
Cuando dos personas discuten es preferible dejarlas estar, porque tarde o temprano sólo se dan dos soluciones: que se lleven peor o que se reconcilien. Nunca habrá un término medio. Si haces las paces con esa persona, es muy posible que, en un futuro no muy lejano, entre a formar parte de tu círculo íntimo de amigos. Si, por el contrario, no hay una posible resolución para bien entre esas dos personas se habrá abierto una brecha inmensa que alojará en su interior los rencores y venganzas de una manera cuasieterna, pero cierto es que todo podría quedar en barbecho y, con el paso de los años, en vez de reanudar esas viejas rencillas y aunque la enemistad siga vigente, el tiempo habrá dado paso al olvido y terminas pasando página, como si esa persona sólo hubiera sido un punto negro que ya se ha difuminado.
La peor situación es la de la persona que se encuentra en medio, porque, inevitablemente, siempre le salpicará algo. La mejor actitud para los que están alrededor es quedarse al margen, porque si se toma partido por uno de los dos lo mínimo que puede ocurrir es que la bronca se convierta en una batalla campal.
Cuento esto porque, conociéndome y sabiéndome merecedora de una sinrazón justificada, hay ciertas cosas que me han dolido más que la discusión en sí misma. Porque, tarde o temprano, esa minúscula bronca hubiera pasado y en unos meses podría haberse convertido en objeto de risas. Pero de la otra forma, la historia cambia.
Sigue siendo mi opinión. Sé de lo que soy capaz de hacer para exaltar a la gente, reconozco que me gusta hacer rabiar. Pero ahora cuento con un descrédito que no creo que me merezca. La razón no siempre es la más justa. Cuando dos personas se enfadan, uno siempre pierde. En realidad, los dos pierden, pero siempre uno más que otro. Me veo obligada a sacar la bandera blanca de la rendición en contra de mi voluntad. Quizás me he quedado sin fuerzas ni energía para discutir y para defender mi posición. Nunca sin llevar la razón creo haber tenido tanta razón, ¿o no la tengo?
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