puedo leer, no puedo escribir y, para colmo, no puedo soñar. Porque hoy he soñado con F. Pensaba que había desaparecido, pero en esas tres horas ha hecho acto de presencia.
¡Qué horror! A las ocho de la tarde caeré totalmente rendida.
Basta que haya quedado en un rato, para que ahora me adormezca y luego me cueste despertar.
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