Castillo de If, Marsella
Mañana es el cumpleaños de mi amiga Maëlle. Es de Marsella pero vive en París. Cuando la conocí no hablaba nada de castellano. Después de un año en Salamanca lo hablaba a las mil maravillas. Yo recuerdo que la corregía muchas veces y ella estaba encantada; es más, ella era la que me pedía que la corrigiera en los giros lingüísticos de nuestro idioma.
La primera vez que hablé con ella y me dijo que era de Marsella, le pregunté si existía la isla de If. No hacía mucho que yo acababa de terminar El conde de Montecristo, y me había impactado mucho esa novela, pero los años que Edmundo Dantés pasa encarcelado injustamente en If me habían dejado una profunda huella. Unos meses después me invitó a visitar Marsella cuando quisiera. Me dijo que Zidane era vecino suyo, aunque a mí me interesaba más la isla de If. Es un viaje que nunca llegué a realizar, aunque en la actualidad ha vuelto a decirme que me deje caer por Francia. Y es que, si para algo sirven las redes sociales, es para reencontrarse con gente que ha ido pasando por nuestras vidas, y Maëlle y yo nos buscamos por Facebook y nos encontramos.
Cuando ya llevábamos un tiempo aunque aún no habíamos adquirido suficiente confianza, ocurrió algo que nos terminaría uniendo de una forma extraordinaria y que forjaría nuestra amistad, pese al tiempo y la distancia. Ella dijo que le apetecía conocer Lisboa, y ninguna de las chicas de la residencia dijo nada. Excepto yo, que le respondí que tampoco conocía Lisboa. Así que planeamos un fin de semana largo, cogimos un autobús de noche y nos plantamos en Lisboa. Allí disfrutaríamos bastante, sobre todo porque, pese a haber ido solas, casi nunca nos encontrábamos solas, sobre todo porque los portugueses, y también los inmigrantes mozambiqueños, nos decían que cómo íbamos a desplazarnos por la capital lusa dos chicas solas. Nos costaba quitárnoslos de encima, y es que eran tan zalameros... Lo que conseguían es que nos echáramos nuestras risas. Pero nosotras no queríamos cicerones.
Después de ese viaje, nos marchamos otro fin de semana a Toledo, ciudad de visita obligada, y no sólo por su historia, por la mezcla de las tres religiones monoteístas en su centro histórico, el centro neurálgico del Zocodover o la discoteca Pícaro, es que allí había leyendas de Bécquer en casa esquina. También allí unos toledanos nos hicieron de guías, pero es que nos contaban las leyendas de Bécquer en cada rincón de la ciudad, nos dijeron dónde habíamos de ir de fiesta y nos recomendaron visitar "una de las ventas del Quijote" al otro lado del río, convertida en un restaurante donde al final no fuimos.
Si Maëlle se hubiera quedado un año más en Salamanca, estoy segura de que hubiéramos conocido todas las ciudades asentadas junto al Tajo. Porque visitar Lisboa y Toledo y ver el río Tajo desde diferentes perspectivas fue algo que ni nos paramos a pensar en ese momento. Pura coincidencia.
Pues mañana nos toca recordar viejos tiempos.
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