Siempre he pensado que F. me provoca siempre que se dan las circunstancias idóneas para ello. Aún no le he visto, pese a que llevo tres semanas en La Rioja. Lo que no comprendo es su manera de provocar, una noche como la de ayer, que tenía un uno por ciento de posibilidades de no encontrarse conmigo. Me sulfura su desfachatez para presentarse en mi pueblo, en el bar donde nos reunimos todos los jóvenes después de cenar y quedarse a ver el fútbol. Me sorprende porque en su pueblo también hay bares y en su casa imagino que tendrá televisión. ¿Entonces por qué se presenta aquí cuando nunca antes lo había hecho?
Menos mal que yo anoche caí en ese uno por ciento de ocasiones en que prefiero tumbarme en la cama y dejar el café del bar y la consiguiente partida de cartas para otras noches.
Era obvio que me iba a enterar. Y me alegro de no haber salido ayer.
Estoy intranquila, porque hasta ahora contaba con la seguridad de que no se le ocurriera aparecer por aquí, pero ahora sé que cualquier día podría encontrármelo en el bar.
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