Corría el verano de 2005 cuando yo me busqué un trabajo estival y recalé en Ávila, ciudad que no conocía y que me gustó porque sus gentes son buenas anfitrionas. Tengo buenos recuerdos porque lo que me ocurrió allí fue extraño. Y quizás por esa extrañeza que luego terminó genial tengo muy gratos recuerdos de esa ciudad.
Mi hermano está hoy allí y me ha recordado que yo de Ávila conozco el casco histórico y sobre todo el hospital. Se llama Nuestra Señora de Sonsoles y se encuentra a las afueras de la ciudad.
Yo entré en el quirófano de urgencia un 14 de julio. El día anterior había pasado por un Centro de Salud porque tenía un bulto junto al ombligo y cada vez me molestaba más. No me hizo falta reparar en la grave mirada que se lanzaron los doctores que me atendieron, me enviaron al hospital y allí me hicieron pruebas con suficiente diligencia y rapidez, tanto que la gente que se encontraba en la sala de espera me miraban como si fuera una paciente vip. Y eso que en la sala de espera sólo se encontraban los previsibles pacientes, los familiares se quedaban fuera; no como en Logroño que va un gitano y treinta acompañantes con él. En Ávila eso no ocurría: sólo entraban los enfermos. Una compañera de trabajo se tuvo que quedar fuera y hablábamos por la ventana, pero finalmente ella se tuvo que ir.
En la sala de espera hice amistad con un joven guapísimo que leía. Dicen que un libro te recomienda a una persona. Él leía Los pilares de la Tierra. Y yo le miraba, o miraba al libro, hasta que él se sintió observado. Así fue como empezamos a hablar de libros y no quise destriparle la novela que hizo famoso a Ken Follett.
A las diez de la noche yo me encontraba con un camisón de hospital en una silla de ruedas esperando a que me subieran a planta, y él pasó de nuevo. A él no le ingresaron, tampoco tenía pinta de tener nada grave. Y, pensándolo bien, tampoco yo tenía pinta de encontrarme enferma.
El cirujano, al que adoré en los pocos días que estuve en el hospital, me dijo claramente que tenía una hernia umbilical que corría el riesgo de estrangularse, por lo que había que operar de urgencia. Es la única vez que he entrado en un quirófano. Tenía que decidir.
Mis padres preparaban el equipaje para marcharse al día siguiente a Galicia, junto a varios matrimonios, entre ellos unos de Ávila. En media hora el matrimonio de Ávila estaba conmigo, animándome y diciéndome que una hernia no era nada. Yo había tenido la opción de regresar en ambulancia a Logroño esa misma noche o quedarme en Ávila y que me operara al día siguiente el Dr. Pablo Gil (creo que no olvidaré su nombre nunca). Me pareció tan eficiente el doctor, me cayó tan bien, que le dije que me dejara unos minutos para llamar a mis padres. Así que mis padres aparecieron en Ávila a las ocho de la mañana, cuando a mí ya me habían hecho firmar y ya me habían anestesiado, aunque todavía me encontraba consciente.
No recuerdo del quirófano más que el rostro del doctor cuando yo me encontraba casi dormida, que me dijo: "Tranquila, que no te tocaré ese tatuaje que tienes junto al ombligo". Y le debí responder que no importaba, me pesaba tanto la lengua que no pude decirle mucho más.
Efectivamente no me tocó el tatuaje y de las grapas no queda más que una finísima línea, que nadie diría que me habían operado.
De todas formas, en el hospital disfruté mucho, porque era un hospital muy tranquilo -demasiado tranquilo-, me trataron como a una reina. Lo peor era la comida, "comida semi-blanda", y el día que trajeron el pescado y yo veía a mis padres y al otro matrimonio comiendo jamón de pata negra... Ese día compartieron conmigo el jamón. En cuatro días ya me habían dado el alta, y tenía un apósito bien grande en la tripa. Pero mi tatuaje estaba intacto.
Y ya que estábamos... disfrutamos de la ciudad, que me encantó. La amiga de mis padres me incitó a probar las yemas de Santa Teresa y yo le decía: "que no, que no", porque cualquier dulce que no conozca suele producirme rechazo (cosa de las texturas). Pero estaban buenas.
Así que, pese a las circunstancias, tengo un muy grato recuerdo de Ávila, que es una ciudad pequeña y de gentes amables.


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