
No puedo soportar verle para aquí y para allí y no hablar con él. Pero me asomo a la ventana y veo su piel morena en contraste con una camisa blanca almidonada, su energía cuando camina, el hecho de no cruzarnos por cuestión de minutos y me descontrolo.
Y no puedo forzar la situación e ir a su oficina con cualquier excusa. Ya he recurrido a ese ardid en alguna ocasión; además, me pongo nerviosa al hablar, sobre todo si sale.
Como no podía ser de otra forma, al final me he cruzado con él. Y encima me entra la risa cuando he descubierto que venía de frente, esa sonrisa irónica...
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