Panorámica de la Plaza Mayor, Madrid
Como siempre en cada viaje tengo que volver a revivir unos días después lo que hice en ese viaje, lo que visité o lo que conocí. Esta vez no iba a ser menos, aunque he estado tantas veces en Madrid que mucho de lo que podría decir lo terminaré obviando.
Pese a las veces que he estado en la capital, no había estado nunca con tal mogollón de gente. Es comprensible porque estamos en vísperas de Navidad, y me habían avisado, pero la verdad es que no me esperaba tal muchedumbre. Fuera donde fuera había que esperar filas. Y a mí no me va mucho tener que ir a un sitio para estar dos horas de espera. Me niego a esperar si tengo otra vía para conseguir lo que quiero, es decir, ir a Doña Manolita a comprar lotería y esperar una serie de horas me parece ridículo. Pues si quiero lotería de esa administración en concreto siempre puedo solicitarla por correo, y es más rápido. No sólo Doña Manolita tenía filas larguísimas, sino cualquier administración de lotería del centro. Las que no tenían mucha gente eran las gitanas que ponían sus puestos a lo largo y ancho de la Puerta del Sol anunciando que eran "vendedoras autorizadas por Doña Manolita". Tardé diez minutos en comprar lotería en el kiosko de lotería de la Puerta del Sol, donde sólo había cuatro personas delante.
Éste es mi décimo y termina en 7, en realidad en 777.
Pero las gitanas no se dedicaban sólo a vender lotería. Hubo una que me dijo que no rechazara el romero. No la miré, no fuera a echarme un mal de ojo. Pero ¿es que en todos los sitios hay gitanas con romero? Si me pongo a rememorar, recuerdo junto a la Basílica del Pilar de Zaragoza, al salir de la Mezquita de Córdoba...
Cuando llegué el viernes me encontré con una miscelánea de luces, colores y gente tan impresionante que me quedé anonadada. Lo mejor de todo es que mi alojamiento se encontraba junto a la Puerta del Sol, así que en dos minutos estaba mezclándome con todo el barullo de gente.
En cuanto al sábado, que salió lluvioso, me dediqué a callejear y llegué a la Plaza Mayor con un sol que impregnaba reflejos en los tonos rojizos de la plaza. No me detuve en los puestos navideños, pero sí saboreé esos momentos.
Pero una de las zonas que adoro de Madrid es la Gran Vía, y allí me dirigí. Allí disfruté de la música callejera, de la infinidad de tiendas de la Calle Fuencarral... para terminar mi odisea consumista en la Casa del Libro.
Diré que sólo duré en la Casa del Libro unos quince minutos. Y eso es porque no sé dónde mirar, y nada más entrar ya tenía varios libros en las manos. El que tenía claro era Ishiguro, ya que tengo muchas ganas de leer algo del último Premio Nobel. Traje dos novelas de él.
De allí marché Gran Vía hacia Callao, aunque en realidad buscaba un Starbucks que había antes en la otra acera y que no encontré, aunque tampoco me fijé mucho, yo me dejaba llevar. La calle Preciados era un maremágnum de gente, desde allí se veía la trasera de Doña Manolita y también había filas por allí.
Por la tarde me acercaría a la chocolatería San Ginés, que no se encontraba muy lejos de mi alojamiento. De hecho, encontré la chocolatería sin buscarla. Lo que no estaba dispuesta era a esperar una de las muchas filas que allí había. También por allí callejeé y sin querer me encontré anocheciendo en la Plaza Mayor. Si por la mañana había gente, por la noche era bestial.
Salí por la calle Mayor y mirara para donde mirara no había más que gente y gente. En ese momento una amiga me dijo que le llevara un bocata de calamares, justo cuando pasaba por una bocatería y la gente salía con grasientos bocatas de calamares. A mí me gustan los calamares, pero no entre pan y pan.
Madrid estaba bonito, pero no creo que regrese allí en esta época. Es que cuando voy en la Feria del Libro hay gente, pero no tanta como ahora. De hecho, en la propia feria entre semana se puede caminar con cierta tranquilidad, y es el fin de semana cuando está abarrotada de gente, pero tanto como ahora... va a ser que no.
En cuanto al domingo, mi autobús salía a las tres de la tarde. Podría haber regresado varias horas antes, pero siempre tengo que ver algo. Y tocó el Museo de Ciencias Naturales. El museo se encuentra en la parada de metro de Gregorio Marañón, y se ve el hospital muy cercano. De hecho, este museo está rodeado de hospitales. Al salir del metro me quedé un poco sorprendida porque no encontraba la cúpula del museo. En ese momento un agraciado joven que podría ser del mantenimiento del Metro de Madrid me preguntó qué buscaba. Y él mismo me dijo dónde se encontraba el museo. En realidad no lo veía porque lo tapaban los árboles. Cuando crucé la inmensa avenida me encontré con que estaba en medio del Paseo de la Castellana.
Lobo ibérico, Museo de Ciencias Naturales, Madrid
El museo tiene forma de U y en medio hay otro edificio que pertenece a la Universidad Politécnica (el de los ITIS). Una parte de la U alberga la fauna ibérica, en forma de animales disecados, así como un oceanográfico (que no vi por falta de tiempo) y las exposiciones temporales.
Condecoración del Nobel otorgado a Nelly Sachs
La exposición temporal estaba dedicada a las mujeres que han recibido Premios Nobel, de las cuales yo sólo conocía a cuatro o cinco.
El otro edificio albergaba los esqueletos de dinosaurios, historia de la evolución humana, fósiles y minerales.
Después de ver medio museo, una educada señorita me dijo que estaba prohibido el palo-selfie. Después de haber hecho una ingente cantidad de fotos.
Lo peor del museo es que había mucha chiquillería. Ya le dije a mi hermano que era una buena opción para llevar a sus hijas. La única parte que estaba vacía era la de los minerales.
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