domingo, septiembre 19, 2010

Esa fuerza misteriosa

Esta noche miraba a las estrellas (el cielo se encuentra extrañamente claro hoy) y me acordaba de él. Me preguntaba dónde estaría ese ángel que siempre trae paz y alegría.

"Y en esa vida había deseo, esa "fuerza misteriosa que hay detrás de cada cosa". El deseo que hace que toda la superficie de la piel se alumbre y desee la superficie de otra piel de la que no se sabe nada. Antes de conocerse ya son íntimos. Ya no se puede vivir sin la mirada del otro, sin su sonrisa, sin su mano, sin sus labios. Se pierde el rumbo. Se vuelve uno loco. Se le seguiría al fin del mundo, mientras la razón dice: Pero ¿qué sabes tú de él? Nada, nada, ayer mismo no sabía ni su nombre".

Es sorprendente cómo a veces ciertas palabras nos remueven algo por dentro porque nos sentimos identificados con algo de lo que dice, o con mucho, o con todo. Pero qué cierto: ya no puedo vivir sin sus ojos, sin su voz, sin sus manos... sin él; iría al fin del mundo por él; deseo una piel que no conozco y mi piel anhela ese contacto... ¿Y qué sé de él? Muy poco, demasiado poco. Lo que ocurre es que ese misterio me encanta, ese misterio me vuelve loca, ese misterio tiene un atractivo inmenso (aunque de él me atrae todo, no sólo su misterio).

Sigo mirando a las estrellas y en mi mente se dibuja lentamente su rostro angelical, casi palpable, casi cercano...

Y mañana al despertar con la primera claridad del alba, cuando el sol destrone a la noche, volverá a ser otro día perfecto, diferente, nuevo... y él seguirá estando cerca, muy cerca. Y ser consciente de que tan sólo está a unos metros es suficiente para regalar una sonrisa al día que comienza su andadura.

Si no tuviéramos corazón... seríamos máquinas


Dice un anuncio en la televisión que "si no tuviéramos corazón seríamos máquinas". Lo he escuchado de pasada, pero esa frase ha quedado grabada en mi mente como forjada a fuego.
El corazón... esa válvula que tantas emociones nos aporta a lo largo de la vida...
Y cuando más se sienten... es en ese momento en que el amor lo llena todo, o que una única persona hace que ames todo, que lo llena todo con su dulzura, con su magnetismo, con su nobleza... Cuando estás cerca y sientes que el corazón te golpea el pecho tenazmente, porque quiere correr tras ese ángel de bondad... Y entonces te sientes viva, porque nada ocurre mecánicamente, como si fuéramos máquinas, sino que vives a tope, como si cada día fuera el último, o como si cada instante fuera único. Y es que realmente cada minuto es único.
Ese corazón, que unos días duele con horror. Y en otros momentos ese dolor se ve compensado por una enorme felicidad, una mayor fuerza, una inabarcable energía...

Naturaleza plena

El sol engaña porque, aunque haya amanecido radiante, no hace ya ese calor estival.
En principio iba a tomar algo a las piscinas, pero están cerradas y como el perro necesita correr, he venido al reconfortante árbol que me cobijaba en marzo, abril y mayo. Porque entonces empecé a ir a la ermita, que también está cerrada.
Hoy es uno de los últimos días que se puede disfrutar de este paraje natural en todo su esplendor, porque ya no quedan muchos días soleados.
Los colores han variado: ya no son los verdes fértiles de mayo, sino los ocres secos del otoño. Incluso los sonidos son diferentes: ahora escucho un ruido que podría ser de patos en una charca cercana, y antes escuchaba el cri-cri de los grillos y, más al atardecer, el encantador berrido del cuco.
Entonces me acuerdo de él, de todo lo que daría por compartir esta magnificencia con él...
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sábado, septiembre 18, 2010

Hace un año


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Hace un año aproximadamente me iba a Bélgica por estas fechas. Creo que aún no me había ido, posiblemente fuera tal día como mañana. Estos días estaba saliendo el edificio de la Comisión Europea y me he acordado.
Tengo un muy grato recuerdo de aquel país. Fue un viaje diferente porque iba con un grupo nutrido de gente que apenas conocía. Y en aquel país me di cuenta de que en mi corazón había una persona, ocupando un lugar relevante. No hacía dos meses siquiera que le había conocido y ya sentía que le quería. Concretamente fue en Amberes, cuando me senté en una terraza y me dejé llevar por los hilos entrecruzados de pensamientos que me llevaron a él, me llevaron a escribirle por primera vez y, al hacerlo, comprendí que empezaba a quererle. Sentí la necesidad de compartir todo aquello con él...
Amberes es la ciudad que más me gustó de Bélgica. Es posible que ese pequeño instante dedicado a él influyera en darle primacía a aquella ciudad por encima de las otras que visité.

El calor de los pequeños momentos

No me gustan los atardeceres de septiembre, y mucho menos si son tan grises como los de hoy. Imaginaba que me sentaba al calor del fuego de una chimenea junto a él y me sentía plácidamente feliz. Me gustaría tanto compartir ciertos momentos con él... Me pregunto dónde estará hoy...

Sé lo que estás pensando


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"Si alguien te pidiera que pensaras en un número, yo sé en qué número pensarías. ¿No me crees? Piensa en cualquier número del uno al mil. Ahora verás lo bien que conozco tus secretos. Abre el sobrecito".

Adoro coger un libro que me enganche de principio a fin. Es el caso de Sé lo que estás pensando. A caballo entre la novela negra y el thriller psicológico, sus páginas te adentran en una historia, como poco, original. Lejos de los thriller cotidianos. A nadie se le ocurriría tan fácilmente imaginar cómo ese homicida adivina cuál es el número, y eso lo convierte en excepcional.

El autor, siendo su primera novela, consigue impactar (y enganchar) al lector casi desde el principio. Mantiene la intriga, respecta las pausas, no deja cabos sueltos y nos convierte en admiradores del policía retirado. Porque en una novela siempre hay un héroe y no siempre tiene por qué ser joven. El héroe, en este caso, está dotado de una inteligencia que se pone en la misma balanza que la mente del asesino, una inteligencia que servirá, en último término, para desenmascarar al asesino.
John Verdon es estadounidense y su país tiene una larga trayectoria de asesinos en serie. Hay que partir de la base de que los americanos nacen en un país en donde no es difícil desconocer el nombre de uno de estos homicidas que se convierten en los más buscados y en los más odiados, porque durante mucho tiempo mantienen en vilo a la policía. Entiendo, por esto, que esta novela será un éxito de ventas en Estados Unidos, dado que utiliza como antagonista al arquetipo de asesino en serie inteligente, con un modus operandi propio y cuidado al detalle y con unas emociones sobrenaturales. El homicidio, para un asesino en serie, es una adicción: se necesita cada vez más, pero se consigue menos satisfacción.
La psicología utilizada en el libro posiblemente se asemeje bastante a la tipología actual de lo que en Estados Unidos es un asesino en serie. Y ésa es una de las características que usa esta novela para encadenarte a sus páginas.
Es obvio que, después de lo que he dicho, he salido encantada con esta novela. En ciertos aspectos incluso me ha recordado mucho a El psicoanalista de John Katzenbach.

He aquí el argumento:

Dave Gurney, policía y detective retirado del estado de Nueva York, vive en un paraje alejado de las montañas con su mujer Madeleine. Allí hace una vida tranquila, aunque su alma de policía le hace añorar sus casos del pasado. De hecho, es un hombre célebre porque en el pasado desenmascaró a los más crueles asesinos en serie americanos.
Un día, recibe un correo electrónico de Mark Mellery, que estudió con él en la universidad. Accede a citarse con su antiguo compañero, que está aterrorizado porque ha recibido unas extrañas rimas en tinta roja que suenan amenazantes. La persona que le escribe esas líneas le ha pedido que piense en un número, que resulta ser el 658. Al comprobar que el personaje anónimo que le ha escrito sabe sus secretos, Mellery decide acudir al único policía que conoce. Mark confiesa su pasado a Gurney, diciéndole que durante años estuvo volcado en la bebida, hasta que con la muerte de su esposa decidió acudir a una clínica de desintoxicación. Mellery ha enviado un cheque a un código postal, donde le dice su anónimo escritor, que le ha sido devuelto. Sin embargo, Mark es asesinado: su cadáver aparece en medio de un campo de nieve, con el cuello cercenado por una botella de Four Roses. Lo extraño es que las huellas están al revés en la nieve.
Poco después, los asesinatos similares en diferentes estados del país se suceden rápidamente: todas las víctimas tienen un pasado relacionado con el alcoholismo y casi todos han estado en clínicas de desintoxicación.
Gurney concluye que se han enviado las mismas cartas con ese número tomando una base de datos en que todos tuvieran un historial relacionado con el alcohol. Estadísticamente, eligiendo un número del uno al mil, al menos once personas podrían elegirlo. Tan aterrorizadas estarían al sentir que alguien conoce su pensamiento que enviarían el cheque a la dirección, que sería la forma de identificar el homicida a sus víctimas (y de esa manera tendría la dirección exacta donde encontrarlos). Gregory Dermott, informático de sistemas, devuelve todos los cheques, alegando que se han equivocado de apartado de correos. Cuando Dermott y Gurney son amenazados y Gurney decide acudir a colaborar con la policía de la zona donde vive el informático, muy poco descubrirá que esa era la intención del homicida, que no es otro que Gregory Dermott.
Los asesinatos de Gregory se basan en que, en el pasado, su padre, policía de profesión y borracho la mayor parte del tiempo, una noche llegó a casa tan violento que cortó el cuello de su madre con una botella rota de Four Roses. La madre no llegó a morir y el niño no pudo defenderla entonces. De ahí que, en la actualidad, intente hacer representaciones de ese pasado traumático delante de su madre para demostrarla que ahora sí puede defenderla. Pero con Gurney no llegará a realizar esa última representación.

viernes, septiembre 17, 2010

En azul

Los días grises parecen más largos. Ahora bien, yo estoy contenta desde esta mañana, desde que... el sol ha iluminado el día. Antes de irme, pues hoy ha sido un viernes especial, en que he venido por la tarde a trabajar, voy a escribir... He decidido que será en color azul.
Pero antes voy a tomar algo a la cafetería, que necesito despejarme un poco. Al menos, la tarde ha sido tranquila.

Se ve a mucha gente con petos de fiesta por la calle. Creo que tiran el chupinazo a las nueve.

Hoy mi padre ha hablado con alguien. Ha dado la respuesta de algo pendiente. Y entonces he sentido esa necesidad de decírselo, de agradecer sus palabras, de confirmarle la respuesta.

Necesito aire.

Sofoco

Hay ciertas situaciones que, simplemente, provocan sofocos ahogados y no podemos hacer nada para cambiarlas. Pero en realidad yo no hubiera cambiado nada. Verle aparecer por la puerta tan perfecto, con esa sonrisa tan enigmática, con esos ojos que claman al cielo...
No me ha temblado tanto la voz como en otras ocasiones, quizás porque éste es mi espacio, éste es mi territorio.
Ahora bien, me hubiera gustado haber sido yo que se lo mostrara todo. Ahora que lo pienso, jamás le había invitado a pasar por aquí. Pero me alegro que haya sido él la persona que entraba por la puerta.
Pese al sofoco que siento ahora. Es normal. Aparece tanta gente por aquí, que nunca imaginas que un día pueda aparecer ante tus ojos... Tan angelical.

Me voy a tomar un café.

Redescubrir todo cada día

Ir al bosque es sentir algo nuevo cada día. Ninguna tarde es igual a las anteriores. Un día puede escucharse un sonido que el día anterior no se oía; hoy puede haber una bellota en el suelo que ayer no estaba; mañana podría haber un cúmulo de chiribitas donde hace unos días sólo crecía hierba seca.
No es sólo en el bosque. En las calles que recorremos cada día, en el trayecto que hacemos a la oficina, en la cafetería que desayunamos (aunque siempre estén las mismas personas), siempre hay algo que cambia.
¿Por qué caemos, pues, en la rutina, si cada día es diferente del anterior?
Es bueno no caer en esa rutina. Para mí, verle cada día (es un decir, porque no le veo todos los días) es redescubrirle cada día. Mirar a sus ojos es como si los mirara por primera vez; escuchar su voz es como si le escuchara por primera vez... aunque haya situaciones parecidas. Vivir cada día como si fuera el último... Sin palabras. Todo en él es nuevo cada vez, aunque sea algo que sepa de memoria. Es algo magnífico.

Es un buen momento para ir a soñar con esa persona tan especial y, aunque algunos sueños se repitan sin ser los mismos, será siempre como si lo soñara por primera vez.

Penedo da Saudade


La primera ciudad portuguesa que conocí, hace ya mucho tiempo, fue Coimbra. Aproveché una excursión que, llegado el momento, no me apetecía hacer. Pero ya me había apuntado. Ni que decir tiene que no sé cómo aguanté aquel día, habiéndome montado en un autobús sin dormir, después de la fiesta nocturna del día anterior. Sin embargo, tengo un grato recuerdo de aquella ciudad y de sus gentes.
Coimbra es la ciudad universitaria portuguesa por excelencia (como en España lo son Santiago, Granada y Salamanca), así que el ambiente callejero está formado por jóvenes de diversos países. En lo más alto de la ciudad está su universidad, célebre por conservar una de las bibliotecas más importantes del mundo (no recuerdo cuántos volúmenes, pero sí recuerdo sus arcadas de pan de oro y sus estantes desde el suelo hasta el techo, con los libros antiguos conservados en vitrinas de cristal). Desde la universidad había una vista espléndida de la ciudad, pues tenía un enorme mirador.
Pero uno de los rincones más fascinantes de la ciudad, desde mi humilde opinión, era el Penedo da Saudade, que bajaba desde la universidad hasta la ciudad baja. Era una especie de promontorio ajardinado y rocoso, cuyo nombre procede de las visitas frecuentes que el príncipe Pedro hacía al lugar para llorar allí la pérdida de su amada Inés.
A lo largo del siglo XX, fue un lugar de retiro habitual para los estudiantes y profesores, que empezaron a colocar en el jardín lápidas de piedra con versos.
Es un lugar para pasear con la persona amada… Un rincón de cuento… Una alameda de ensueño… Acechando las palabras de piedra que otros personajes dijeron, acechando el sentimiento profundo por todos los elementos de ese jardín. Me gustaría tanto mostrárselo a él…

jueves, septiembre 16, 2010

Cambio de fondo

He pasado del negro al blanco, aunque sólo quería poner márgenes.
La verdad es que llevaba un tiempo rumiando cambiar el fondo y el texto, porque a veces, si escribo mucho, se hace muy pesado leer sobre fondo oscuro. La vista se cansa más. Lo mejor para leer será siempre letra oscura sobre fondo claro.
La cabecera la he dejado sin imagen, porque no me apetece ahora tratar una imagen y un texto que queden bien. Quizás otro día o quizás lo deje así.
El negro termina cansando. Siempre he tenido el fondo negro, pero apetece relajar un poco la vista. Además, ahora tengo márgenes, que también es algo que echaba de menos.

Si no me convence este formato, quizás lo vuelva a cambiar en unos días.

¿Dónde estará la magia?

Los días son mágicos, incluso cuando no sé nada de él. Siento la magia en todo su esplendor, incluso en los días más grises, o en las jornadas más negras. La magia está en cada paso que doy, en cada sendero que cruzo, en cada ojeada a las estrellas. Pero la magia no está en mí, sino en ese mago de los sueños, aquel que me hace sonreír un día sí, y otro también.
La magia está en la belleza de las cosas que él ilumina a su paso. Todo es simplemente mejor cuando él está cerca. Incluso cuando no lo está, cuando le echo de menos, cuando rescato al presente instantes de él, recordatorios vívidos que me confirman aquello que siento por él.
¿Cómo no le iba a querer con todo lo que me da cada día? Aunque sea un segundo tan efímero como el de esta mañana. Tan fugaz como una estrella, tan guapo como… (como nadie ni nada).
La magia está en él. Esa persona que roza la perfección a todos los niveles.
En estos momentos me gustaría mirarle a los ojos y preguntarle cómo ha pasado el día. Y abrazarle y que me abrace. Su abrazo tiene que ser cálido y dulce. Yo lo imagino así y no creo que ande muy desencaminada.
El mundo está lleno de magia. Le daría mil veces las gracias por todo lo que me da sin saberlo y le daría mil veces mil besos para sentir su cálido contacto.
Todo es magia. La magia está aquí, pero esta magia ha llegado al pensar en él.

Unos que se van a Egipto

Mi hermano y su pareja vuelan mañana temprano a Egipto. Aterrizan en Luxor e irán surcando el Nilo hacia El Cairo. Están en Madrid desde hoy. Tiene que ser un viaje exquisito. Siempre me han atraído las enigmáticas historias e Historia de Egipto. Más la Antigüedad, las civilizaciones de los faraones, tanta riqueza... He leído a Christian Jacq, a Pauline Gedge... Y me gustaría visitar el aeropuerto de Bilbao sólo porque debe parecer un Museo de Egipto: tantas antigüedades compradas en los mercadillos, la mayoría robadas de las grandes tumbas y confiscadas al llegar a España. Es una anécdota que me contaron hace poco. No entiendo que no se las confisquen en Egipto, supongo que les registran la maleta al llegar aquí.
Egipto es un país que me atrae por lo que fue, no por lo que es. Pero no iría sola.

En las piscinas

Al final he venido a las piscinas. Ya está a punto de anochecer. Se está de vicio aquí. No hay mucha gente. Mi padre ha echado mano a la huerta y se están dando un festín con tomates, cebollas y guindillas. A mí no me apetece comer ahora nada, ya que prefiero respetar los horarios de las comidas, esperar a las nueve...
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En naranja

Voy a escribir en naranja. Porque es un color cálido, que anima. La tarde, además, parece naranja, como si quisiera caer una enorme tormenta.
Me apetece ir a casa. Quitarme los zapatos (sí, los malditos tacones) y relajarme. Pero antes de hacer la llamada para que vengan a buscarme prefiero esbozar por escrito lo que necesito contar. Lo que le susurraría al oído...

Las naranjas me recuerdan a la dulce fragancia del azahar y el azahar al aroma de las calles de Córdoba. Nunca he conocido una ciudad que oliera tan bien.

1313

No puedo marcharme a comer dejando 1313. El trece no me gusta. Estaba pensando que cada vez escribo más, que siento esa necesidad de escribir todos los días. Antes no era tan constante escribiendo, ni incluso cuando me obligaba.
Escribo mucho porque me siento en paz con el mundo, porque AMO, y a veces tengo esa ferviente necesidad de compartirlo con el mundo.
Cambié la apariencia del blog hace mucho tiempo, pero creo que, en cuanto tenga un momento, le pondré un poco de margen. Antes lo tenía, pero a nada que escribía cualquier cosa, los textos parecían kilométricos.

Y bien. Es hora de ir a comer a la cafetería, despejarme un poco y sentir el mundo en sí mismo.

Abriendo la Caja de Pandora

Destapar viejos recuerdos, además dolorosos, no es plato de buen gusto para nadie. Ver a una persona del pasado que hizo tanto daño podría haberme afectado más. ¿Realmente me importaba tanto que estuviera aparcado fuera? Le he ignorado, he mirado para otro lado y me he puesto a caminar unos pasos calle arriba, media vuelta y hacia abajo. ¿Por qué? Porque cuando me he dado cuenta de que él estaba dentro del coche quería escapar de su campo de visión. No me afecta, porque esa persona es simplemente pasado. Ni siquiera duele. Es posible que a él le siente peor que sea yo la que le ignore, que sea quien mire para otro lado, quien sea la que haya puesto punto final a una historia desastrosa emocionalmente.

¿Dolor? El dolor pasó. Mi vida ha cambiado radicalmente desde hace tres años. He aprendido a vivir de nuevo, a sentir de nuevo, a querer de nuevo. Y al amar, he comprendido que entonces era un sendero de espinas que producían llagas muy dolorosas. Era algo destructivo porque me estaba cercenando el alma, hasta que dije que no más.

¿Por qué siento ira cuando veo a esa persona del pasado (cuando debería sentir odio)? La razón es que hay una cuenta pendiente. Yo no le he perdonado. Nadie hace daño ni crea dolor de manera consciente. ¿Qué tipo de persona es aquella que lo hace así? Un monstruo. Causar dolor siendo consciente de ello. ¿Cómo perdonar algo así? Llegará un día en que sienta que, simplemente, le he perdonado.

Pero no me siento afectada por haberle visto. Era como un extraño. Todo había pasado. Sé que ya no me queda nada de él, ni siquiera los recuerdos. Y que, al final, cuando le haya perdonado es como si tan sólo fuera una sombra, sin más. Aunque, pensándolo bien, quizás ya esté perdonado, sino ¿por qué esta indiferencia por mi parte?

¿Por qué me siento tan indiferente? Quizás es que en mi vida han aparecido otras personas que enriquecen todo lo que me rodea, que son encantadoras por sí mismas. Y luego existe ese ángel al que colmaría de un millón de besos.

¡Cuánto ha cambiado mi vida desde entonces! Todo tiene una magia especial, que antes no existía. Quizás provenga de los sensuales dedos de una persona, esa persona que a mí me brinda alegrías cada mañana, cada noche, cada momento del día en que le dedico un pensamiento, por mínimo que sea. Comprendo que su presencia en mi vida es una de las cosas más importantes que me han pasado en los últimos meses. Y deseo que siga así, porque él ha conseguido en muy poco tiempo que el mundo sea simplemente mejor.

miércoles, septiembre 15, 2010

Una casa en Lleida


Hace poco estuve mirando fotos de otros años y me encontré con la fachada de una magnífica casa de estilo modernista en el centro de la ciudad.
Para quien no conozca Lleida, aquella ciudad me recordaba mucho a Logroño, en cuanto al ambiente en varias calles céntricas. Había algo extraño y es que, junto al centro urbano lleno de gente, estaban las calles dedicadas al alterne, por decirlo de una manera delicada. Chocaba un poco que junto a la zona neurálgica de la ciudad estuvieran las callejuelas estrechas y cuesta arriba donde ‘hacían la calle’ las prostitutas.
Esta casa de estilo modernista estaba en esa avenida céntrica. Nunca lo he dicho por aquí, pero soy admiradora nata del modernismo español y fanática del arte de Antonio Gaudí.
Después de haber encontrado esa foto de la que no me acordaba, me encontré ayer por la tarde redescubriendo SD. Me fijé en la Terminal de Autobuses, con sus curvaturas y sus hierros fundidos, imitación posmoderna de ese modernismo primigenio que tanto llama la atención en la Barcelona de mediados del siglo XX. En los bancos de toda la zona céntrica, con sus intrincados forjados de hierro… Quizás un día haga fotos.

Historias del perro


He estado jugando con el perro en el jardín, porque tiene un juguete demasiado ruidoso como para que lo haga sonar a todas horas. Me ha agradado tumbarme en plancha sobre el césped para cogerle, ya que es casi imposible pillarle cuando se pone a correr.
Hemos descubierto que si alguien me toca, se pone a defenderme en plan protector, se pone delante para que nadie me toque, e incluso se pone a llorar. Con lo pequeño que es.

Este perro es un poco heavy.

Yellow Submarine

Cuando he llegado a casa no veía más que por darme una ducha que me relajara. El agua no sirve sólo para librar al cuerpo de impurezas, sino que a veces purifican el alma. Venía hoy muy cansada, pero ahora me siento un poco más ligera.

Antes de cenar, voy a dedicar unos minutos a escribir. En color amarillo, porque es el color del sol, de la luz, del verano. Me apetece contar. Ni siquiera estoy lo suficientemente cansada como para no dedicarle (y dedicarme) unos minutos para describir todas esas sensaciones del día. Para decirle lo guapo que estaba, aunque no se lo diga en voz alta.

Cuando el agua resbalaba por mi piel, me imaginaba recorriendo los bares vacíos una noche con él. ¿Vacíos por qué? Porque era un día de la semana que viene, cuando apenas hay gente en cualquier sitio de noche, excepto en Logroño. Si casi todo el mundo se va a las fiestas de la capital, es obvio que los bares están casi vacíos. Imaginaba que me relataba todo de él: sus experiencias, sus viajes, sus vivencias, sus sensaciones… Y, por una vez, sólo le escuchaba narrar todo aquello que a mí me gustaría saber. Eso significaba conocerle un poco más. Y cuanto más le conozco más encantador es, más dulce, más sublime.

Me pregunto dónde estará.

Acabo de recordar que mañana estaré sin coche. Los frenos suenan como si estuviera abriendo la puerta de una casa encantada, con ese chirrido que desata gritos de terror en tanta gente. Podría no estar sin coche, pero tampoco lo necesito, porque no vendré a casa a comer.

Amarillo. Como el sol. Y como el submarino amarillo de Los Beatles. Esto me recuerda a que Sabina viene a Logroño en noviembre. No me gustan los conciertos, pero parece ser que después de esta gira se retira. Y Joaquín Sabina sería uno de los pocos a quien iría a ver. Con él. Quizás se lo diga.

Atardecer...

Tenía ganas de llegar a casa para relajarme, para leer un rato y despejarme. Hoy ha sido uno de esos días en que no paras, ni siquiera aunque lo intentes. Pero ya está llegando al final.
Como la memoria es selectiva en muchas ocasiones, de hoy sólo tengo constancia del momento en que le he visto pasar tan cerca. Y me quedo con esa imagen porque me hace sonreír. Me relaja pensar en él y en lo guapo que estaba hoy también.

Estoy eligiendo un color para hoy. Se me hace raro escribir en casa, pero vuelvo a tener esa necesidad, igual que los últimos días.

Susurrando palabras de amor a la noche


Tengo frío, un frío nocturno que hace que te tengas que poner algo de abrigo por las noches (también por las mañanas). Sin embargo, sigo con los brazos al descubierto, porque este frío que me eriza la piel hace que me sienta viva.
En estos momentos es cuando anhelo los brazos cálidos de un ángel, ese abrigo protector de aquél que me hace sonreír la mayor parte del tiempo. Anhelo cubrirle de besos, rozar con las yemas de mis dedos la comisura de sus labios, los rasgos hechizantes en sus ojos, anhelo escuchar su voz y preguntarle qué ha hecho hoy. Animarle si algo le ha salido mal, compartir su felicidad si le ha salido bien. Y amarle, simplemente amarle. Por hacerse querer, por ser tan admirable, tan encantador, por ser el sol que ilumina cada mañana y las estrellas que se encienden cada noche, por ser ese ángel único en el mundo.
Ojalá pudiera susurrarle al oído que tenga dulces sueños.

El tiempo es demasiado lento para aquellos que esperan, demasiado rápido para aquellos que temen, demasiado largo para aquellos que sufren, demasiado corto para aquellos que celebran, pero para aquellos que aman… el tiempo es simplemente eterno”.

martes, septiembre 14, 2010

En vísperas de San Mateo

Debería irme a casa ya, porque apetece salir a la calle, aunque sólo sea para sacar al perro, pero antes me voy a ir de tiendas un rato. No sé por qué hablo en plural, ya que sólo voy a acudir a una tienda a ver lo que tiene.
Se ha quedado buena tarde, tanta que apetece estar en cualquier sitio que no sea cerrado.

Hoy me han preguntado qué planes tengo para San Mateo. He respondido que aún no he hecho planes, aunque realmente me apetece tranquilidad. Creo que ya habrá fiesta este fin de semana.

En verde

Las señales lo dicen todo, las imágenes que inconscientemente hoy he acompañado a los textos me llevan al verde. Así que hoy escribiré en verde. Es un color que lleva a la relajación. Entre todos los verdes que existen creo que es el verde oliva el que más me gusta. De hecho, el verde se puede oler. Con esto me refiero a que pensar en verde es pensar en el medio natural.
El verde me lleva también a pensar en él, no sólo porque sea un color que relaje, sino porque podría imaginar que estoy tumbada junto a él en cualquier espacio de mullida hierba, con los brazos haciendo de almohada a la cabeza y mirando directamente al azul del cielo. Y me imagino una situación así en la naturaleza frondosa que tengo tan cerca de casa o también en el césped del jardín. Me gusta más la idea del campo, ya que en el jardín siempre podría venir alguien que perturbara esa paz.
Hoy también tengo mucho que decir.

Mirando de cerca al otoño

¿Quién no recuerda haber pisado alguna vez las hojas de arce secas caídas de los árboles de cualquier parte? Recuerdo haberlo hecho en infinidad de ocasiones, recuerdo que me gusta el tenue crujido de las hojas bajo mis pies o simplemente hacerlas volar a mi alrededor.
Me encuentro soñando con él, con compartir esos momentos, ahora que tenemos a un paso el otoño, disfrutando del silencio de las hojas de los árboles al caer y haciendo crujir si acaso algunas pocas. Me encuentro sintiendo esas ráfagas de viento que aparecen de improviso y aferrándome a su brazo, resguardándome del aire cada vez más frío. Me encuentro soñando con él porque un simple paseo en su compañía, ya sea en otoño o en cualquier otra estación del año, sería como estar tocando el cielo.
Y de repente mirarle y ver el mundo lleno de esplendor y magia en esos ojos que dicen todo sin decir nada. Sentir la paz del mundo y agradecérselo con un beso robado.

Er ist ein Engel.

¿Quién no se ha encontrado soñando con la persona que más quiere en el mundo y anhelar que esos sueños (realistas) se cumplan?
Hay muchos días en que intento eliminar todo lo negativo que, de una u otra manera, me afecte en ciertos niveles. Hay días en que él es lo mejor que tengo. Pese a ser tan optimista con el mundo y con la vida, yo también tengo días negros, días de pesar, días de tristeza, días de enfado… No es hoy uno de esos días, sólo que he recordado que en esos momentos pienso en su imagen angelical y parece que el resto de cosas no tienen tanta importancia, aunque verdaderamente la tengan. He comprobado que, cuando me enfado por algo o con alguien, sólo tengo que rescatar su viva imagen del recuerdo, y todo pasa, todo. O, al menos, se atenúa, se alivian las cargas.
Además, cada vez que pienso en él, le siento más cercano, le siento casi aquí al lado, como una sombra invisible que me hace compañía en cualquier instante. Ojalá fuera visible, palpable, tangible y estuviera cerca de verdad. Me quedaría contemplando los destellos dorados de sus ojos durante horas, infinitas horas apasionadas.

El milagro de una sonrisa

Sonrío... porque, justo cuando iba pensando en él, caminando por la calle, en dirección al coche... en ese momento ha pasado. Estaba guapísimo. Me gustaría tanto decírselo al oído...

He de irme, que las cuatro casi son.

Esta mañana iba desganada, pero al verle mi espíritu ha cambiado. De repente, me he sentido tocada por un ángel. Ha sido todo rápido, pero me ha dado tiempo a redescubrir que estaba guapo.

De camino a... Haro

Voy a ir a tomar un café y de ahí marcharé a Haro, porque me urge hacer una cosa que no hice la semana pasada por las fiestas. Espero llevar toda la documentación precisa para no tener que volver otro día.
No tengo muchas ganas de conducir ahora, pero es algo que tengo que hacer. Sólo tengo que pensar en él en el camino.

lunes, septiembre 13, 2010

El misterio de las plantas

Una de mis compañeras de trabajo adora las plantas. En su mesa siempre hay una maceta. Cuando se casó nos pidió que le regásemos la planta. A mí se me olvidaba hacerlo, aunque la planta sobrevivió. No es que no me gusten las plantas, me encantan, pero en su propio medio natural. Adoro los jardines, los parques, el bosque… la fragancia de una rosa recién cortada, el cosquilleo en mis pies de un césped que acaba de segarse, el abanico de aromas después de la lluvia… Pero no tengo paciencia para tener una planta en mi mesa, por ejemplo.

Cuando estaba en Salamanca, una amiga me regaló una planta. Era un tallo no más grueso que un alfiler. Tenía dos hojas indefinidas que, al principio eran de color verde. No hubiera sabido qué planta era si no me hubieran dicho su nombre. De la familia del cannabis, era una planta de marihuana. La había plantado en un vaso de barro de éstos que te dan en las fiestas de los pueblos con un trago de vino. No tenía agujeros en la base y la planta no duró mucho tiempo, aunque yo me esmeraba en darle sol y agua. Tampoco comprendía que aquel tallo pudiera convertirse en una enorme planta selvática.

Está claro que lo mío no son las plantas. Prefiero verlas en su medio ambiente. A unas personas les gustan las plantas y otras nos dedicamos a adorar otras cosas. Yo prefiero un perro, que por lo menos sirve de algo más que como mero elemento decorativo.

Me gustan las flores, pero si tengo que buscar la belleza prefiero hacerlo a mi manera. Prefiero buscarla en el amor que se puede sentir en una persona, prefiero encontrarla en las estrellas, prefiero plasmarla a través de la escritura que llega desde el corazón. Crear algo cada día, a través de las palabras, es bello por el simple hecho de crearlo de la nada, aunque el mensaje no sea agradable. Para mí la belleza está en él, en la delicadeza con que hace las cosas, en la suavidad de sus palabras al ser pronunciadas, en el misterio que tienen sus ojos, en esas enigmáticas sonrisas que le convierten en un ángel.

La planta más hermosa es la que riego cada día que pasa. Esa planta, que tiene raíces muy gruesas ya, es aquella que recibe el nombre de amor.

La estrella perfecta

Siempre me ha gustado mirar al firmamento de noche, buscar constelaciones e inventarme las que no sabía. Me parece un mundo misterioso ese de ahí arriba. Últimamente esas mismas estrellas me recuerdan a una persona a la que quiero con locura. No sé a qué se debe. Primero pensaba que era porque le había conocido de noche, luego porque un día que miraba las estrellas me acordé de él y se lo hice saber. Nunca le he preguntado si aquella noche miró al cielo.

Las estrellas son símbolos de buena suerte. No sólo las estrellas fugaces. El mapa estelar que se ve de noche es un mundo de ensueño. Me aporta paz, me serena mirar hacia arriba en las noches despejadas, y sobre todo cuando es verano. Quizás ahí está la conexión: quizás es que al encontrar ahí arriba la serenidad y la paz que hacen que el día termine con buen pie me acuerdo de él, que también me aporta otro tipo de paz y otro tipo de serenidad. Mirar directamente a esos dulces ojos es encontrar toda la belleza del mundo en sus pupilas perfectas. Su mirada es una de las primeras cosas que me atrajo de él. Mirar a sus ojos es encontrarte con toda la bondad del mundo escrita en ellos. Yo ya no puedo mirar a otros ojos después de haber visto lo mejor de este mundo en esos ojos oscuros.

Un día le hablé de la profundidad que emanaba de su mirada. Pero jamás le he llegado a describir cuán grande es esa profundidad.

No puedo hablar de sus ojos sin que se me caiga la baba. Lo dejaré en que un día los ojos de ese ángel me miraron y entonces empecé a quererle.

Él es la mejor estrella que existe en el mundo, y esa estrella no está ahí arriba, en el firmamento. Su luz es única.

El poder del rojo


Adoro usar el lacre. Y ese trozo de masilla roja guarda secretos que sólo confiaría a una persona, la misma a quien van dirigidas mis palabras.
No sé por qué de repente siento esa necesidad de escribirle, de compartir cosas con él, pero la siento y me relaja escribir todo lo que le quisiera contar.

Es curioso, pero la caja donde guardaré esa carta contiene recuerdos, palabras, objetos... todo en relación con él.
Llevo meses sin abrir esa caja. Que yo recuerde, la última vez fue para sepultar una postal de cumpleaños.
Es como un almacén de recuerdos. No sé qué haré con esa caja en el futuro. Sé que, en unos años, me gustaría entregársela, pero desconozco si eso ocurrirá alguna vez, pues si le entregara esa caja sería entregarle mi corazón. Y... ¿quién sabe las vueltas que da la vida y qué pasará en unos años?

El rojo es mi color preferido. Quizás por eso lo he escogido.

En rojo

Ya puedo irme a casa. Pero estoy escribiendo. A veces paro, porque entonces siento que la mano se me resiente, ya que hace mucho que no escribo a mano algo extenso (desde junio por lo menos). He elegido hojas rojas, porque el rojo es el color de la pasión, pero también el color del amor.
Después de haberme mentalizado de que se habían acabado los viajes en mucho tiempo, sé que no ocurrirá tal cosa. Que en noviembre marcharé a Grecia y en mayo o junio del año que viene visitaré Moscú y San Petersburgo. No es casual que estuviera leyéndome a Tolstoi no hace muchos días. Quiero empaparme de cultura rusa. Y lo más sorprendente es que seguiré llevando su recuerdo en mi mochila y volverá a ocurrir lo mismo que pasó la primera noche en Osaka. Mis manos se verán dotadas de una energía, que quizás proviene desde el corazón, y describirán todo lo que me rodea.
De momento, no tengo más viajes proyectados. Pensaba que iba a tener que decir adiós a Rusia, pero me temo que no tendré que hacerlo. O sí. Depende. Hasta el año que viene queda aún mucho y en estos meses pueden ocurrir otras cosas.
Voy a seguir con mis folios rojos.

Los reflejos del sol

Se está bien en la calle. Hoy es un día que invita a salir fuera, a pasear.

Sólo tengo que cerrar los ojos para imaginar que cojo la mano de un ángel y que caminamos a la par por las calles de esta ciudad, regalándonos ese tiempo que es tan precioso para todo el mundo, un tiempo que, sin duda, termina acabando. Pero en esos instantes no existirían relojes, ni otras personas, ni árboles, ni aire. Sólo existiría él, en toda su grandeza.

Adoramos a personas porque simplemente son admirables. ¿Qué hay en él para que le quiera cada día un poco más? Supongo que es todo, es él en sí mismo.

Tengo ganas de verle y, en parte, tendría una excusa perfecta para hacerlo, aunque fuera preguntando por otra persona. Al fin y al cabo, ya que me voy a poner a mirar todo también tendré que pasarme por ahí.

Estoy esperando a que me traigan unas llaves, por eso aún estoy en la oficina. Yo creo que iré a tomarme un café rápido y volveré a escribir. Tengo unas intensas ganas de escribir, como lo hacía en marzo y abril. De escribirle…

Un frío glacial

Me he quedado destemplada. El agua de la piscina era como un témpano de hielo, tan fría estaba. Se me han quitado las ganas de bañarme hasta el próximo verano, por lo menos. O, antes de hacerlo, si sigue el sol, meteré la mano en el agua a ver si está más caliente.
Ahora tengo algo de frío, por eso creo que estoy destemplada.

Y me da rabia, porque no me gusta el frío. Quizás si pienso en alguien ese frío glacial que siento en estos momentos se pase... así, como por arte de magia.

De nuevo, sol

Hoy puede ser uno de los últimos días en que use la piscina. Hace calor, y venía pensando en nadar. Nadar me relaja. Aunque el lunes, para ser lunes, ha sido relativamente tranquilo.
Necesito disfrutar de esos momentos de sol antes de que éste desaparezca tapado por las nubes. Eso me recuerda a que esta mañana, cuando me marchaba, sobre mi pueblo estaba azul oscuro, con aires de tormenta, y mientras me iba acercando a la oficina el sol estaba radiante. Parece ser que al final no ha llovido y ha quedado un día espléndido. Espléndido para pasear...

Reflexiones de un domingo de otoño

Hoy he sentido esa vital necesidad de compartir a través de las palabras todo con una persona. Escribir de mi puño y letra todos aquellos pensamientos que pasaban por mi mente, todo aquello que sentía en un momento dado, lo que no soy capaz de confiar a nadie. Allá por el mes de marzo y abril lo hacía. Y me sentía completa al compartir sin compartirlo realmente. Es como si se lo estuviera contando a él, pero sin contárselo a él. Quizás lo vuelva a hacer, pues ahora bulle de nuevo esa necesidad de compartir muchas cosas con él. Echo de menos esos momentos que dedicaba para mí, entre las ocho y las nueve de la noche generalmente, y que me ayudaban a reflexionar un poco sobre todo, para luego llegar a casa y sellarlo con lacre.
Eso es algo que echo de menos. Escribir un poco cada día, a veces tachar algo de lo escrito, porque si algo mágico tiene la escritura a mano es que, cuando te equivocas, no puedes borrarlo con una tecla, sino que ya está escrito. Curiosamente siempre me salen cosas mejores cuando escribo a mano que cuando escribo a ordenador. Con una delicadeza mayor, también con más sentimiento. Puede ser porque escribir directamente sobre papel es un acto más íntimo. Los correos electrónicos son muy fríos, es muy difícil intuir el estado de ánimo de una persona a través de sus palabras escritas por ordenador, aunque es posible. Sin embargo, en la escritura de una persona, sin necesidad de leer el mensaje plasmado, sí que es relativamente fácil saber cómo es el humor de esa persona: según la separación de líneas, la letra más rápida o más lenta, los párrafos desviados hacia arriba... Sabes si la otra persona tenía prisa por terminar o seguiría escribiendo...
Yo era de aquellas personas que nunca se cansaban de escribir, que me obligaba a terminar. En mis tiempos universitarios más fértiles llegaba a escribir cartas de ocho folios, aunque sólo lo hacía con personas de absoluta confianza, con el resto no pasaban de dos hojas.
Pues bien. Quizás mañana vuelva a escribir las palabras que nunca diré.

Le echo mucho de menos. Es posible que mañana no le vea, porque tengo que hacer algunas cosas que me llevarán mucho tiempo, incluso fuera. Cosas que no pude hacer el viernes y que se han quedado paradas ahí (debido a agentes externos). No importa que no le vea: él seguirá estando ahí, seguirá estando cerca, seguirá estando cada día más guapo y seguirá siendo un ángel. Pero quizás sí que le vea. Eso me brinda nuevas energías para empezar la semana con una sonrisa de oreja a oreja (aunque sea el día trece del mes).

Esta mañana me ha costado siglos levantarme. Me gusta remolonear en la cama los fines de semana que no tengo obligaciones. Y, aunque no salí ayer, no me apetecía ir a desayunar, así que me he tapado hasta la nariz y he imaginado que me despertaba junto a él y que desayunábamos juntos en la cama. Después me he obligado a despedazarme y sacar los pies en busca de las chancletas (unas que aún no han sido víctimas del perro). Cuando bajaba las escaleras me he acordado del perro, pues siempre que nos oye marchar viene corriendo para que le saquemos a la calle. Iba en pijama, un pijama de estos que puede pasar por ropa de calle siendo aún pijama, sobre todo porque la parte de arriba es una camiseta como cualquier otra. Eso en una ciudad no podría hacerlo, pero en un pueblo nadie se fija tanto en esos pormenores. He dado una vuelta por los alrededores de mi casa, llamando al perro, pero éste no aparecía. Entonces he ido a desayunar a la bodega (en verano hacemos vida en la parte de abajo de la casa, de ahí que tenga que bajar escaleras para desayunar). Al volver a subir, el perro estaba en la puerta de la calle.

El domingo ha pasado ya. Estaba de tormenta. En días así vuelve la nostalgia de los días soleados, aunque por otro lado se agradece. No me gusta el invierno, así que tardes como la de hoy me resultan deprimentes. Pero no estoy triste, sobre todo porque de vez en cuando recordaba a una persona que, aun siendo recuerdo, tiene esa facultad de hacerme sonreír siempre. Es un ángel.

Esta noche no había estrellas, pero para mí es como si estuvieran, aunque mis ojos no las distinguieran.

domingo, septiembre 12, 2010

Lo que conlleva un pequeño gesto amable

Una vez leí que un simple gesto amable plantaba una semilla que se extendía en todas las direcciones, haciendo crecer árboles en el futuro.

En esta frase que, a simple vista, parece tan sencilla se concentra una enorme fuente de sabiduría, porque es sabio aquél que es capaz de brindar una sonrisa al prójimo incluso en los peores momentos de su vida.

¿Para qué mostrar al mundo un rictus serio, enfadado o contrito cuando todo sale mejor de buen humor? No siempre es fácil. Somos humanos y, como tales, el estado de nuestra alma varía según situaciones, circunstancias y personas. A veces es complicado ocultar esos estados de tristeza o nuestros enfados, pero eso no significa que no sea posible.

Los estados del alma son efímeros, porque terminarán pasando, pero nuestra alma es eterna y por eso es tan importante no contaminarla con situaciones negativas o pesimistas. Es necesario mantenerla pura, cristalina. Por eso son tan importantes esos pequeños gestos amables, y aunque sean pequeños gestos son los que dotan de grandeza al espíritu de la persona que se los regala al resto del mundo. La persona que los reciba siempre lo agradecerá.

Una sonrisa siempre muestra lo mejor de una persona porque es uno de los reflejos con los que se comunica el alma.

Noches de claridad

Van Gogh, Terraza del Café de la Place du Forum en Arlés por la noche (1888)
Esta noche hemos estado en las piscinas tomando una cerveza. Las piscinas están cerradas desde el domingo, pero el bar aún sigue en funcionamiento. Era muy similar al cuadro de Van Gogh.
Allí, en la terraza al aire libre, mis ojos se desviaban hacia el firmamento punteado de miles de estrellas y he pensado en una persona, me preguntaba dónde estaría, adónde habrá marchado esta noche. Y he sentido la grandeza del mundo.
Las estrellas siempre me hacen evocarle.

Tres años

Han pasado tres años y parece todo un mundo.

Esta madrugada, dentro de unas dos horas aproximadamente, se cumplirán tres años desde que mi tío nos dejó para siempre. Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi teléfono sonó sobre las cinco y cuarto de la madrugada y no quería cogerlo, porque sabía lo que había ocurrido. Lloré, como llevaba llorando las dos semanas anteriores. Mi tío llevaba cuatro días sedado y sabíamos que se iría en cualquier momento.
Fue duro. No es como si fuera un tío al que nunca ves. Es que mi tío, al estar soltero, pasaba mucho tiempo con nosotros, y mucho más aún en la última etapa de la enfermedad.

Aún me acuerdo mucho de él, sobre todo de las risas que nos aportaba, incluso en los últimos días.

Mi tío tenía cáncer de garganta. Cáncer con metástasis. Hay personas que se curan, pero siempre que no haya metástasis. La metástasis es la que hace que se vuelva a reproducir. Mi tío, después de la operación, aguantó tres años hasta que le salió un bulto en un costado: había regresado y esta vez era el pulmón. La esperanza de vida del cáncer es casi nula cuando hay metástasis, pero si el cáncer no se reproduce en los cinco primeros años tras la operación, es posible que esa persona pueda vivir muchos años más. En esos cinco años el riesgo de reproducirse es mayor y, posiblemente, insalvable.

Yo desconocía todo sobre el cáncer hasta la enfermedad de mi tío. Creo que evité durante mucho tiempo hablar de ello. Sé lo duras que son las sesiones de quimio y radioterapia, porque le vi a él durante mucho tiempo.

Se me pone la piel de gallina al recordar aquella época, al echar de menos a mi tío, al rememorar todo aquello.

Esta semana llamaron a mi casa por teléfono. Era una chica de Cáncer y Vida. Me lo repitió dos veces. Quise decirle todo esto, quise decirle que el cáncer sólo era vida si se pillaba a tiempo o si no venía con metástasis. Pero ¿para qué?

Para mí, todos los 12 de septiembre serán un día especial, un día de nostalgia, un día de vacío, un recordatorio para los que ya no están.

Por ti, tío, estés donde estés.

sábado, septiembre 11, 2010

Ana Karenina


Анна Каренина es una novela del escritor ruso León Tolstoi publicada por primera vez en 1877.
Cuando cogí la novela del autor, que tengo en dos tomos, imaginaba que me encontraría con algo parecido a Guerra y paz. Para entrar en las novelas de Tolstoi hay que mentalizarse porque, aunque a principio puede resultar un tanto cargante por la lectura lenta y las descripciones sutiles de la Rusia del último tercio del siglo XIX. Pero el sentimiento que tuve al terminar el increíble volumen de Guerra y paz no es el mismo que tengo ahora. Considero que el otro, pese a toda la densidad bélica con que se narraban la entrada de las tropas napoleónicas en tierras rusas, es mejor que éste, que cuenta y contrasta dos amores con final diferente.

Así, por un lado, están Lev y Kitty, dos jóvenes que, no estando seguros al contraer matrimonio, encontrarán la felicidad plena en su amor, convirtiéndose, después de haber nacido su hijo Mitia, en un matrimonio ejemplar y querido.

Por otro lado, está el amor trágico de Ana Karenina y el conde Vronsky, un amor que irá empeorando con el paso del tiempo hasta acabar en la muerte de uno de los amantes. Para comprender el sentimiento que lleva a Ana a la muerte, hay que observar no sólo su vida junto a Vronsky, sino su matrimonio con Karenin, en el marco crítico de las convenciones sociales de la época.
Así, Ana Karenina, casada con Alexey Alejandrovich Karenin, es una mujer ejemplar, admirada y envidiada, aceptada socialmente, y no hay cada de príncipe o condesa donde no sea invitada. Su marido es un hombre rico, pero serio. Es un hombre que se dedica más al trabajo que a la vida familiar. Su hijo Sergio no es igualmente querido por el padre que por la madre. Ana adora a su hijo. Todo parece perfecto, hasta que aparece en escena el conde Vronsky, de manos de quien Ana conocerá un amor como nunca hasta entonces había conocido. Su encuentro tiene lugar en un tren y Vronsky siente un flechazo tal que irá allá donde Ana vaya. Ana caerá rendida en sus brazos, porque encuentra en Vronsky aquello que su marido no le da.
Es entonces cuando la sociedad la repudia y la rechaza. Ana tendrá que salir incluso al extranjero, huyendo de aquellos que antes se hacían llamar sus amigos y que ahora le dan la espalda. Pero la mente de Ana ha quedado perturbada moralmente, hasta que termine perdiendo la lucidez por completo. Los dos amantes sacrifican todo por la otra persona: Ana abandona a su marido y a su hijo, mientras Vronsky da la espalda a su carrera como brillante oficial del Ejército ruso. Mientras Vronsky aguanta la situación mejor que Ana, ella caerá paulatinamente en varios estados del alma que la llevarán a las vías del tren. Primero llegan los celos, pues cuando Vronsky coge el carruaje para ir a cualquier sitio, Ana le da vueltas a la cabeza, creyendo que va al encuentro de una mujer. Estos celos enfermizos la llevan a una inseguridad, aterrorizada la amante porque Vronsky la abandone un día. Los días se suceden y terminan discutiendo por todo. Cualquier niñería es suficiente excusa para que los amantes se enemisten. Y estas disputas terminan en separaciones cada vez más amplias, aunque siempre se terminan pidiendo perdón y se encuentran amándose casi como el primer día. Pero el de Ana es un amor que se ha deformado.
Karenin no le da el divorcio a Ana, por lo que ella es como una proscrita, socialmente hablando. Y, al no obtener el divorcio, Sergio es educado por el padre, mientras que Vronsky no puede dar su apellido a la hija que ha tenido con Ana.
Llegará un momento en que, en el término de una discusión que supera a las anteriores, él le dice que así no se puede vivir, ella cree que la va a abandonar, ella le amenaza y luego le envía una misiva para pedirle perdón. Pero sus palabras no llegan al destino y ella decide ir a buscarle. Entonces, al bajar del tren, mira las vías y se da cuenta de que lo mejor para todos es la muerte de ella, así que se suicida tirándose a las vías y siendo aplastada por un tren. Vronsky considera que ha llevado a cabo su venganza, de tal manera que con su muerte él se sentirá culpable. Vronsky no tiene nada por lo que merezca vivir, porque su hija se la ha llevado Karenin y, en última instancia, decide ir a la Guerra de Oriente (entre turcos y rusos, acaecida en los años 1877 y 1878).


La novela de Tolstoi es una de las joyas del realismo ruso. Cada detalle inmerso en la historia es importante para conocer las diferentes personalidades de la multitud de individuos dispares que aparecen en la novela.

El lector puede encontrar en Ana Karenina un personaje con quien identificarse, pues es sencillo comprender el pensamiento de una mujer enamorada, aunque sólo sea en una mínima parte. Puede tratarse de Ana, que ama por encima de todas las cosas y por ese amor ha abandonado su vida anterior, y siendo después abandonada socialmente; o puede tratarse del amor ingenuo de Kitty, sencillo y puro, basado en la inocencia de una joven que ama por primera vez y que ese amor por su marido le llena. En cualquier persona que nos rodea, podemos encontrar lo mismo que se contempla en la novela, podemos encontrar el reflejo del miedo a la soledad y a la pérdida del ser amado.

El libro también contiene nociones importantes sobre la filosofía de la vida, la crítica a la sociedad y a la cultura rusa de la época, el rechazo por la vida ociosa. Es un libro emocional.

En cuanto a los personajes: a Ana se la admira al principio, pero en el segundo volumen termina estresando por ese acoso emocional hacia su amado, al que le quita libertad constantemente, agobia porque te das cuenta de que su mente está enfermando.
Levin, que en principio no llama tanto la atención, se convierte en uno de los personajes más admirados de la novela, con una mente que va moldeando poco a poco, y con una personalidad íntegra.

Ana Karenina y el cine

La novela se ha adaptado al cine en varias ocasiones.

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La primera, en 1935 y, sin duda, la más célebre es la protagonizada por Greta Garbo y Fredric March. Fue dirigida por Clarence Brown.
Considero oportuno apuntar que los personajes principales deberían atenerse a las descripciones de las novelas (si la historia se ha sacado del medio escrito). Para mí es importante que Ana Karenina sea morena, como se la describe varias veces en la novela. No he visto la película, así que no puedo decir si a la Garbo se la tiñó el pelo de oscuro o lució su melena rubia. Quizás no importe mucho cuando el espectador no se ha leído el libro, pero si te lo has leído me parece importante para identificar a los personajes con sólo mirarlos.
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En 1948, Alexander Korda dirigió otra versión de la novela con Vivien Leigh como protagonista. Lo cierto es que sí que veo más a esta actriz en el papel de la Karenina.
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La última versión del cine se estrenó en Rusia en 1997. Fue dirigida por Bernard Rose y sus intérpretes fueron Sophie Marceau y Sean Bean.

Hay muchas otras versiones cinematográficas de la novela de Tolstoi, pero considero que era preferible sólo nombrar las más famosas. Yo he visto trozos de las dos primeras, y no creo que tarde mucho en verlas, ahora que el argumento está fresco.

La siesta eterna

Me he echado una siesta de tres horas y, cuando me he despertado, había perdido la noción del tiempo y del espacio. Tan desubicada estaba que me daba la sensación de haber estado durmiendo durante cien años.
No sabía que estuviera tan cansada, pero ¿quién duerme esta noche? Debería haber salido, pero al final se me ha hecho tarde y he optado por quedarme en casa reflexionando. Aunque ya estaba todo pensado. He tenido una conversación con mis padres, una conversación tranquila, de esas que se agradecen. Creo que el diálogo familiar es importante, y en el tiempo actual ese diálogo brilla por su ausencia en muchas familias. En la actualidad se han perdido muchos valores, a todos los niveles, pero también a nivel familiar. Por eso, en mi casa se alimenta la conversación entre todos y todas las opiniones son válidas. Y hoy tenía algo importante que decirles.

Estoy pensando que con todo lo que he dormido esta tarde, ¡a ver quién duerme esta noche!

viernes, septiembre 10, 2010

Y el azar me ha 'obligado' a ver la Vuelta





Ya que estaba allí, me he quedado a verlos pasar. La Vuelta. Estaba todo acordonado y la Vuelta no la ves todos los días. Eran muchísimos. Había unos pocos adelantados, pero el pelotón era increíblemente largo.
Había un caos después...

Caminando sobre un mar de niebla

CASPAR DAVID FRIEDRICH, El caminante sobre el mar de niebla (1817-1818)
¿A quién no le ha ocurrido alguna vez que intenta acordarse de un nombre, de un título o incluso de una palabra y que no le salga en ese preciso momento?
Tenía una imagen en mente, la de un famoso cuadro de Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de niebla. Sabía que era de principios del siglo XIX, pero no recordaba el nombre de quien la pintara (de hecho, nunca lo recuerdo). Lo que recordaba era a Delacroix y Géricault. Y les recuerdo a ellos porque nos mostraron obras de los tres en la misma clase de arte de la Universidad. Ahí está el vínculo. Y para encontrar la obra en cuestión me ha llevado un rato, pero los datos que recordaba eran suficientes.
No sé qué tiene esa imagen. A veces exaspera, otras agrada. Exaspera por la violencia de los trazos, porque en principio parece una marejada, el mar revuelto, pero cuando miras detenidamente ves que entre los picos de las montañas se extiende la niebla por todos los confines.
De repente, me he encontrado dentro del cuadro, en el lugar del caminante que se encuentra de espaldas al espectador. Y compartía ese mundo que se extendía a mis ojos con una persona. Entonces se oía mi voz susurrándole: "Aquí está la magnificencia del mundo. Esto ha sido creado para que nosotros lo contempláramos un día. Es perfecto". Doblemente perfecto: por una parte, por lo que se extendía a nuestros ojos; por otro lado, por el acompañante. Pero teniendo en cuenta que la imagen del cuadro es imaginaria y el acompañante es real.

"El amor no es un hábito, un compromiso, ni una deuda.
El amor es. Sin definiciones.
Ama y no preguntes demasiado. Sólo ama".

jueves, septiembre 09, 2010

La duda en ciernes

He estado escribiendo un correo electrónico. Realmente es el que he empezado esta tarde y he borrado, para volver a empezar a escribirlo aquí. Simplemente tenía ganas de escribirlo. Pero ahora, cuando lo he terminado, me da pereza enviarlo. Sé que lo terminaré mandando porque quiero saber su respuesta. Necesito una respuesta objetiva, fehaciente, experta.
¿Cuánto tiempo hace que no le escribo? Cuando se deja de hacer una cosa, luego cuesta retomarla. Pero necesito compartir con él lo que le digo. Siempre he confiado en él. Y algo así no podía ser menos.

Mañana madrugo.

Besos que nunca ocurrieron

Tengo los pies machacados. Entre los tacones y lo que he caminado esta tarde, al final del día ansío llegar a casa sólo para ponerme unas chancletas. Podría recurrir a los remedios de la abuela (agua caliente con sal) para aliviar las plantas de los pies que, con todo, mañana volveré a ponerme tacones. Sin embargo, me he encontrando leyendo sobre la cama hasta que he imaginado unas manos que me daban masajes, empezando por los pies, claro, y me he encontrado imaginando la delicadeza de esos dedos, la suavidad de su piel. Ya no siento las plantas tan doloridas como cuando he llegado. Supongo que ponerse calzado cómodo ha hecho una parte y el recuerdo de sus manos, el resto.
Me encantaría tocarle, y que me tocara. Aprenderme de memoria todo de él.

Y me gustaría besarle. Nunca he dicho que me gustan los besos. Me gustan porque en ellos se pone todo el sentimiento. En un beso la otra persona te dice tantas cosas... Anhelo esos besos que nunca le he dado...

Como la canción de El Canto del Loco: "Que todas las mañanas me despierten besos".