sábado, abril 18, 2009

El café de las doce

El primer día no presté mucha atención a la gente. Son contadas las ocasiones en que bajo al café una hora antes. Pero a la segunda semana comprendí que siempre estaban "aquellos cuatro" en el mismo interludio que yo. Y así es la cosa que hay uno que me llamó la atención: pelo largo, perilla... El tipo de tío que siempre me ha atraído. Si viniera solo quizás ya a estas alturas sabría cómo se llama, pero siempre va acompañado por los otros tres. Así que desistí y seguí a mi bola.
Lo que ocurrió justo antes de irme a Salamanca fue que un día, al entrar, me clavó una mirada penetrante, insistente, fija. Tuve que desviar la mirada. Y ahora no me pasan desapercibidas las miradas que me lanza desde el otro lado de la barra. Ahora no puedo mirar sin libertad, porque es él quien mira en mi dirección.
Me pregunto si me habrá echado de menos esta semana, porque yo sí eché de menos ese cruce de miradas.
Ayer saludé. Sólo iban tres y los tres me saludaron al marchar. Él salió el último y se me quedó mirando más de lo necesario. Me pregunto si algún día las miradas darán paso a las palabras. Necesito saber su nombre. No voy a hablar cada vez de él como "el pelos de la mirada penetrante". Estoy segura de que la oportunidad de una conversación se dará cuando menos lo esperemos.
Así que ahora he tomado por rutina bajar a las doce y 'encontrarme' con él.

Si B. lee esto le picará la curiosidad. Doy demasiados datos para que ella misma se dé cuenta de quién hablo.

No hay comentarios: