He abierto la cesta de Navidad. Tiene muchas cosas, pero la mitad ni siquiera se quedará en mi casa.
El vino se lo daré a mis padres, igual que el champán -que no me gusta y sólo me mojo los labios cuando hay que brindar- y los dulces navideños me dan repelús.
A este paso supongo que sólo me queda la parte salada.
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