Hoy he estado pensando en cómo era mi piso la primera vez que lo vi. Salí realmente horrorizada. En realidad sólo tenía que ver las posibilidades. Había habitaciones rosas, con un pegote en el suelo que imitaba el parquet, las ventanas eran viejísimas, en la cocina se perdía espacio... Lo mejor de comprar un piso para reformar es que sabes dónde está todo, es decir, que no sólo elegí las cerámicas, baños y cocina, sino que bajé techos, que sé dónde se encuentra la electricidad o la fontanería.
Tuve que hacer fotos de entonces y ahora es realmente incomparable. En realidad, tuve que pasar muchas horas pensando, por ejemplo, dónde tenía que colocar las rozas, de ahí que diseñara planos y mi idea de cómo quería que estuviera todo, antes incluso de saberlo en realidad. Varios años después puedo decir que aún tengo habitaciones sin amueblar, pero tampoco lo necesito, ya que tengo lo imprescindible para vivir.
Para mí era una odisea, porque todo era nuevo. La cocina fue la primera habitación que tuve que diseñar, antes de que se metieran en mi vivienda el electricista y el fontanero, y hoy en día la distribución está cambiada.
Cuando miro las fotos del antes y el después, hay un cambio tan inmenso que no parecen imágenes del mismo lugar.
Esto es un claro ejemplo de que un patito feo puede convertirse en un precioso cisne.
Lo que me queda lo hago lentamente porque en realidad no me corre tanta prisa como al principio.
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