
Hoy ha venido J. de V. dos veces por problemas técnicos en la red y con la impresora. Me muerdo la lengua para no preguntarle por F., pero no he aguantado. Al final le he preguntado por sus amigos, me ha temblado la voz y he sido incapaz de seguir, notándole reacio a encaminar el tema hacia la persona por la que yo preguntaba. Lo ha intuido y estoy segura de que, en otras circunstancias, me hubiera contado; estoy segura de que F. no les permite contar nada de sí mismo. Por eso no he querido seguir.
Da igual porque voy a continuar en mis trece de no dejarme ver, sabiendo incluso que irán a fiestas de Haro. Y aunque me encontrara con él... como si no existiera. Es lo más fácil y, a la vez, lo más difícil.
Hoy se ha quemado un coche al final de nuestra calle, en la carretera a Ezcaray. Primero han pasado los guardias con la sirena y luego el camión de bomberos a toda leche. Se veía humo por todos los lados.
Y entonces recuerdas ese jersey en una gama entre lila, morado y fucsia y sonríes porque con sólo verle se te ha alegrado el día.
El fuego interior explota sin querer, cuando me acuerdo de Chini, de sus palabras, de sus gestos y entonces me descubro odiándole como nunca he odiado a nadie. No hay vuelta de hoja. Le odio con fuerza, no puedo soportar preguntar por él ni tampoco tenerlo delante.
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