Hace muchos, muchos años, vivió un valiente caballero que eligió un pueblo del sur de Suecia para retirarse a descansar cuando se hizo mayor. Vivía tranquilamente dedicado a las plantas de su huerto cuando vinieron a importunarle unos vecinos de la aldea más cercana. Según le contaron, un temible dragón llevaba cuatro semanas asolando la región y lo estaba destruyendo todo.
Al oír esto, al caballero le pareció muy extraño, porque conocía a los dragones y sabía que no actuaban de ese modo, así que decidió ir a ver lo que estaba ocurriendo. Y lo que vio lo llenó de asombro, porque aquello no era un dragón, sino una wyvern, un monstruo mucho más destructivo y aterrador, aunque muy parecido a los dragones, de diez metros de largo, con alas de murciélago y una cola que acababa en un aguijón con veneno.
Los aldeanos le pidieron ayuda al caballero y él, aunque se sentía muy cansado y muy viejo, les prometió acabar con la wyvern.
El anciano caballero, consciente de su vejez, sabía que ya no podía luchar como antes, así que decidió hacer uso de su astucia. Durante un día entero observó a la bestia hasta que descubrió un momento de distracción en su rutina. Al día siguiente, cuando ya anochecía, la esperó escondido en un lago cercano adonde el monstruo iba a beber cada noche. Y entonces, mientras la wyvern bebía, sin darle tiempo a reaccionar, el caballero salió del agua y de un tajo certero acabó con ella.
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