
Son las nueve de la noche en Santo Domingo de la Calzada un día entre semana. Las oscuras sombras regresan, tardías, a sus casas. Algunos bares tienen las persianas a medio cerrar, como advertencia para sus clientes de que quieren marcharse. Los aparcamientos se ven vacíos, con algún vehículo desperdigado, solitario un poco más allá.
Y entonces te acuerdas de Salamanca y te sorprendes de la magnitud de diferencias que hay entre un lugar y otro. Porque Salamanca, un jueves por la noche (y en general, casi ningún día) se vería tan desolado como esto.
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