Nunca le dijimos a mi tío la verdad, lo que ocurriría, ni que era inevitable. Mi padre sabía que si le contábamos el final le perderíamos en dos días. Y el hecho de no decírselo le hizo aguantar dignamente más de lo que esperábamos, familia y médicos.
A las 6 de la tarde del 12 de septiembre mi hermano y yo entrábamos en la sala donde le veríamos por última vez. Para mí fue un choque emocional. Antes de verle me derrumbé. El brazo protector de mi hermano me dio fuerzas. Todos estaban bastante enteros, mucho más que yo, pues le habían visto apagarse. Pero yo no, no me esperaba que se fuera tan pronto. Deseaba que pasara con nosotros un cumpleaños más, otro 20 de octubre. Ansiaba porque pasara con nosotros la próxima Navidad.
No pudo ser.
Daba la sensación de estar dormido, de que podría despertarse en cualquier momento, pese a saber que ya no lo haría nunca más. Con su traje impecable, y negro, mi tío estaba guapísimo. Rebosaba paz y tranquilidad. Estaba igual, solo que su corazón había dejado de latir. Fueron dos días de intensas emociones. Intenté ser fuerte, dar ánimos a mi padre.
Siempre recordaré los últimos instantes de ayer, antes de que lo trajeran al lugar donde ahora yace. Sé que está entre nosotros, que solo ha muerto su cuerpo, pero su alma sigue entre todos nosotros. A veces me da la sensación de que le escucharé subiendo las escaleras y poco después le daré un abrazo mientras le cuento qué tal todo. En mi mente le escucho reír, le escucho hablar, siento que está ahí, que en cualquier momento podría aparecer, aunque sé que no lo hará.
En todos los sitios hay un trozo de él que me trae recuerdos. Mis pensamientos en estos días están plenamente volcados en él.
Quería hacer un corral para pollos cuando se curara. Él jamás hubiera pensado que se iría tan pronto. En esa huerta que ahora lleva mi nombre (ojalá no lo llevara) se hará lo que él quería. Cumpliremos su deseo porque él lo quería así.
Miro el móvil, la agenda de teléfonos, sus números, como si aún le pudiera llamar.
¡Qué dolor! No puedo seguir.
A las 6 de la tarde del 12 de septiembre mi hermano y yo entrábamos en la sala donde le veríamos por última vez. Para mí fue un choque emocional. Antes de verle me derrumbé. El brazo protector de mi hermano me dio fuerzas. Todos estaban bastante enteros, mucho más que yo, pues le habían visto apagarse. Pero yo no, no me esperaba que se fuera tan pronto. Deseaba que pasara con nosotros un cumpleaños más, otro 20 de octubre. Ansiaba porque pasara con nosotros la próxima Navidad.
No pudo ser.
Daba la sensación de estar dormido, de que podría despertarse en cualquier momento, pese a saber que ya no lo haría nunca más. Con su traje impecable, y negro, mi tío estaba guapísimo. Rebosaba paz y tranquilidad. Estaba igual, solo que su corazón había dejado de latir. Fueron dos días de intensas emociones. Intenté ser fuerte, dar ánimos a mi padre.
Siempre recordaré los últimos instantes de ayer, antes de que lo trajeran al lugar donde ahora yace. Sé que está entre nosotros, que solo ha muerto su cuerpo, pero su alma sigue entre todos nosotros. A veces me da la sensación de que le escucharé subiendo las escaleras y poco después le daré un abrazo mientras le cuento qué tal todo. En mi mente le escucho reír, le escucho hablar, siento que está ahí, que en cualquier momento podría aparecer, aunque sé que no lo hará.
En todos los sitios hay un trozo de él que me trae recuerdos. Mis pensamientos en estos días están plenamente volcados en él.
Quería hacer un corral para pollos cuando se curara. Él jamás hubiera pensado que se iría tan pronto. En esa huerta que ahora lleva mi nombre (ojalá no lo llevara) se hará lo que él quería. Cumpliremos su deseo porque él lo quería así.
Miro el móvil, la agenda de teléfonos, sus números, como si aún le pudiera llamar.
¡Qué dolor! No puedo seguir.
1 comentario:
animo ana, solo puedo decirte eso, animo vale? y mandarte un abrazo muy fuerte
sigue adelante, tu puedes
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