martes, junio 10, 2008

El Séptimo Centinela (Los Defensores de la Magia III)

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Al morir Cormac DiThon, Bram se iba a convertir en el lord de Thonvil, aunque en la práctica llevaba mucho tiempo ocupándose de las tierras de la familia y de los aldeanos. Aquello era sólo una formalidad. Esa misma tarde, su tío Guerrand le confiesa la realidad: por sus venas corre la sangre de los tuatha dundarael o duendes. Sólo hay una persona que puede contestarle a todas esas preguntas: el rey Weador. Bram se prepara para pasar una temporada lejos de sus tierras, en los reinos feéricos. Y mientras el rey Weador le dice que busque a Prímula, su madre, que vive en las montañas cercanas a Qualinesti, Guerrand, Kirah y un gnomo cuidan del castillo y los alrededores.

En las Praderas de Arena se encuentra Lyim Rhistadt, convertido en un mago renegado. Ha llegado a Qindaras, la única ciudad de Krynn donde las Órdenes de Hechicería no pueden hacerle nada. Desde tiempos centenarios, se respeta un pacto por el que los gobernantes y los magos no sobrepasan ciertos límites, aunque Lyim todavía no ha descubierto el porqué. Gracias a la magia con la que quiere acabar, va subiendo escalones hasta convertirse en un recaudador de impuestos, respetado más por miedo que por otra cosa. Con sus intrigas, no duda en asesinar a otros emires para acercarse al máximo potentado de la ciudad, Aniirin III, y convertirse en su mano derecha. Y es en una de las cenas en el palacio del potentado donde descubre el guantelete mágico, un objeto que atrae toda la energía y el poder hacia sí, un instrumento con el que podría acabar con aquello que quiere exterminar por encima de todo: la magia. Pues ese guantelete mágico es el que, gracias a su magia, mantiene el impresionante palacio del potentado en pie.
Junto a los pocos amigos, asesinos y guardaespaldas que tiene a su lado, trama un plan para acabar con Aniirin III y sucederle en el poder. Y con su régimen de miedo y terror, consigue mantener la tranquilidad en la ciudad, exterminando magos y con una policía secreta a sus órdenes.

Mientras, en las afueras de Qindaras, todos los magos empiezan a descubrir los efectos de la escasa magia de la que se ven sustraídos misteriosamente. Los tres Maestros han enviado muchos asesinos para acabar con Lyim, pero todos sus planes se han visto frustrados por la astucia del renegado.

En Thonvil, Kirah y Guerrand se quejan de la larga ausencia de Bram, que ya lleva dos años fuera. Lo que no saben es que su sobrino ha aprendido la magia de Chisnev de manos de su madre, una magia ante la que el guantelete de Lyim no puede hacer nada porque no la puede controlar. Y serán Guerrand y Bram los que mande el cónclave para acabar con Lyim.
Rand y Bram no tienen dificultades para entrar en Qindaras y, mucho menos, en el palacio. Pero en el pequeño espejo aparece Kirah. Bram utiliza su magia de la naturaleza contra Lyim, pero no consiguen apresarle. Kirah sigue enamorada de Lyim, y Guerrand corta la mano que lleva el guantelete a Lyim, muriendo al dejarse caer por una balaustrada. Bram es salvado por un animal alado que le lleva junto a Dagamier. El brazo cortado de Lyim con el guantelete han salido del palacio, que se desmorona porque ya no está sujeto a la magia que lo mantenía erguido. Y Lyim debe utilizar la magia para hacer crecer su mano cortada. Ahora que no tiene palacio, sólo le queda dar su estocada final: atacar la Torre de Wayreth; para ello, anima a su pueblo a ir a la lucha.
Del Abismo trae a los nabassu, seres infernales voladores provistos de magia. Y el ejército marcha hacia el Bosque de Wayreth. Enanos, caballeros de Ergoth del Norte y magos se preparan para la emboscada que están planeando en las montañas Khalkist. Y Bram estará allí. Pero Lyim, montado en un nabassu junto a Kirah, huye de la batalla para enfrentarse a los hechiceros asustados de Wayreth. Lo que no sabe es que Bram puede llegar por los caminos feéricos y derrotarle. Bram le convierte en árbol, pero no puede evitar que Kirah se acerque, absorba energía y muera. Por fin han derrotado a Lyim y la magia de las tres lunas vuelve a fluir por Krynn. Bram ha perdido a sus tíos, Dagamier está herida pero se recuperará, y ahora sólo quiere descansar en Thonvil y reflexionar sobre la propuesta que le ha hecho Par-Salian para ser su aprendiz.


Nabassu

En la cripta

El beodo George Birch había sido el director de la funeraria en Peck Valley. Antes de retirarse, era insensible, carente de imaginación, grosero y burdo. Cuando antes del invierno, la tierra se heló en el cementerio y los sepultureros no pudieron cavar, decidieron dejar los nueve ataúdes en la única cripta del cementerio para enterrarlos en primavera.
Cuando pasaron los meses, Birch llevó su caballo y su carro al camposanto y sacó de la cripta el primero de los féretros para enterrarlo. Los demás los postergó... hasta el Viernes Santo, pero no era supersticioso.
No iba del todo sobrio aquella tarde cuando se encaminaba en su carro al cementerio. Entró en la cripta para sacar la primera de las ocho cajas, cuando un portazo lo dejó allí encerrado. Sin poder abrir la puerta cuya cerradura vieja se había roto, descubrió encima de su cabeza una pequeña abertura. Escuchaba a su caballo inquieto fuera. Como no llegaba a la abertura del techo de la cripta, apiló los ataúdes en forma de pirámide y cogió sus herramientas para hacer un agujero. No se imaginaba lo que sería pasar la noche allí. En la oscuridad, puso la caja de Matt Fenner en la cima y se aseguró de colocar la del vengativo Asaph Sawyer en la base. George Birch había metido a este último en un ataúd que había desechado el primero, pero Fenner era un hombre muy pequeño y era casi imposible que Asaph hubiera cabido en la caja que Birch le había asignado.
Pasaba la medianoche, cuando el caballo relinchó de una manera violenta y salió huyendo del cementerio. Birch intentaba auparse para salir por el agujero en el que ya cabría su cuerpo, cuando la tapa de la última caja se resquebrajó. Él estaba ya saliendo cuando una gélida mano le asió de los tobillos, imposibilitándole la salida. Pero él luchó hasta que se encontró fuera de la cripta.
El guardián del cementerio le encontró en la caseta con los tobillos desgarrados. Llamó al doctor Davis, que le vendó las heridas y le dijo que tenía los tendones desgarrados y cojearía. Y después le preguntó si estaba seguro de la posición de las cajas. El médico lo comprobó y supo que Asaph Sawyer había intentado vengarse, después de muerto, porque George Birch le había seccionado los tobillos para que cupiera en el ataúd.
Desde entonces Birch se refugia en la bebida... para olvidar las horas que pasó dentro de aquella maldita cripta.

lunes, junio 09, 2008

Los aromas de la tarde

El olfato siempre nos advierte antes ciertos acontecimientos antes de verlos y, junto al oído, nos hace percibir antes de que nuestros ojos abarquen lo que nos rodea.
Considero el tema de los olores muy complejo por tratarse de un mundo poco tangible y por el amplio abanico de aromas que nos rodea.
Hay un olor en el que me envuelvo con tal facilidad que soy capaz de perder la noción del tiempo. Hoy he sentido cómo ese aroma entraba lentamente en mis entrañas y he tenido que cerrar los ojos para aspirar y perderme en lo invisible.
Había llovido. En un cuarto de hora ha caído una tromba de agua que sonaba de manera peculiar, sobre todo si la confrontamos con el buen día soleado que ha visto la mañana. Nadie podía imaginarse que los días lluviosos regresaran con tal violencia. En cuanto las nubes han descargado, ha vuelto a establecerse una tarde adorable, de esas que, a pesar de que los adoquines estaban mojados, apetece pasear y sentir el momento después de la lluvia. Y ese olor característico de después de la tormenta es el que me traslada a mundos infinitos, pues sería capaz de abandonar cualquier cosa para dejarme arrastrar por ese aroma tan indescriptible: a tierra mojada, a frescor, a cánticos de flores...
En los últimos años he vivido junto a parques y se nota...
Otro olor característico es el de las personas. El nuestro apenas lo notamos, pero el de los demás nos invade. He oído incluso que las hormonas que desprendemos las sienten los que nos rodean, de ahí que tengamos más química con unas personas que con otras, eróticamente hablando. A mí me gusta poco regalar perfumes, pues prefiero sentir el olor de la piel. Y hablando de colonias... recuerdo una en especial que, de repente, un día dejé de olerla. Unos meses después, junto a mí pasó alguien que desprendía el mismo aroma y la mente me llevó, de manera inconsciente, a la persona que yo conocí que usaba ese perfume.
Este tema me atrae de una manera que no logro comprender, quizás porque no puedo controlar mi olfato. De momento, me quedaré con el aroma de después de la lluvia que tanto me ha alterado hoy.

Él

Un hombre pasea por los oscuros callejones y tétricos patios de Nueva York, por esas zonas que ni siquiera vienen en los mapas...
En uno de esos siniestos patios nocturnos, un hombre de profunda voz empieza a hablar con él y le promete mostrarle los rincones más misteriosos y desconocidos de la ciudad. El visitante accede y, siguiendo a su guía, llega a una antigua mansión.
Su anfitrión se despoja de sus ropas de abrigo y muestra un vestuario muy anticuado para la época. Y le cuenta una historia, la historia de la mansión y sus antepasados. Pues allí, en aquella colina, los indios mestizos realizaban unos extraños ritos. Cuando su antepasado comenzó a vivir en la finca, los indios seguían colándose por el muro. Entonces, una noche, el dueño les encontró y se horrorizó de tal forma que hizo un pacto con ellos: les dejaría entrar en su patio a cambio de que le permitieran participar en aquellos ritos. Pero una noche, les envenenó con ron y sólo quedó él como único poseedor del secreto.
El anfitrión le anima a su acompañante a acercarse a la ventana y, con insidiosos movimientos de las manos, el visitante ve la ciudad embarcada en otras épocas. Aquel hombre tiene la capacidad de control sobre el tiempo. Pero entonces ve la ciudad en un futuro, una ciudad cadavérica y grita asustado.
Entonces se oyen unas pisadas en la escalera. El anfitrión sabe que vienen a buscarlo. Es noche de luna llena. El anciano con poder sobre el tiempo queda carbonizado y una sustancia informe, negra y colosal, invadida de ojos, busca la cabeza carbonizada y la engulle. Entonces la mansión comienza a resquebrajarse y al visitante no le queda otra que poner pies en polvorosa.

"La brújula dorada"

"Hay muchos universos y muchas tierras paralelos a nuestro mundo, donde el alma de las personas vive dentro de sus cuerpos, y mundos como el mío, donde caminan a nuestro lado en forma de espíritus animales, a los que llamamos "daimonions". Hay muchos mundos, pero, conectándolos todos, está el polvo. Dicen que ya estaba aquí antes que las brujas del aire, que los giptanos del agua y que los osos del hielo.
En mi mundo, los hombres sabios inventaron un aletiómetro, una brújula dorada, y ésta les mostró todo cuanto estaba oculto, pero la fuerza en el poder, temiendo una verdad que no fuera la suya, destruyó esos mecanismos y prohibió incluso que se mencionara la existencia del polvo. No obstante, queda una única brújula y sólo hay una persona que la pueda leer
..."

Lyra Belacqua (Dakota Blue Richards) es una niña huérfana que vive en el Jordan College de Oxford con su tío, el profesor Lord Asriel (Daniel Craig). Es una niña descarada y traviesa a la que los eruditos adoran. Escucha detrás de las puertas y espía, y de esta forma es como escucha hablar por primera vez del polvo. Quiere viajar con su tío al Norte, donde quiere hacer una expedición. Sin embargo, antes conoce a la protectora del College, Marisa Coutter (Nicole Kidman), que le promete el mismo viaje y se va una temporada con aquella agradable mujer. Antes de marcharse, el rector le entrega la brújula dorada que le dirá la verdad.
A medida que pasan los días, su daimonion (Pantalaimon) le hace ver que allí están prisioneros. Y la muchacha, acostumbrada al espionaje, entra en el despacho de la señora Coutter, donde descubre papeles sobre el Magisterio (que todo lo quiere controlar) y sobre sus amigos.
La niña escapa y es perseguida por los devoradores, pero salvada por los giptanos, que embarcan hacia el norte. Conoce a Ma Costa (Clare Higgins), la madre de su amigo Billy, que ha sido secuestrado. Y tiene un primer contacto con la reina del clan de las brujas del Lago Enara, Serafina Pekkala (Eva Green).
El reino del Norte adonde se dirigen está vigilado por hordas de tártaros al servicio del Magisterio y allí, en el corazón del hielo, se encuentra el laboratorio experimental donde llevan a los niños secuestrados para separarles de su daimonion.
Cuando el barco para en una de las ciudades del norte, Lyra está mirando su brújula cuando un extravagante vaquero tejano que, además, es aeronauta, se le pone a hablar. Lee Scoresby (Sam Elliott) le dice que está allí porque ha venido a salvar a un amigo. El hombre decide sumarse a la expedición de los giptanos, mientras Lyra busca al Oso Acorazado. Iorek Byrnison es el heredero oficial al trono de Svalvard de los Osos Acorazados del Norte, pero ha sido despojado de su coraza y la coraza es el alma de los Osos Acorazados. Con ayuda de la brújula dorada, Lyra le dice dónde está y descubre la historia del oso que se convertirá en su amigo. Debe luchar contra Ragnar Sturlusson, que le despojó de su trono en una pelea desigual. Y después deben salvar a los niños que se encuentran en el Reino del Miedo. Los trabajadores del Magisterio y los tártaros se enfrentan contra giptanos, brujas, Iorek Byrnison y Scoresby. Y después deben encontrar el laboratorio en donde se ha recluido Lord Asriel, que resulta ser el padre de Lyra y no su tío.

domingo, junio 08, 2008

El horror de Red Hook

"Hay sacramentos tanto del mal como del bien a nuestro alrededor, y, a mi juicio, vivimos y nos movemos en un mundo desconocido, en un lugar en el que existen cavernas y sombras y habitantes del crepúsculo. Es posible que el hombre a veces pueda retroceder en la senda de la evolución, y creo que pervive una sabiduría atroz que aún no ha muerto". (Arthur Machen)
En la ciudad de Pascoag (Rhode Island) un hombre robusto se pone a gritar en una esquina y empieza a correr. Sin duda, se trata de un ataque de nervios. Muchos de los viandantes le han reconocido como Thomas F. Malone, un detective de la policía de Nueva York, relacionado con un incidente de un derrumbamiento con casas y retirado a Chepachet, pueblo cercano a Pascoag donde abundan las casas coloniales de madera. Desde el dramático incidente ocurrido en Red Hook, un suburbio de Brooklyn, los especialistas le habían prohibido aventurarse en la ciudad, pues las casas de ladrillo le producían terror. La caída de edificios ruinosos en Red Hook tenía algo de sobrenatural pero Malone había optado por el silencio.
El detective siempre había perseguido misterios insondables. Estando en una comisaría de Brooklyn, se había aventurado en los bajos fondos de Nueva York. Y había conocido Red Hook, un lugar lleno de miseria, suciedad, callejuelas oscuras, edificios de ladrillo. Con los sonidos del miserable puerto como telón de fondo, aquel barrio constituía una amalgama de culturas, era una babel de ruidos e inmundicia. La policía era incapaz de imponer el orden. A diario se producían delitos de todo tipo. Las calles estaban invadidas por jóvenes de ojos turbios y rostro picado por la viruela. Y se rumoreaba que era un lugar predilecto para celebrar misas negras o aquelarres.
En medio de aquella miseria, destacaba la misteriosa figura de Robert Suydam, un anciano solitario y culto, que vivía en una espaciosa y decadente mansión que había construido su abuelo. Descendía de una antigua familia holandesa. Se rumoreaba que era un erudito en supersticiones medievales.
Sus familiares habían solicitado que se investigara al excéntrico anciano por su salud mental, pues repentinamente había variado sus hábitos y parecía un pordiosero. Sus fondos iban destinados a toscos y viejos volúmenes comprados en Europa y al alquiler de un viejo y oscuro sótano donde recibía a numerosos forasteros. La policía preguntó a los vecinos de aquel inmueble, donde supuestamente se celebraban ritos nocturnos, se oían extraños cánticos y gritos. Posiblemente Suydam estaba inmerso en una sociedad secreta de los bajos fondos. Cuando le convocaron a juicio, su semblante estaba sereno y alegó que estaba escribiendo sobre las costumbres de los inmigrantes. Libre de cargos, investigaron a sus socios, que resultaron ser siniestros y depravados criminales. Estaba claro que aquello podía ser una organización delictiva peligrosa.
Los inmigrantes sirios se reunían en una iglesia católica de noche, donde se realizaban cultos religiosos y satánicos y sonaban las notas de un órgano blasfemo. Se hablaba de la entrada clandestina de inmigrantes kurdos por un embarcadero subterráneo, que la policía no había conseguido encontrar, y que un dios o un gran sacerdote les había prometido grandes poderes y reinos terrenales para gobernar.
Aparentemente, Suydam sólo investigaba las tradiciones y folclore de estos inmigrantes. Pero todo el mundo desconocía que había caído en un violento salvajismo. Sin embargo, la policía sabía que el anciano estaba relacionado, de alguna manera, con estos ritos satánicos y con la entrada ilegal de inmigrantes en Red Hook.
Mientras Suydam sufre misteriosamente una mejoría de aspecto e informa de su compromiso matrimonial con una joven de buena familia, el suburbio empieza a ser partícipe de numerosas desapariciones y secuestros, sobre todo de niños y mujeres jóvenes de clase social baja.
La policía decide hacer redadas en los principales locales, empezando por la iglesia católica que está vacía y terminando en el sótano del viejo, donde encuentran un laboratorio químico y pintadas con evocaciones al demonio, una venda ensangrentada y lingotes de oro que tienen grabados extraños jeroglíficos.
Suydam se ha casado y ha subido al transatlántico con su esposa. Después del horrible grito en el camarote de Suydam, se encuentran a la joven esposa estrangulada, con unas marcas de garras en el cuello y una inscripción que dice: "Lilith". Un bote de rufianes insolentes asalta el barco para llevarse el cuerpo inconsciente del anciano.
Esa noche, Malone llega al sótano de Suydam. Encuentran extranjeros vestidos con extrañas túnicas, que portan objetos que tiran a un pozo que desprende un insoportable hedor; hay sangre por todos los sitios y un altar del que sale humo. Malone se desmaya y, en sus sueños, observa el horrible ritual. Se encuentra en un pasillo donde se escuchan susurros, gemidos y carcajadas. Hay una especie de lago lodoso, donde aparece un bote que lleva un farol. Unos hombres descargan un bulto tapado. El anciano gangrenoso es obligado a beber unas botellas de líquido rojizo, mientras adora el altar de oro. Entonces, a lo lejos, suena el órgano blasfemo y se escucha una invocación griega. La entidad desnuda y fosforescente del altar de oro baila, mientras el cuerpo de Suydam se descompone. Malone pierde el conocimiento; después le encuentran junto al canal, que es la entrada subterránea de los inmigrantes ilegales. Los edificios alquilados por Robert Suydam se desploman, enterrando a muchos oficiales y extranjeros, excepto a los que se encontraban en el sótano. La policía ha destapado una terrible red de inmigrantes. Y en la iglesia católica han encontrado niños encarcelados que mueren al ser expuestos a la luz del sol. Los kurdos que han apresado pertenecían a la secta yezidí de adoradores del diablo.

La Plaga de la Medusa (Los Defensores de la Magia II)


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Para que nadie intente llegar a la Ciudadela Perdida, todos los magos de las tres Órdenes de Kryn se han unido para crear un Bastión en medio del puente mágico que llega hasta la Ciudadela. Ese Bastión debe estar defendido por un mago de cada orden que vigila a diario en un espacio de dos dimensiones y del que todos desconocen su ubicación excepto los Maestros de las Tres Órdenes.
Han pasado cinco años. Guerrand vive apaciblemente en un pueblecito de Solamnia, donde todos los habitantes le aprecian. Echa de menos a Esme, con la que tuvo un idilio amoroso, pero que terminó abandonándole. Sigue junto a su amigo Zag, la gran gaviota que le habla telepáticamente y le sirve un gnomo refunfuñón.
Mientras Lyim recorre el mundo en busca de un antídoto o de un remedio mágico para volver a recuperar su mano humana y perder de vista a esa repelente serpiente que la sustituye, Guerrand es llamado a la Torre de Alta Hechicería de Wayreth.
Allí le ofrecen un trabajo: el defensor de los Túnicas Rojas del Bastión. Guerrand prefiere la vida cómoda y fácil que tiene ahora, pero Justarius le convence por fin. En el Bastión, Rand es el alto defensor, es decir, que tiene poder por encima de los otros dos, Ezius y Dagamier. El Bastión tiene tantas protecciones que todos los días resultan monótonos y rutinarios, aparte de que nadie osaría traspasar el umbral bidimensional.
Lyim invoca el espíritu de su antiguo maestro, Belize, que le dice que debe convocar otro Portal Mágico para recuperar su brazo. Y a Lyim sólo se le ocurre llegar al Bastión, donde se encuentra con su antiguo amigo Rand. Pero el alto defensor le niega la entrada al Bastión. Y Lyim jura que se vengará.
En Thorvin los días pasan lenta y apaciblemente. Mientras que Bram intenta recuperar un poco de productividad en las tierras de su enloquecido y empobrecido padre, una extraña plaga empieza a extenderse por la aldea. Los habitantes de Thorvin comienzan a padecer unas fiebres altísimas, luego llega el picor en las extremidades, de donde se desprenden capas de piel, después brazos y piernas se convierten en serpientes y, finalmente, al tercer día, los ojos se vuelven negros y el moribundo se convierte en piedra. Bram, que conoce el poder curativo de las hierbas, descubre los síntomas y, junto al médico, se da cuenta de que es una enfermedad de carácter mágico.
Entonces decide buscar a su tío para que acabe con la plaga, pues las serpientes, poco antes de convertirse en piedra, sisean "Guerrand". No sabe cómo llegará a la Torre de Wayreth y es entonces cuando se encuentra con los duendes, que le dan una mágica moneda para llegar a la torre mágica a través de los niveles feéricos.
Lyim, el verdadero causante de la plaga, aparece en Thorvin a visitar a Kirath, a la que le da un supuesto antídoto y le saca información sobre Bram. El Túnica Roja sabe que, siguiendo sus pasos, llegará hasta el Bastión. Y, tal como prevé, Par-Salian y Justarius hacen una excepción y dejan entrar en el Bastión al sobrino de Rand.
Lyim entra en el círculo mágico que transporta a Bram y sortea todos los sortilegios y defensas del Bastión. Los tres defensores se unen para luchar contra él y ganan la batalla. Será Ezius, el Túnica Blanca, quien se haga cargo del cadáver.
Guerrand ha decidido volver con su sobrino a Thorvin para acabar con la plaga de la medusa. Lo que más le duele es que Kirath haya caído en la trampa de Lyim, que la ha envenenado haciéndole creer que le daba el antídoto. Debe salvarla pero no sabe cómo. Entonces descubre que Nuitari, la luna negra, tiene que ver con la consecución de la enfermedad. Sólo tiene que traspasar las runas del Bastión, que se sabe de memoria, a la superficie de la luna para convertirla en bidimensional. Pero, cuando lleva a cabo el hechizo, un poder superior le lleva hasta una especie de burbuja para encontrarse de frente al mismo dios de la Magia Oscura, que le deja marchar, pero sin que olvide que le debe un favor.
Guerrand erradica la enfermedad y después recibe la visita del rey de los duendes, que le hace ver que la subsistencia de Thorvin depende de él y de Bram. Pero también le advierte de que en el Bastión le espera un peligro.
Rand vuelve al Bastión y sospecha de la Túnica Negra, Dagamier, mientras ella le describe los extraños comportamientos de Ezius mientras él no ha estado allí. Lyim había concentrado toda su fuerza interior en un pendiente y había tomado el cuerpo de Ezius. En esos momentos ha hecho surgir el Portal Mágico y tiene que entrar en él. El poder que le atrae hacia la Ciudadela Perdida es inmenso y ya ha recuperado su brazo. Entonces oye a Guerrand, su eterno enemigo.
Cuando el Portal desaparece, los dos amigos se enfrentan. Fuera, ha comenzado la destrucción del Bastión. Los dioses de la magia están inquietos porque alguien ha sido interceptado en el Portal hacia la Ciudadela. Guerrand consigue sacar al patio a sus compañeros allí e intenta convencer a Lyim, que se queda dentro mientras el Bastión se convierte en un montón de escombros.
El Cónclave se ha reunido. Su principal objetivo es encontrar a Lyim Rhistadt.

"REC"

Hoy he pasado miedo. Se trata de una película que te mantiene el vilo casi desde el principio. Hoy puedo hablar de terror y de que, seguramente, habrá una segunda parte. Hacía tiempo que no veía una película donde se viera tanta sangre y tantas vísceras esparcidas por ahí, y que, a la vez, me horrorice. Porque he tenido mis sustos y seguro que algún vecino me ha escuchado gritar.
La originalidad de la película es que parece demasiado real. Incluso he pensado que no era la película cuando ha empezado, porque me daba la sensación de ver algún programa similar a "España directo". No me esperaba algo así, y creo que al parecer tan real te llega más.
En ciertos momentos, sobre todo cuando el cámara corre, me recuerda a aquella película titulada "El proyecto de la bruja de Blair", donde la cámara se movía hacia todos los lados, aunque aquí eso ocurre en pocas ocasiones y, menos mal, porque después de todo no me gustaría terminar con dolor de cabeza. Y todo, todo lo que ocurre, lo vemos a través del objetivo de la cámara de los periodistas.


Ángela Vidal (Manuela Velasco) y Pablo (Pablo Rosso) están haciendo un reportaje para un programa de la televisión local: "Mientras Usted duerme". Esa noche les toca un parque de bomberos que no sale de la rutina.
Después de grabar durante varias horas lo que hacen los bomberos y compartir diversas actividades con ellos, a eso de las 2 a. m. suena la sirena y acuden a un edificio en el centro de Barcelona. Dos agentes de policía, dos bomberos y los jóvenes periodistas entran en el portal, donde varios vecinos en pijama les esperan, asustados por los gritos en uno de los apartamentos. Ángela le pide al cámara que no deje de grabar ni un sólo momento.
Cuando entran en el piso de donde provienen los gritos, encuentran a una anciana ensangrentada e, inmediatamente, la mujer, con una fuerza descomunal, salta sobre uno de los policías y le muerde, provocando una carnicería casi caníbal.
Poco después, uno de los bomberos cae con el cuello degollado y ensangrentado. Ya son dos los heridos. Nadie en el bloque sabe lo que está ocurriendo pero, cuando intentan sacar a los heridos, no pueden salir porque el edificio ha sido precintado.
Esperan a que entre un médico, que aparece con careta antigás y con buzo térmico. De eso deducen que están ante algo increíble. El médico es obligado a contar algo de máximo secreto: en el edificio se está extendiendo un virus a través de la saliva y... nadie está a salvo.
Poco a poco, todos se van contagiando. Todos los que han sido mordidos tienen una fuerza descomunal y se dedican a morder a los que están sanos... Y éstos buscan una salida...
Ángela y Pablo encuentran en el ático, supuestamente deshabitado, imágenes y noticias de poseídos, estampas y estatuas de la Virgen y otros santos y un anticuado laboratorio químico. Pero no están solos en el ático...

sábado, junio 07, 2008

La casa evitada

Benefit Street es una calle de Providence que termina en el antiguo cementerio de la iglesia de San Juan, que contiene lápidas del siglo XVIII. Era uno de los paseos preferidos de Poe.
En esa misma calle, en la ladera de una colina, se encuentra la casa evitada. Era ésta una casa vacía desde hace casi sesenta años y se decía que en ella había muerto un número alarmante de personas.
Los primeros propietarios la abandonaron. Se rumoreaba que la casa era insalubre: demasiada humedad, corrientes de aire, agua nociva del pozo... No se consideraba una casa "encantada", pues no había leyendas. Simplemente, las personas que habían vivido allí perdían su vitalidad y su fuerza, eran propensas a una extraña debilidad de manera natural y finalmente fallecían prematuramente.
El protagonista siempre había estado fascinado por aquella casa. Cuando eran niños entraban en la casa. El único lugar donde aquellos muchachos jamás habían puesto un pie había sido el sótano, que desprendía una fetidez insólita. Pero pese a su mal olor, se habían asomado y habían visto en el suelo los hongos fosforescentes y, a veces, bajo ellos se podía distinguir una figura blanduzca que parecía formar una silueta humana.
Cuando el joven se hizo adulto, consultó con su tío, el doctor Elihu Whipple, que había recopilado información sobre la casa evitada. El tío le entregó una crónica. Después, decidió unirse al sobrino en la búsqueda.
El solar donde se asentaba la casa había sido comprado por un mercader dos siglos antes. William Harris se trasladó a la recién construida casa con toda su familia y a punto de nacer su quinto hijo. Pero el bebé nació muerto y, durante siglo y medio, no nació allí ningún niño vivo. Poco a poco, hijos y criados empezaron a debilitarse y morían poco a poco. Entonces Rhoby Harris se quedó viuda con el único hijo que había sobrevivido, William. La viuda fue víctima de una demencia benigna y su hermana, Mercy Dexter, se mudó a la casa para cuidarla. El último criado se había marchado y se hacía imposible contratar más, debido al rumor que había empezado a extenderse sobre las numerosas muertes. Sin embargo, Mercy consiguió traer nuevos criados a la casa, que también terminarían falleciendo.
Mientras William sobrevivía debido a que pasaba largas temporadas en casa de un familiar, su madre se vio presa de horribles accesos de violencia, gritaba en sueños, se quejaba de que algo la mordía y hablaba un dialecto del francés (aunque la mujer era ignorante y desconocía la lengua gala). Moriría poco después.
William se alistó en el ejército y ganó en salud y prestigio. Se casó y volvió a Providence con su esposa Phebe. Se encontraron a Mercy y la criada María viejas, decrépitas, pálidas y cadavéricas. Phebe da a luz a una niña muerta y Mercy fallece poco después.
Es entonces cuando William se convence de la naturaleza malsana de la casa y la abandona con su esposa, para construir una nueva morada. Entonces nace su hijo Dutee. En la nueva casa viviría la nueva familia Harris y el resto de generaciones. Después de que William y Phebe mueran a causa de una epidemia de fiebre amarilla, Dutee se va a vivir con su primo Rathbone, que alquila la casa, a pesar de que William dijo que siempre se debía mantener vacía. Dutee siempre había querido ser corsario, así que se embarcó, se casó y nació Welcome. La familia siguió ampliándose, hasta llegar a Carrington Harris, que todavía vivía en la época en que el doctor Whipple y su sobrino estaban interesados por la vacía y antigua casa evitada. La casa había dejado de alquilarse por las muertes que ocurrían en ella.
El protagonista se interesa entonces por la época anterior a los Harris. Un siglo antes había sido arrendada a unos colonos franceses, que eran hugonotes. Etienne Roulet y su esposa son la única razón de que muchos de los que habían muerto en la casa pudieran hablar un dialecto francés. Se rumoreaba que el hijo, Paul, practicaba la brujería y la magia negra.
Entonces el doctor Whipple y su sobrino deciden ir de noche al sótano, con el consentimiento de Carrington Harris, para investigas los hongos del suelo. Una noche de tormenta, descubre el joven una forma definida blanduzca y observa una exhalación amarillenta. Cuando vuelve con su tío, llevan caros instrumentos de laboratorio. Se han propuesto exterminar el origen del mal de la casa. Han llevado un tubo Crookes y un lanzallamas. Pero cuando el tío se queda dormido, una presencia penetrante invade su cuerpo y el tío es absorbido por el líquido fungoso del suelo. El joven corre hacia los aparatos destructores pero, ante lo que ve (una luminiscencia amarillenta y enferma, con el rostro ennegrecido de su tío que quería desgarrarle), decide huir.
La obra está inacabada. Debe terminar con esa emanación, ese vapor vampírico que succiona las vidas. Entonces tiene una idea: al día siguiente va a la casa con una máscara antigás y varias garrafas de ácido sulfúrico. Empieza a cavar y cavar hasta que encuentra la viscosidad fétida e informe... que desaparece con el ácido.

Lo que echo de menos hoy

Lo que echo de menos del amor es enamorarme. Me he centrado tanto en dejar que mi escudo no tenga grietas que casi se me ha olvidado lo que son esos primeros días en que tienes una mirada más brillante, en que nada te apaga la sonrisa, en que el corazón parece que te va a salir del pecho en cualquier momento.
Pero en el momento en que se agrieta el muro sabes que pronto llegará la tempestad de las olas y que te arrollará y que no podrás detenerla. Es un instante mágico porque, pese a lo que pueda tener de tragedia, sabes que no te vas a ahogar. Seguramente sea algo completamente diferente y termines subiendo al cielo y reposando en una nube. Y en ese momento es cuando ya no puedes dar marcha atrás, porque sólo vives por y para él. Ansías el momento de verle y los minutos pasan volando a su lado. Le rozas la mano y su piel se eriza con ese mínimo contacto. Y le miras y te húndes en extensos océanos donde te terminas perdiendo y donde ya no hay relojes que valgan.

Hoy... me encantaría que la única persona de la que me he enamorado de verdad estuviera aquí y me abrazara. Y me encantaría abrir los ojos mañana y que estuviera a mi lado en la cama.
Y sé que no habría escudos que valgan, ni secretos, ni rencores, ni instantes del pasado, ni pensamientos futuros. Nos tendríamos los dos y con eso bastaría, aunque estemos sumergidos en miles de tempestades.

El ceremonial

Era el mes de Yule, lo que para nosotros equivale a la Navidad. La raza de sus antepasados era más antigua de los colonizadores que habían llegado después e impuesto sus tradiciones. Pero ellos seguían celebrando, una vez cada cien años, el ceremonial de sus ancestros, para que no se perdieran los secretos primigenios. Y todos los padres enviaban a sus hijos.
Y el joven había llegado a Kingsport, había entrado en una antigua casa donde dos ancianos se mantenían en silencio. El hombre no parpadeaba, así que imaginó que tenía una máscara; la mujer hilaba sin parar en una rueca.
Al llegar la noche, los dos ancianos se enfundaron en sendas capuchas y guiaron al joven por las oscuras callejuelas de la ciudad, bajo la luz de innumerables antorchas que se iban uniendo a la extraña y silenciosa procesión desde todos los callejones. Caminaron durante un rato hasta llegar a una iglesia blanca. El joven esperó a que pasaran los silenciosos personajes que se habían congregado allí y, al mirar atrás, descubrió que no había pisadas ni huellas en la nieve, ni las suyas propias. En la iglesia, todos fueron entrando en una cripta y seguían por oscuros pasadizos hasta alcanzar una ciudad subterránea, donde una columna de fuego era adorada por aquellos encapuchados. Un ser amorfo y apartado tocaba una flauta. Era el rito del invierno.
El anciano se acercó a la columna de fuego y, haciendo una señal al flautista, comenzó a sonar una melodía espantosa. Entonces aparecieron unos híbridos seres alados, carentes de ojos, sobre los que empezaron a montar todos aquellos que formaban aquella multitud. Pero el joven era reacio a hacerlo. Entonces el anciano sacó un sello y un reloj de la familia, para darle a entender que él era el representante de sus antepasados. En un descuido, la máscara de su cabeza se desprendió y el joven se tiró al río oleaginoso y putrefacto.
Al día siguiente lo habían encontrado en los muelles, casi congelado. Se encontraba en el hospital y sabía que lo que había visto la noche anterior no lo había soñado.

Lo innominable

"En el sur había una bestia que dio a luz a una criatura que presentaba cierta semejanza con una forma humana. Pues bien, la gente recordó que el monstruo tenía un defecto en un ojo, muy parecido al que tenía un conocido individuo de la ciudad famoso por lo disoluto que era. Enseguida examinaron a ese individuo, el cual confesó indecibles bestialidades, por las que fue ejecutado merecidamente". (The Tenth Remark)
Dos amigos hablan sobre lo innominable en un viejo cementerio de Arkham. Carter es un escritor que crea historias de seres fantásticos y misteriosos, que provocan las mofas de su amigo Joel Manton, más pragmático y menos crédulo. Los dos se hallan sentados sobre una sepultura del siglo XVII que está situada junto a un sauce gigantesco.
Cerca de ellos se alza una casona del siglo XVII que se encuentra vacía desde hace más de cien años.
Manton no cree en que exista algo en el mundo a lo que se le pueda llamar innominable. Su conversación sigue su curso y la noche les encuentra en aquel oscuro lugar. Entonces Carter le cuenta a su amigo la verdad sobre una de las historias que escribió: La ventana del ático. Dice que encontró un diario donde se hablaba de una bestia con un ojo manchado y con cuernos que vivía en un ático. Que un niño una vez se había acercado a la ventana del ático a curiosidad y había enloquecido... Y que ha visto la casa...
Ahora es Manton el que siente curiosidad. Entonces Carter le señala la oscura casa que les separa de las farolas de la calle. Empieza a gritar y entonces se oye una celosía y un grito inhumano. Sienten la fetidez y unos extraños golpes y pierden el conocimiento.
Manton y Carter despiertan en el hospital de St. Mary. Los dos tienen magulladuras. Han sido encontrados a dos kilómetros del viejo cementerio. Carter pregunta a su amigo: ¿Qué era aquello? Y Manton responde: Aquello era lo innominable...

viernes, junio 06, 2008

El día a día

Los apuntes de alemán me terminan desbordando. Entonces, necesito desconectar y encender la televisión. Y allí me encuentro con las repetidas imágenes de las hazañas de José Tomás en los ruedos, con el simpático concursante de "Pasapalabra" llevándose un bote de doscientos y pico mil euros, con las trifulcas en las vías públicas por la subida del carburante y la preocupante huelga de camioneros (que está convocada para dentro de dos días, pero que, sin duda, ya ha empezado). ¡Cuánto durará esta crisis...!
Al menos ya ha parado de llover. Da gusto salir a la calle en estas tardes primaverales y desviar el rostro al sol. Las calles están llenas de gente y los parques de parejas. Y se respira un cercano aroma a verano.

Las ratas de las paredes

Corría el mes de julio de 1923 cuando el último miembro de la familia Delapore terminó de restaurar la casa de sus ancestros, Exham Priory, cerca de Anchester. Enseguida se mudó allí con varios criados y con numerosos gatos.
La morada de sus antepasados había sido sede de una tragedia horrorosa, de donde el único superviviente, Walter de la Poer, 11º barón de Exham, había huido a Virginia, donde el apellido había variado con el paso del tiempo.
Los restos abandonados hacía tanto tiempo habían sido investigados y adorados por numerosos arquitectos y amantes de lo antiguo, mientras que los campesinos de los alrededores odiaban la casa y a sus inquilinos y, por tanto, los evitaban.
La estirpe superviviente estaba en posesión de un documento escrito que pasaba al primogénito y que sólo antes de su muerte podía leer. Pero en un incendio de su casa de Carfax había perecido el abuelo y el sobre sellado había sucumbido con él.
El último miembro de la familia Delapore no había hecho caso de las leyendas de su familia, hasta que su hijo Alfred fue a la guerra. Allí conoció a Norrys, un vecino de Anchester, que le contaba las leyendas en torno a la casa encantada de los De la Poer. Es entonces cuando su padre, a través de las cartas de Alfred, empieza a interesarse por aquel remoto lugar en Inglaterra. Compra la propiedad y decide restaurarla, pero antes de viajar hasta allí su hijo Alfred vuelve de la guerra terriblemente mutilado, y le cuida hasta su muerte, dos años después.
Entonces es cuando decide visitar la propiedad de sus antepasados. Junto al capitán Norrys, el amigo de su hijo, observa las ruinas medievales y las piedras ancestrales. Se da cuenta de que todos los habitantes de los alrededores, excepto Norrys, le evitan. Empieza a interesarse por las leyendas y rumores que giran en torno a la antigua casa, que para muchos es la guarida de demonios y hombres lobo.
Delapore investiga la historia de aquel lugar. Primero fue el solar de un templo prehistórico, luego se convirtió en un altar de culto a Cibeles, más tarde pasó a ser un priorato de piedra que quedó derruido tras la conquista normanda y, finalmente, el rey cede la propiedad al primer barón de Exham, Gilbert de la Poer, que levanta un castillo.
Al dueño le intrigan las inscripciones paganas del sótano. Sabe que allí sus antepasados realizaban cultos secretos, presididos por el jefe de la familia y al que tenían acceso muy pocos miembros. Los más sanos morían de forma extraña. Los lamentos y alaridos surcaban el valle yermo. Se producían desapariciones de campesinos. Se hablaba de demonios con alas de murciélago que hacían aquelarres en el sótano. Pero la leyenda que más versiones tenía era la de las ratas que invadieron el castillo al ser abandonado y que, como tal plaga, lo dejaron desolado y sin vida.
Walter, con ayuda de unos criados fieles, había matado a todos los miembros de su familia mientras dormían. Así purgaba una maldición inmemorial. Los campesinos le habían dado el visto bueno y, libre de cargos, había huido.

Después de instalarse en la nueva casa, el último Delapore se dio cuenta de que los gatos estaban inquietos por las noches. Habló con Norrys y pusieron cepos en sitios estratégicos. Pero los cepos aparecían disparados y sin nada.
El dueño empezó a escuchar por las noches las carreras de los animales por detrás de las paredes. Les oía, igual que sus gatos. Detrás de los tapices no han nada más que piedra arreglada. Con Norrys explora la cripta, donde hay un altar central muy antiguo. Norrys raspa el liquen de los bordes y sienten una pequeña corriente de aire. Entonces descubren que debajo hay pasadizos subterráneos.
Al día siguiente marchan a Londres a pedir ayuda a eruditos. Y con ellos vuelven cinco investigadores. Cuando consiguen apartar el altar de piedra, observan unas escaleras de piedra llenas de huesos humanos y semihumanos. Casi todos tienen señales de roeduras y mordeduras de una raza semihumana. Casi todos los esqueletos están en posturas frenéticas. Siguen el pasadizo, alumbrado por luz natural y llegan a una caverna subterránea con edificios semiderruidos, todos llenos de huesos, esqueletos y calaveras. Al fondo, en la oscuridad, se extienden infinidad de pozos.
Y entonces oyen el ruido de las ratas que vienen hacia ellos.

Cuando Delapore despierta varias horas después, le cuentan que el capitán Norrys ha sido devorado y que él estaba farfullando en gaélico, mientras su gato preferido le desgarraba el cuello. Han volado el priorato de Exham y Delapore ha sido ingresado en un manicomio.

jueves, junio 05, 2008

La Noche del Ojo (Los Defensores de la Magia I)


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Guerrand DiThon lleva diez años dedicados a su aprendizaje para ser caballero. Vive en la ancestral fortaleza de su familia, bajo las órdenes de su hermano mayor, Cormac. Desde que murió su padre, Cormac se ha convertido en señor de aquellas tierras costeras al sur de la isla de Ergoth del Norte, pero, con el paso del tiempo, su afición a los vicios, sobre todo a la bebida y la buena vida, ha hecho que termine dilapidando toda su fortuna. El Acantilado de Piedra lo perdió hace muchos años a manos del mercader Berwick, su gran enemigo, y pretende conseguirlo de nuevo, cobrar derechos de pasaje en el río y destruir los dos enormes pilares mágicos que se alzan en la cima del Acantilado.
Porque si hay algo que Cormac odia profundamente es la magia, sin duda debido al temor que le inspira lo desconocido. Así, ha extirpado todos los restos de magia y persigue a los hechiceros de sus tierras.
Guerrand estudia a escondidas libros de hechizos porque sabe que es su verdadera vocación y que tiene poderes que debe ocultar. Sólo su hermana pequeña, Kirath, en la que confía plenamente, conoce las verdaderas pretensiones de Guerrand. También su amigo, Zagarus, una gaviota que está vinculada al joven escudero, conoce los sentimientos ocultos de Guerrand.

Entonces aparece en Thonvil un Túnica Roja, Belize, que inspira profunda desconfianza a Guerrand, pero le anima a buscar la Torre de Alta Hechicería Wayreth para emprender su aprendizaje como mago. En ese encuentro le da un trozo de espejo mágico. Guerrand está atado a un futuro matrimonio de compromiso con la hija de Berwick. Después de que asesinaran a su hermano Quinn, que era el destinado a casarse con la muchacha, será Guerrand el que tenga que seguir sus pasos. Pero la víspera de la boda, toma el rumbo de su vida y decide convertirse en mago. Lo que más lamenta es tener que abandonar en Ergoth del Norte a la pequeña Kirath.
Después de una larga travesía y creyendo que le persiguen, después de trabajar como marinero para pagarse el pasaje hasta las tierras cercanas a Qualinesti, donde supuestamente se encuentra el bosque mágico de Wayreth, sus fuerzas están a punto de vencerle para regresar sobre sus pasos en aquel tenebroso bosque. Es entonces cuando descubre las torres de alabastro de la gran fortaleza mágica.
En la entrevista con los representantes de las tres órdenes mágicas, decide tomar la Túnica Roja. Allí se encuentran Par-Salian, Ladonna y Justarius. Entonces aparece Belize, representante de la orden mágica del equilibrio. Justarius sólo es su sustituto, pero ya ha tomado a Guerrand como aprendiz. Mientras, Lyim, un admirador de Belize, se pone a las órdenes del mismo.
Como sus dos maestros viven en Palanthas, los dos jóvenes aprendices emprenden un largo camino hasta la bella ciudad. Alguien intenta matarles, pero ellos desconocen que tengan a su asesino tan cerca. Consiguen librar esas “pequeñas” batallas. A la entrada de Palanthas les espera Esme, una joven aprendiz de Justarius, que les guía por las calles radiales de la gran ciudad. Pero enseguida les abandona: nadie puede ayudarles a encontrar las residencias de sus respectivos maestros.
En Palanthas, Guerrand se siente a gusto con las enseñanzas de Justarius. Sabe que ha tomado la decisión correcta al elegir su camino en la vida. Se pasa muchas horas estudiando, pero sobre todo se encierra porque sabe que alguien intenta matarle. En el Festival organizado por los Caballeros de Solamnia, el aprendiz es obligado a salir a la calle junto a su maestro Justarius. Es cuando el mago experto descubre la amenaza que recae sobre su alumno e intenta ayudarle.
Cuando Esme deja de ser sospechosa, Guerrand se confía a ella, contándole la verdad. La muchacha está segura de que tiene que ser Belize el que intenta asesinar al joven, aunque desconocen las razones.
Mientras que Lyim se va al castillo de la familia DiThon para ayudarles a salir de la emboscada preparada por el mercader Berwick, Guerrand y Esme entran furtivamente en la mansión de Belize. Sortean algunas trampas y llegan al laboratorio del mago, donde descubren un libro de hechizos de Fistandantilus. También consiguen teletransportarse por un mundo de objetos.
No se han llevado nada. Belize no tiene protegida su casa por medios mágicos, pero sí sus objetos. Cuando alguien le roba un objeto es capaz de seguir su pista y vengarse del ladrón con sus propias manos. El trozo de espejo que tiene Guerrand también está marcado.
Esme decide coger los libros de magia de Belize para presentarlos como prueba ante los Maestros de las Tres Órdenes. Esta vez va sola y Belize la rapta y la lleva al Acantilado de Piedra. Guerrand va tras ella y llega al mismo lugar. Lucha contra Belize, pero el mago es un experto en comparación con un aprendiz.
Un Lyim a punto de abandonar Ergoth del Norte descubre los reflejos luminiscentes en lo alto de una colina cercana y decide investigar. En el cielo, las tres lunas están a punto de alinearse en una perfección concéntrica.
Belize quiere abrir uno de los portales mágicos en los pilares del Acantilado de Piedra en la Noche del Ojo (que corresponde a la alineación de las lunas). Quiere encontrar la Ciudadela Perdida, el lugar donde descansa toda la sabiduría y la magia de los dioses. Consigue trazar un puente luminoso hasta las tres lunas. Mientras Lyim es enviado hacia la abertura con gran energía, Belize ha decidido caminar por el puente para conseguir tan ansiado deseo. Lyim yace en el suelo; una de sus manos ha mutado en una serpiente. Guerrand debe detener al Túnica Roja y con su fuerza interior, las inscripciones de los pilares de piedra y sus pocos conocimientos mágicos, consigue hacer un sortilegio de invención propia, que rompe el puente por el que camina Belize. Y el portal desaparece.

Mientras Lyim será cuidado en la Torre de Wayreth, Justarios cree que tanto Guerrand como Esme están preparados para presentarse a la Prueba.

El miedo que acecha

La mansión Martense llevaba un siglo abandonada. Se alzaba en las cercanías de la Montaña de la Tempestad. La zona de los Catskills había sido una región olvidada hasta que un mes antes ocurriera la terrible catástrofe. En los alrededores se contaban viejas leyendas y rumores de que un demonio solitario atrapaba a caminantes solitarios después del anochecer.
La región estaba habitada por colonos holandeses. Una noche de verano, mientras dormían se pusieron a gritar y gemir de una manera incontrolable. La muerte había llegado a una aldea a 5 kilómetros de la mansión. La aldea se había hundido por el impacto de un rayo y nadie quedaba con vida. Muchos de los cadáveres tenían rastros de garras y colmillos diabólicos y, entre los cuerpos, faltaban 25 personas.
El narrador cuenta que, una noche de tormenta después de los sucesos, se fue a la mansión abandonada con Bennett y Tobey. Iban en busca del miedo que acecha. Sentían curiosidad por el demonio sanguinario que estaba aterrorizando la aldeas cercanas en las noches de tormenta y decidieron que el mejor lugar para observarle era la que había sido habitación de Jan Martense, un miembro asesinado de la familia.
Tras la deslumbrante luz de un relámpago, sus dos acompañantes habían desaparecido, pero en el rincón donde había estado uno de ellos, el narrador ve una sombra inquieta, una abominación, una blasfema anormalidad surgida de los abismos más profundos del infierno.
Regresa con vida a la aldea. No se explica muy bien lo que ha pasado, pero está dispuesto a buscar a sus amigos. En el hotel donde se hospeda decide contarle la historia a otro periodista, Munroe, y juntos recorren la región en busca de testimonios. Uno de los aldeanos les entrega un antiguo diario que les aclara muchas cosas. Cuando un día visitan la aldea atacada, que sigue abandonada -y por tanto, maldita-, el atardecer viene con nubes de tormenta. Ellos se refugian en una cabaña y Munroe mira hacia fuera desde una ventana. Después de un rato de silencio inaudito, el narrador se acerca a él y descubre que le falta el rostro. Todo ha sido tan silencioso que no comprende... Entonces decide seguir sus investigaciones en solitario.
"Ahora estaba persuadido de que el miedo que acecha no era algo inmaterial, sino un espectro con colmillos de lobo que cabalgaba en el rayo nocturno".
El narrador decide excavar en la tumba de Jan Martense. Cree que el ser abominable que está causando terror es el fantasma del miembro asesinado. Jan murió en 1762. La historia de su familia se remonta a Gerrit Martense, un colono holandés que sentía profundo odio por la civilización inglesa. En 1670 construyó la solitaria mansión en la colina propensa a las tormentas veraniegas. Todos los miembros de la familia tenían un rasgo común hereditario: la disimilitud de los ojos; uno azul y otro castaño. Eran personajes insociables y taciturnos... hasta que nació Jan.
Jan Martense se alistó en el ejército y, cuando regresó a casa, sus familiares le rechazaban y evitaban. En sus cartas a un amigo de Albany, Jonathan Gifford, le contaba que quería abandonar aquella mansión y aquella familia con la que no se sentía a gusto. De repente un día el amigo se extrañó del silencio de su amigo, pues hacía mucho tiempo que no le había escrito, así que fue a visitarle. Jan había muerto por el impacto de un rayo, le dijeron los Martense. Pero la forma de actuar de los familiares despertó sospechas en Gifford, que una noche cavó sobre la tumba de su amigo y abrió el ataúd. Allí descubrió un cráneo brutalmente golpeado y acusó a los Martense del asesinato de un miembro de su familia. Desde entonces, fueron condenados al ostracismo.
Nadie se relacionaba con ellos, aunque se siguieron viendo luces en la mansión hasta 1810. Seis años después, los aldeanos registraron la casa desierta, parcialmente en ruinas, pero no encontraron esqueletos, por lo que comprendieron que los Martense se habían marchado.
El narrador encuentra el ataúd, pero instintivamente sigue cavando un agujero más profundo y llega a una galería subterránea. Empieza a arrastrarse y de repente descubre frente a él dos reflejos diabólicos que brillan en la distancia a la luz de la linterna. A medida que en la superficie sonaban los truenos de una tormenta, las garras y los ojos se iban acercando. Pero un rayo impide que el ser demoníaco llegue. El hombre sale a la superficie en un descampado desolado. Al fondo se ve un resplandor rojizo.
Al día siguiente se entera de que, mientras aquel rayo le había salvado de una muerte sangrienta, en una aldea a 25 kilómetros, una bestia había irrumpido en una choza y los aldeanos habían prendido fuego a la casa. El narrador acude al pueblo buscando el rastro del monstruo. Entonces pone atención en todos los montículos irregulares de tierra, que todos pensaban creados por las glaciaciones. Entonces cae en la cuenta de que son toperas conectadas entre sí. Se acerca a la mansión y espera a que salgan. Escondido tras un matorral, observa multitud de demonios con apariencia de ratón o simio, que sólo salían en medio de las tormentas, una especie de diablos peludos y deformes, todos muy silenciosos y caníbales. Incluso se engullen entre ellos.
No sabe si podrán exterminarlos a todos, pero en los días siguientes dinamitan la mansión Martense y la cima de la Montaña de la Tempestad, cegando todas las aberturas. Sin embargo, el narrador sabe el secreto de aquellos seres. Los ancestros de aquellos caníbales del subsuelo habían sido hombres. Lo que le sorprendió descubrir en la mirada de aquellos repugnantes seres fue que tenían un ojo azul y otro castaño.

miércoles, junio 04, 2008

El sabueso

Encontré el cadáver de St. John descuartizado en medio del páramo...
Antes de que el protagonista se vuele la tapa de los sesos, decide contar la historia.

St. John y yo nos sentíamos atraídos por todas las vanguardias y los nuevos movimientos intelectuales y estéticos del momento. De todos ellos nos cansamos, excepto de la filosofía de los decadentes. Teníamos una necesidad extrema de emociones fuertes y eso nos llevó al saqueo de tumbas.
Vivíamos en una antigua mansión de piedra, aislada e inhóspita enclavada en el páramo. Allí teníamos un museo lleno de macabros trofeos y con unos olores característicos. Había momias, cadáveres más recientes que habíamos disecado, lápidas de tumbas, calaveras y cabezas en distintos grados de descomposición, estatuas y pinturas de temas demoníacos y una carpeta de piel humana de antiguos dibujos. Había además varios instrumentos musicales...
Las circunstancias en que se daba el saqueo de una tumba hacía que tuviéramos en cuenta nuestros estados de ánimo, el paisaje, el ambiente, el clima, la época del año y la fase lunar.
Y llegamos al lugar maldito, el que nos condenó. Se trataba de un siniestro cementerio holandés, muy antiguo y donde habitaban enormes murciélagos. A lo lejos se oían unos casi inaudibles ladridos.
Los dos amigos iban a excavar una tumba de cinco siglos de antigüedad que había pertenecido a un profanador de tumbas. Les atraían la leyenda y los rumores de aquel hombre que había sido descuartizado por las mordeduras y colmillos de un gigantesco sabueso... allí donde ellos se encontraban.
Cuando encontraron el ataúd, el esqueleto estaba acompañado por un extraño amuleto tallado con la efigie de un espantoso sabueso alado. Ellos sabían, por el prohibido Necronomicon, escrito por un poeta árabe y loco, que aquello era el signo espiritual del culto a los devoradores de cadáveres en Asia Central. Sin embargo, no podían dejar aquel amuleto allí y lo robaron.
Cuando volvieron a Inglaterra comenzó el horror. El páramo se lleno de grandes murciélagos que les perseguían, a lo lejos se oían los espeluznantes aullidos de un gigante sabueso, a veces escuchaban pisadas junto a la puerta y ventanas... Se sentían acosados y perseguidos por una sombra que nunca habían visto, pero sí habían escuchado. Una noche, al volver a la antigua mansión, St. John fue atacado por una bestia que le descuartizó. A sus gritos, llegó el protagonista que sólo pudo oír cómo su amigo le decía que la culpa era del amuleto.
Como no podía quedarse solo allí, se trasladó a Londres, pero allí también veía la oscura sombra de un tétrico ser alado que le perseguía, veía sus ojos en la ventana y escuchaba sus aterrorizadoras carcajadas y ladridos. Decidió regresar a Holanda y devolver el amuleto a la tumba profanada. Pero en una posada unos ladrones le despojaron de todas sus pertenencias, incluido el amuleto.
A la mañana siguiente, todos los periódicos hablaban del terrible crimen que se había producido en una guarida de ladrones, donde una bestia había descuartizado a toda una familia.
El protagonista debía volver al cementerio y abrir el ataúd. Cuando lo consiguió, ya no se encontró con la calavera de hace unos meses, sino con los ojos que le habían perseguido en los últimos tiempos, con un cuerpo que todavía conservaba trozos de carne y pelo y en cuya zarpa asía un amuleto de jaspe verde. Y esos ojos le miraban fijamente, de manera consciente...

martes, junio 03, 2008

Cuando el abismo separa


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Ha llovido tanto desde que entré en contacto por vez primera con Nicholas Evans que apenas recordaba su manera de escribir. Lo cierto es que El hombre que susurraba a los caballos me entusiasmó y agradó. Quizás es su amor por los caballos; en este libro también habla de ellos con admiración...
Unos esquiadores encuentran, congelado, el cadáver de una muchacha joven, en las bellas montañas de Montana. A pesar del difícil acceso por la nieve, recuperan el cuerpo y descubren la identidad de la chica: Abbie Cooper, una ecoterrorista, que posiblemente se hubiera suicidado.
Ben y Sarah Cooper llevan muchos meses viviendo separados y con los papeles del divorcio. Él abandonó a su familia porque se había enamorado de otra mujer; terminó marchándose a Santa Fe para vivir con Eve y el hijo de ésta. A partir de entonces, los Cooper fomentan un odio terrible hacia su padre. Josh es todavía un adolescente tímido, pero Abbie, que estudia en una de las universidades más liberales del país, no soporta saber nada de Ben. Allí estudia ecología, allí entra en contacto con diversas asociaciones juveniles de protección de la naturaleza, nada comparable y demasiado inocentes con lo que vendrá después. En una manifestación en Seatle conoce a Rolf, un atractivo joven que la introduce en una facción radical. Ellos provocan pérdidas materiales a grandes empresarios que no se preocupan de la destrucción natural y que buscan sus beneficios personales. En una de esas incursiones, asesinan por accidente al hijo de uno de esos empresarios y huyen del lugar. Malviven de ciudad en ciudad, siguen actuando, pero Rolf trata a Abbie cada vez peor. El día que ella le va a decir que está embarazada él le levanta la mano. Ella sólo puede pedir ayuda a su ex novio, Ty, que vive en Montana, y gracias a él decide entregarse a la policía. También Josh acude a las montañas para recogerla. Pero Abbie sigue enamorada de Rolf y comete la estupidez de llamarle para decirle lo del bebé.
Rolf aparece en la cabaña y hay una pelea, con tan mala suerte de que Rolf pierde la vida por accidente. Abbie ha desaparecido en medio de una tempestad invernal. Su hermano y Ty la buscan, sin éxito.
Cuando esconden el cuerpo de Rolf, junto a su coche y pertenencias, deciden olvidarse del asunto. Pero unos meses después, el cadáver de Abbie sale a la luz...

Azathoth

Cuando el mundo alcanzó su madurez, cuando las ciudades se volvieron grises y espigadas, existió un hombre que viajó más allá de la vida en busca de los lugares a los que habían huido los sueños del mundo.
Y todas las noches, se asomaba a su ventana, desde donde sólo veía viejos y altos edificios de color gris y miraba hacia el firmamento. Se imaginaba las estrellas y empezó a llamarlas una a una por sus nombres.
Entonces una noche, un luminoso puente unió el firmamento con la ventana del solitario observador. Y el hombre encontró los sueños perdidos hacía tanto tiempo...

Lo que trae la luna

"Odio la luna -me asusta- porque cuando a veces ilumina ciertos escenarios familiares y queridos los vuelve horrendos y extraños".
En el verano espectral, caminaba por el jardín bañado por la luz de la luna. Los rostros de los lotos me hacían seguir un sendero, bajo unos árboles, que de día no existía. Así seguí el río hasta el mar, un mar putrefacto donde los gusanos se comían la carne en descomposición de los cadáveres. La luna iluminaba la bajamar, mientras unos ojos extraños se elevaban de las aguas y me miraban fijamente. Sólo se me ocurrió sumergirme en el lodo.

Sylvette

Siempre se me olvida felicitar a Sylvette por su cumpleaños, más que nada porque lo tengo grabado como si fuera ya empezado el mes de junio, aunque realmente no es tan difícil. Su cumpleaños fue el 1 de junio.
Todavía recuerdo la primera conversación que tuvimos. En mi pésimo francés de entonces le debí decir algo como: Je peux parler un peu de français. No dijo nada, pero con lo sarcástica que era estoy segura que se reiría bien cuando nadie la viera. Creo recordar que lo dije bien, aunque entonces no podría mantener una conversación coherente en el idioma vecino, pues mis nociones eran puramente gramaticales y fonéticas, pero me faltaba bastante vocabulario. La cuestión es que mi frase sobraba porque estaba con una erudita en nuestra lengua, una persona que amaba España y sus gentes, alguien que no dudaría en venir a nuestro país en la menor ocasión. Y es que Sylvette, con sus 15 años de entonces, hablaba español perfectamente, y se esforzaba en aprender todo sobre nosotros, preguntaba si no le salía algo y estaba interesadísima en nuestras costumbres. No había duda de que su futuro se encaminaría por esa vía. Estudió Español (lo que aquí equivale a Filología Hispánica) y ahora es profesora de castellano en Paux.
En nuestro primer contacto no nos caímos muy bien, a pesar de que teníamos la misma edad. Ella prefería hablar y aprender de los adultos, mientras que nosotros sentíamos curiosidad por los jóvenes galos, menos ella que, apartada, se relacionaba con todo el mundo que sobrepasara los 30 años.
La siguiente vez que vino a España la alojaron en casa de Silvia, por la coincidencia del nombre, ya que por edad hubiera venido a mi casa. En cambio, las dos francesas que fueron acogidas en mi casa eran algo más mayores: una hablaba bien castellano, la otra había escogido en el instituto alemán y no tenía ni idea de lo que hablábamos, y quizás por eso le habían puesto de cerca a Elsa para que le tradujera. La cuestión es que Sylvette es como si viviera en mi casa. Desde que se levantaba por la mañana hasta que se acostaba por la noche prefería estar con nosotras: se llevaba bien con todos los miembros de mi familia, en mi casa había dos amigas suyas y conmigo hizo buenas migas aquel verano.
Unos meses antes yo había visitado Aquitania, y allí nos intercambiamos las direcciones. El correo nos unió bastante aquellos meses.
Pronto se hizo evidente que Sylvette se aburría en casa de Silvia. Veía a ésta tan parada que empezó a llamarla memère (algo parecido a "viejecilla") por lo parada que la veía. En parte tenía razón: siempre que le decía de hacer algo, Silvia decía que no.
Era obvio que no habría más intercambios como aquel. Y que Sylvette no volvería a la casa donde estaba. Ese verano, cuando yo estuve en Francia, también me cambiaron de casa a última hora. Allí Sylvette pasaba bastante de Silvia, y yo me sentía engañada y traicionada. Porque me habían alojado en una casa donde había dos niños pequeños, un día me dejaron al cuidado de una abuela matriarcal que estaba al cuidado de una "centena" de nietos y yo me aburría. Quería dar una vuelta y la abuela me lo había prohibido terminantemente. Sólo cuando aparecieron Sylvette, su hermana, su madre y Silvia conseguí alegrarme, pues al contarle a Sylvette lo que ocurría, fue su madre la que le dijo a la "mater familias" que se hacía cargo de mí. Me entristece pensar en aquellos días, pues cogí un cariño especial a la madre de Sylvette, a quien el cáncer se llevó hace unos años, demasiado joven. La Dama de Negro no respeta edad, ni sexo, ni jerarquías.
La relación con Sylvette se estrechó tanto que vino a mi casa otras tantas veces, al principio me decía que la invitara, pero ahora se puede presentar allí cualquier día. La última vez vino con su novio, de quien no recuerdo el nombre.
Recuerdo especialmente unas fiestas de mi pueblo en que muchos, que no la recordaban de años anteriores, no se creían que fuera francesa. Y es que no tenía acento. Hablaba tan perfectamente nuestro idioma que a la gente le costaba creer...

Sylvette simplemente se convirtió en una más de la familia.

Hipno

En la mitología griega Hipno es la personificación del Sueño. Según Hesíodo era hijo de la Noche y hermano de la Muerte.
Dos hombres se encuentran en una estación de tren y se hacen amigos. Uno invita a su casa al otro y allí comienzan a investigar los abismos irreales del sueño. Para ello, empeñan todos sus objetos de valor para comprar drogas que les induzcan a viajar por esos mundos irreales. A veces viajan solos, a veces van acompañados.
En una de las ocasiones que se sumergen en las oscuridades de las dimensiones oníricas, el amigo traspasa una barrera que el protagonista no puede traspasar. Y entonces se despierta y ve a su amigo sumido en un profundo sueño, pero descubre su rostro aterrorizado, lleno de pavor... hasta que grita y despierta.
Desde entonces, los dos viven con temor a quedarse dormidos y soñar y ahora compran drogas para no dormir más que un poco diariamente. Cuando no tienen dinero para comprar drogas que les mantengan en estado de vigilia, el amigo se queda dormido y vuelve a cruzar ese enigmático umbral del que nunca ha dicho nada, pero que le aterroriza, y desde entonces observa la constelación Corona Boreal, como si tuviera miedo de ella. El protagonista observa inquieto el rostro de su amigo dormido, mientras un rayo con luz roja y dorada acecha su cabeza. Al que esto escribe le da un ataque de epilepsia y, en medio de sus gritos, acuden los vecinos y la policía, que le cuentan que siempre ha sido un hombre solitario y que no había con él ningún amigo.
En el sofá donde se encontraba su supuesto amigo "partido por el rayo" hay una talla de marfil que no ha vendido. Se trata de un busto de Hipnos, y en la basa está el nombre escrito en griego.
"Acerca del sueño, aventura siniestra de todas las noches, puede decirse que los hombres se acuestan a diario con una audacia que resultaría incomprensible si no supiéramos que es el resultado de la ignorancia del peligro." (Baudelaire)

lunes, junio 02, 2008

Herbert West, reanimador

Herbert West fue mi compañero en la Facultad de Medicina de Miskatonic, en Arkham. Sus experimentos, con animales vivos, le convirtieron en un ser excéntrico, que todo el mundo rehuía... menos yo. Nos convertimos en amigos y compañeros inseparables. Después de 17 años, el doctor West ha desaparecido.
Era un naturalista; creía que la vida se basa en procesos químicos y físicos y pensaba en que la muerte, debido a su naturaleza, se podía vencer con medios artificiales. Enseguida entró en conflicto con las autoridades académicas; los profesores se mostraban escépticos y le prohibieron realizar más experimentos.
Así que West siguió experimentando, pero se ocultaba. Decidió que los experimentos con animales no le llevaban a ningún sitio y que debía hacerlo con especímenes humanos. Cerca de la fosa común, encontramos la granja deshabitada de Chapman. Allí habilitamos una sala de operaciones y disección y un laboratorio para los más macabros experimentos imaginables por la mente humana. Robábamos cadáveres anónimos de la fosa común, pero las soluciones que West les aplicaba vía intravenosa eran auténticos fracasos. Cambió las sustancias químicas y descubrió que cuanto más frescos fueran los cadáveres mejor resultados se podrían obtener. Era necesario que la descomposición no hubiera afectado a las células cerebrales. Un día tuvimos suerte: un joven obrero, muy musculoso, había perecido ahogado. Exhumamos el cadáver y lo llevamos a la granja, donde West le administró una nueva dosis experimental. El joven estudiante creía de una manera vehemente en la teoría de la reanimación, así que cuando, al rato, vio que el cadáver seguía inmóvil, nos fuimos al laboratorio, sabedores de un nuevo fracaso. Y entonces oímos los inhumanos gritos en la sala de al lado. Nosotros, sin pensar en otra cosa, huímos, dejando que una lámpara de aceite cayera detrás de nosotros e incenciando la granja, con el extraño ser reanimado dentro.
Algunos años después, llegó a Arkham una enorme epidemia de tifus, por la que la Facultad de Medicina cerró y todos los médicos disponibles se pusieron a la tarea de curar enfermos. Nosotros acabábamos de graduarnos. También estaba allí el decano de la Facultad, Allan Halsey, el acérrimo enemigo de Herbert que le había prohibido experimentar. El decano, considerado un héroe, murió en medio de la epidemia. Entre tanta muerte y putrefacción, West se sentía invadido por su trabajo experimental. Una noche, llevaron un cadáver a la pensión donde vivía el joven médico. Después de administrarle la dosis, el cadáver se reanimó, empezó a golpear a sus dos acompañantes y escapó. Todo el mundo pensó que había sido un salteador. Pero poco después, ese macabro ser empezó a asesinar a mucha gente y, finalmente, se organizó una batida para capturarle. El maquiavélico ser, de una extraña mutación simiesca y tan horrible brutalidad, fue encerrado en el manicomio de Sefton. Cuando le vieron el rostro descubrieron un gran parecido con el doctor Hasley, que había muerto hacía unos meses.
Herbert West y el protagonista buscaron una residencia e instalaron su consulta en una ciudad dedicada a la industria textil, Bolton. Su casa estaba alejada del centro y anexa al cementerio de los pobres. En aquel camposanto también robaron cadáveres sin mucho éxito. La suerte les llegó una noche en que hubo un combate clandestino de boxeo, en el que murió uno de los contrincantes, Buck Robinson "El renegrido de Harlem". West dio su palabra de deshacerse del cadáver en secreto, aunque los rumores sobre el combate ilegal se extendieron por toda la ciudad. West consiguió reanimar al boxeador negro en la mesa de operaciones. Cuando volvió a sumirse en el silencio, le enterraron en la fosa común. Poco después desapareció un niño.
West dormía con su pistola. Una noche llamaron a la puerta insistentemente. Ante el umbral se encontraba la figura del boxeador, de cuya boca colgaba una mano infantil, a quien West no dudó en disparar.
Me ausenté un tiempo para ir a ver a mi familia. A mi regreso, el doctor me había hablado de una nueva solución de embalsamamiento que conservaba los cuerpos. Herbert estaba completamente seguro de que los éxitos no eran más grandes porque algún tejido se había corrompido. Allí estaba el cuerpo joven y vigoroso de un comerciante extranjero que había pasado por nuestra casa. Según West, le había dado un paro cardíaco. Pero lo cierto es que aquel hombre despertó con cierta lucidez y lo único que dijo fueron unas palabras en las que implícitamente acusaba a West de su muerte. Es decir, el doctor West había experimentado, por primera vez, con un ejemplar vivo. Poco después, empezó a observar de manera extraña a todos los que veía como experimentos de laboratorio, pese a que gozaban de buena salud.
Entonces estalló la Gran Guerra. En 1915 nos encontrábamos como médicos de campaña en Flandes, luchando contra los alemanes. Yo ya estaba completamente seguro que la enfermedad de West venía de una curiosidad morbosa y devoradora que le había llevado a cometer crímenes infundados. En el hospital de campaña tenía un laboratorio de uso exclusivo donde guardaba tejidos humanos y tejidos de reptiles, para utilizar en sus continuos experimentos con cadáveres. El cirujano al mando, Sir Eric Moreland, había muerto al ser derrotado por las tropas alemanas cuando volvía a nuestro campamento. Este médico había sido alumno de West y había aprendido la teoría de la reanimación. Había sido decapitado en el accidente y West se hizo cargo de su cuerpo. Mientras colocaba el tronco en la mesa de operaciones, la cabeza fue sumergida en el barril donde reposaban los tejidos de reptiles. El doctor West creía en la vida inteligente en el tronco. Y lo cierto es que el cuerpo despertó de su letargo, mientras los sonidos de lo último que había dicho en vida aquel hombre surgían del barril de tejidos. En ese momento, un obús caía sobre el hospital y sólo sobrevivían West y el protagonista.
Cuando acabó la guerra, el doctor West adquirió una mansión en las afueras de Boston, que -cosa inusual- estaba junto a un antiguo cementerio. Allí pretendía reanudar sus experimentos e incluso mandó construir un incinerador de forma clandestina. En el sótano encontraron galerías antiguas que posiblemente comunicaban con algún lugar del cementerio vecino.
Entonces los periódicos se hicieron eco de la noticia: un grupo de macabros y silenciosos seres habían entrado en el manicomio de Sefton para recuperar a aquel ser simiesco que tenía un extraño parecido a Allan Halsey. Habían sembrado el caos y la destrucción a su paso. Los supervivientes habían dicho que el líder llevaba una cabeza de cera y una maleta desde donde salían sus órdenes. Una noche, llamaron a su casa. Cuando fueron a abrir se encontraron con la maleta y con el remite: Sir Eric Moreland. No había nadie.
Herbert West decidió incinerar la cabeza. Cuando estaban en el sótano, los reanimados aparecieron por las galerías. Entre todos descuartizaron a Herbert y sólo dejaron su cabeza. Pero sus ojos brillaban por una extraña emoción.

domingo, junio 01, 2008

La música de Erich Zann

La Rue d'Auseil no ha existido nunca, sin embargo yo viví allí en mis años de estudiante de metafísica en la universidad. Había un sombrío río, fábricas con cristales opacos y humo, raíles y puentes suspendidos, el hedor del río era insoportable, casas inclinadas, pavimento desigual.
Los habitantes eran silenciosos, quizás porque eran muy viejos. Me fui a vivir a la casa más alta de aquella calle en cuesta que terminaba repentinamente en un gran muro cubierto de hiedra. La casa estaba regentada por un paralítico. Desde mi habitación, por las noches, escuchaba la música que llegaba desde la buhardilla. Allí vivía Erich Zann, un viejo músico alemán, mudo, que tocaba la viola. Sus notas eran de lo más extraño. Tenía un talento original. Cada noche, la música se fue haciendo cada vez más frenética.
Le pedí que me dejara ser su público mientras tocaba por las noches. Pero cuando yo acudía a la buhardilla, él no tocaba la música inquietante de otras noches. Intenté acercarme a la ventana desde la que se podía ver el otro lado del muro y, mediante gestos, me invitó a marcharme. Enseguida me dieron una habitación en un piso más alejado, para que no pudiera escuchar la música del anciano alemán. Pero por las noches subía los escalones que me llevaban hasta su puerta y escuchaba su música cada vez más frenética e inquietante. De repente escuché el grito y el silencio y aporreé su puerta. Zann se puso a escribir su historia y, mientras yo esperaba, se escuchó una nota lejana. Él cogió su viola y empezó a tocar sin parar, sin reparar en mi presencia. Los cristales de la ventana se rompieron, las velas se apagaron, un viento extraño y frío inundó la habitación, mientras el músico seguía tocando su viola. Entonces me asomé a la ventana y vi lo que había detrás del muro: un oscuro espacio ilimitado, rebosante de movimiento y música.
Tenía que huir. Intenté hablar al músico, llevármelo conmigo, pero al tocarle sentí el frío, sus ojos vidriosos y me marché para siempre de aquel extraño lugar.

El ratero

En ese muchacho había algo inquietante. Lo he sabido en cuanto lo he visto. Hemos entrado en el kiosko a la vez, aunque él primero ha comprobado que el local estaba lleno de gente. Ahora creo que si yo hubiera llevado bolso quizás podría habérmelo robado. Sí, en cuanto le he visto me ha dado mala espina, aunque no era por su forma de vestir (con pantalones vaqueros negros, sudadera a rayas y gorra roja bastante ajada). Ha sido la forma en que me miraba, me observaba de manera insistente (ahora sé que en esos momentos yo era la que más le preocupaba), ya que la kioskera estaba detrás del mostrador atendiendo a un grupo numeroso de chandaleros con cadenas de oro y sus teñidas acompañantes. Lo cierto es que su extraña forma de mirar ha hecho que me entrara una especie de desasosiego. ¿Cuáles eran las intenciones del chaval?
Probablemente no sobrepasara los 14 años, no tenía malas pintas y probablemente se encontrara muy lejos de su casa. Mi inconsciente sabía que era un pequeño ladronzuelo, pues cuando iba a pagar le he visto coger una palmera y llevarse la mano al bolsillo en un ademán de sacar monedas. De reojo, he visto que no ha sacado nada, y mi inconsciente me decía que le pagara lo que llevaba en las manos. La kioskera ha dicho que le cobraba y en sus ademanes ha dado la sensación de que ha recibido y/o recibe educación: "No, no, ella estaba antes". En cuanto la kioskera y yo nos hemos desconcentrado, el muchacho ha volado. He visto su gorra roja correr por detrás del cristal del mostrador. Cuando la kioskera y yo hemos salido a la calle, el rapazuelo había desaparecido.
Me siento acongojada, en el fondo tenía esa duda, en el fondo sabía que ese muchacho iba a robar (una palmera... probablemente lleva muchas horas sin comer), pero en el fondo también tenía miedo de ese muchacho tan inquietante. Yo no tenía claro que robaría, si hubiera sido seguro le hubiera pagado la palmera. Ahora me siento apenada porque podría haber evitado que el muchacho robara. Aunque de poco hubiera servido. Lo hubiera evitado o no, el jovenzuelo seguirá robando (cosas nimias ahora, pero a medida que pasan los años sus ansias crecerán).
Me jode esta situación, porque me siento como si yo le hubiera empujado hacia un destino que no tiene vuelta de hoja, a no ser que en su camino encuentre un guía que le ayude a no desviarse...

Los otros dioses

Los dioses de la tierra no pueden soportar que un hombre diga que ha conseguido contemplarles. Siempre han morado en los picos más altos de las montañas, pero a medida que el mundo iba avanzando y que los hombres iban acercándose a sus moradas, los dioses tuvieron que marcharse a cumbres cada vez más altas. Ahora viven en Kadath, la montaña más alta del mundo. Existe la prohibición de que los hombres se acerquen y, si lo hacen, no regresan.
Sin embargo, por las noches, los dioses recorren las montañas donde vivieron antaño. Rodeaban las cumbres de unas espesas brumas que no eran más que los recuerdos de los dioses.
Había un hombre que vivía en Ulthar, Barzai el Sabio, un anciano que quería ver a los dioses. Fue el hombre que subió a lo alto del Hatheg-Kla la noche del extraño eclipse lunar. Se llevó a Atal, su discípulo, que estaba aterrorizado.
Hatheg-Kla estaba entre brumas y, a medida que los dos hombres ascendían, un montón de nubes se acercaba lentamente. Atai perdió de vista a Barzai que empezó a gritar, como un poseso, que había visto a los dioses, que les había escuchado y les había retado, diciendo que ahora era más poderoso que los dioses terrestres. Entonces salieron los otros dioses, los de los infiernos exteriores, y la luz de la luna se convirtió en una oscuridad tenebrosa. Atai cerró los ojos y empezó a bajar la montaña. Nunca más se supo de Barzai. Había desaparecido en la montaña la noche del extraño eclipse lunar.

El extraño

El protagonista había vivido siempre en aquel oscuro y derruído castillo, rodeado de un foso cegado y en medio de una inmensidad arbórea que no dejaba entrar la luz. No tenía noción de haber convivido con otras personas, no recordaba a quienes le habían cuidado, que probablemente fueron sirvientes muy viejos. En su soledad, jamás había hablado con nadie y nunca se había molestado en hablar, por lo que perdió la facultad de hacerlo. No sabía cómo era su aspecto físico, porque en el castillo no había espejos...
Un día decidió subir a la más alta torre, que tenía el acceso obstruido, pero el hombre sólo quería ver la luz del sol, o de la luna, quería ver el firmamento.
Después de mucho tiempo subiendo escalones sin parar, sorteando obstáculos en forma de piedra, llega a una habitación donde hay estantes de mármol y una lápida que debe levantar. Al hacerlo, se da cuenta de que ha estado caminando, extrañamente, en horizontal, porque se encuentra a nivel del suelo, junto a una verja. Detrás ve un castillo familiar, con todas sus ventanas iluminadas. Va hacia el edificio en ruinas donde ha vivido siempre, y decide entrar a formar parte en la fiesta que se está celebrando tras sus paredes. Reconoce rostros de su pasado, aunque hay mucha gente que desconoce.
En cuanto él entra por una ventana, todos empiezan a gritar y a huir. Él se acerca hacia un marco donde ve al abominable y monstruoso ser que ha provocado el pánico. A pesar del temor que le produce, alarga su mano para tocarle y, el monstruo, al otro lado, extiende su mano a su vez. Él toca el frío cristal azogado... Y cuando se da cuenta de quién es ese ser abominable... huye.