
Me encanta el sol, la luminosidad de un día de verano, los días largos y pasear por una playa desierta mientras los dedos de mis pies se mezclan con la arena húmeda.
Si tuviera terraza y el día saliera diáfano y sin nubes, como ayer, esperaría a las nueve para sacar el café y los donuts al exterior y desayunar mientras observo a los pocos tempraneros que van en busca del periódico o a los últimos trasnochadores extraviados que regresan a casa.
Cuando era pequeña siempre me llamaban la atención las lagartijas, que siempre salían de entre las grietas de viejas piedras de iglesias y ermitas y se quedaban quietas al sol. Como esas lagartijas, yo también miro al cielo buscando un rayo de luz. Por lo menos sé que no vendrá algún muchacho travieso a cortarme la cabeza, como hacían mis amigos con ellas. Se reían ante los inútiles movimientos de la cola de la lagartija sin cabeza hasta que cesaban. Yo prefería no mirar, no porque me diera pena el sufrimiento del animalillo, sino porque todo bicho que repte me produce una fobia tremenda.
En febrero comienzan los días soleados y te das cuenta de que la primavera está a la vuelta de la esquina.
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