jueves, junio 11, 2009

Rubor

¿Cuándo aparece el rubor que hace que tengas que mirar hacia abajo, sabiendo que si miras al frente puedes echarte a reír por la situación?
Y en ese momento sientes que tus piernas son de plastilina, que puede que no te sostengan, aunque la cabeza te obligue a seguir caminando.

Hace casi tres meses que estoy en mi tierra. Al principio, era fácil ir de un sitio a otro porque tu rostro, aunque conocido, estaba desubicado. A día de hoy, todo eso ha cambiado porque la gente, en una ciudad pequeña como ésta, te conoce, o al menos ya no dudan de tu identidad.
Hace casi tres meses que bajo a la cafetería de abajo a tomar un café, siempre el mismo tipo, siempre a la misma hora, siempre con la misma gente y siempre con la misma conversación sobre el tiempo. ¡Como si importara mucho el tiempo que hace fuera...! Desde entonces, a la misma hora siempre van cuatro tíos que aún no sé de dónde salen, pero hay uno... Estoy en la incertidumbre porque en todo este tiempo todavía no he conseguido averiguar sus nombres o su lugar de trabajo. En principio pensé en bancos, ya que suelen ir bien vestidos y nunca están por las tardes, pero ¡diantres! si me conozco todos los bancos y cajas de aquí y nunca les he visto allí. El que me interesa de verdad tiene el pelo hasta los hombros, perilla y bigote, vamos, el típico tío que siempre causa en mí atracción. Al principio no presté atención, me desinteresé y entonces ocurrió que un día entré en el bar y me clavó una profunda mirada oscura que hizo que en ese momento tuviera un escalofrío de pánico. Lo que más me dolió entonces es que esa mirada me traspasó y que, de alguna forma, podía leerme como si fuera un libro abierto.
Después ocurrió que me entraba la risa cuando volvíamos a coincidir, hasta que de repente desaparecieron. Según mis compañeras, que me conocen como una persona algo descarada, fue cosa mía, como que él se hubiera coscado, y eso que ya jamás volví a mirarle fijamente. Y entonces, el día que desaparecieron o que no volvimos a coincidir llegué a la conclusión que habían estado aquí temporalmente por motivos de trabajo y que se habían marchado. Empecé a ir al café a la hora que me apetecía, sin mirar nunca el reloj.
Entonces, la semana pasada, cuando salía del portal e intentaba ponerme las gafas de sol, empecé a cruzar el paso de cebra y levanté la vista para encontrarme con una camisa roja y una mirada que se desvió al observarle. Pasó tan cerca de mí que podíamos habernos rozado si no fuera por mi actitud esquiva para convertirme en una piedra que no quería sentir, oler, mirar ni escuchar. Y, sin embargo, él estaba mirando de reojo.
Ahora vuelvo a bajar al café de las 12 para 'encontrarme' con él. Pero no puedo mirarle, algo me lo impide. Sigo sin saber su nombre. Y bien, no quiero saberlo, creo, tiene mucho poder sobre mí y eso que desconozco casi todo de él. Seguiré con mis cosas, que por mucho que un desconocido cause tanta atracción, en la actualidad estoy bastante tranquila en lo que respecta al tema emocional. Y que siga así.

Mañana le volveré a ver en el café de las 12.

No hay comentarios: