8 a.m. Calle Compañía
Una de las cosas más sorprendentes de Salamanca es que es una ciudad que despierta tarde. A las ocho de la mañana las calles están tan vacías que parece fantasmal. A las nueve empiezan a verse los primeros comerciantes abriendo sus negocios, casi todos dueños de cafeterías céntricas y restaurantes de postín, que ofrecen apetitosos y completos desayunos hasta las doce del mediodía. A eso de las diez y media, la Rúa y la Plaza Mayor se ven invadidas por un sinfín de furgonetas descargando sus voluminosos paquetes. Así que las tiendas están abiertas y preparadas para empezar el día a las once de la mañana.
Es una simple curiosidad que no concibo. A medida que vas hacia el este de la Península, la gente madruga más. En Logroño, las furgonetas descargan a las nueve y media hora más tarde puedes encontrar cualquier negocio abierto. Por no hablar de Barcelona.
El caso es que vas a un edificio oficial antes de las once y no tienes que esperar ninguna fila. Tardas cinco minutos en rellenar los impresos y enseguida estás de nuevo en la calle. En cambio, vas a partir de esa hora las filas son inmensas. Si llegas a Correos, por ejemplo, a la una, posiblemente vuelvas a casa para comer, con las piernas agarrotadas porque todas las sillas estaban ocupadas y has tenido que esperar tu turno de pie. Lo mismo ocurre en las carnicerías, los supermercados, imprentas y demás negocios. Si quieres acabar rápido, ve ante de las once, que no habrá nadie.
Ahora bien, como te corra prisa algo, por ejemplo, hacer unas fotocopias que tienes que entregar a las diez, te las ves y te las deseas para encontrar una copistería abierta.
¡Para que luego digan...!
Mi padre, madrugador donde los haya, de estos que abren los ojos a las seis sin despertador y no vuelven a dormir más, siempre nos cita el refrán de que "a quien madruga Dios le ayuda", pero también es dado a contar una historia, que aún desconozco si es real o imaginaria. Dice que un labrador alentaba a su hijo para que se levantara antes de que el sol apareciera por el horizonte, pero su hijo era tan dormilón que muchas veces el padre se iba a hacer las tareas del campo en solitario. Una mañana en las que su hijo se había quedado en la cama, encontró una cartera llena de dinero. Cuando llegó a casa se la enseñó al hijo y le dijo: "Mira lo que me he encontrado. Todo por haber madrugado". A lo que el hijo respondió: "Más madrugó el que la perdió".
(*) Charro: Salmantino, de Salamanca.
3 comentarios:
Curioso, bueno saberlo por si alguna vez voy por esos lares, porque yo si que madrugo. Estoy acostumbrada a levantarme pronto y aunque sea mi día libre, a eso de las siete ya estoy con los ojos como platos, por muy tarde que me acueste la noche anterior.
La historia del padre y el hijo también me la contaba mi padre a mi xD. Yo creo que es un invento xDD
Saludos!!!
Alguna vez ya he hablado de mi gusto por encontrar la ciudad dormida. Los fines de semana prefiero (últimamente estoy demasiado cansado) salir a pasear a Loise a las 8:30 como muy tarde para ver el parque solitario, como mucho con algún paseante como yo y algunos jóvenes volviendo de fiesta haciendo eses.
Te sientes extraña cuando sales a las nueve por la calle y te cruzas con solitarios transeúntes. Bueno, poco antes de las nueve es horario universitario y se ve un gran trasiego de estudiantes de camino a sus facultades. Pero la calle vuelve a quedar vacía un rato después.
Lo primero que piensas es: "¿Tanto he madrugado?.
Por no hablar de los fines de semana, que no se ve un alma hasta las doce, en que empiezan a verse los primeros domingueros de paseo. Los domingos, además, quedan los resquicios de la noche, un olor rancio en las calles y lo peor es el silencio...
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