
Cuenta una leyenda que en el origen de los tiempos vivían los ángeles y los hombres en el Paraíso, y todos eran iguales a los ojos de Dios, que no hacía distinciones entre sus criaturas. Ocurrió entonces que la serpiente tentó a los hombres y les mostró el pecado, y ellos comieron de su fruto, por lo que sufrieron castigo. Expulsados del Edén, los hombres se vieron obligados a trabajar la tierra y se multiplicaron sobre ella, llegando a dominar a todas las criaturas.
Desde el cielo, los ángeles contemplaban a los hombres y no podían comprender la debilidad que los había llevado a quebrantar la ley. Incapaces de entenderlos, la corte de los ángeles envió a la tierra a dos de los suyos para que conocieran mejor a los hombres y descubrieran sus secretos. Pero a las tres semanas la reina de Persia los invitó a una cena y allí los tentó con toda clase de placeres.
Al principio, los ángeles trataron de resistirse, pero al final sucumbieron a la tentación y, borrachos por el vino, pasaron la noche con ella. A la mañana siguiente fueron descubiertos por un criado, pero lo mataron antes de que consiguiera delatarlos. Conscientes de lo que habían hecho, y arrepentidos, volvieron rápidamente al cielo, donde fueron juzgados con el mismo rigor que los hombres.
Aquéllos fueron los primeros ángeles caídos, pero con el tiempo les siguieron otros, y cada vez sus delitos fueron mayores. Se degradaron y convirtieron en demonios y, poco a poco, sus tres pares de alas blancas se convirtieron en cuernos, articulaciones deformes en la espalda y pezuñas de animal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario