viernes, junio 15, 2007

Tamara

Mis primeros años en un colegio de monjas van unidos indudablemente a tres amigas íntimas: Tamara, Esther y Laura, pero sin duda, de las tres siempre fue Tamara la que estaba por encima del resto.
Con once años cambié de colegio. La adaptación fue en principio difícil puesto que la mayoría de alumnos llevaban allí desde los tres años y los grupos ya estaban formados. Seis éramos nuevos y lógicamente nos sentábamos juntos, pero eso no significaba que termináramos llevándonos bien entre nosotros pues lógicamente no había un factor común, únicamente el hecho de estar desubicados del resto de grupos.
Recuerdo que nos sentábamos en círculo, algo novedoso pues en el resto de clases los pupitres se alineaban de dos en dos. Nueva era también nuestra tutora, es por eso que con los que empezábamos en aquel colegio aquel curso tuvo una mayor conexión.
La primera vez que hablé con Tamara fue sobre algo relacionado con la clase de dibujo. Mis trazos eran finos y, por tanto, el resultado era admirable. Comencé a hacerle dibujos a escondidas y ese fue el inicio de nuestra amistad.
Recuerdo que nunca hablaba de sus padres. Vivía con sus abuelos. Un día me invitó a merendar a su casa. Y esa fue la puerta de entrada a un grupo con el que me llevaría bien (y todavía hoy recordamos aquellos tiempos entre risas, aunque siempre falta Tamara). Fue gracias a Tamara cuando empecé a ser aceptada entre compañeras de clase que antes ni siquiera me miraban. Y es que ser nuevo en aquel colegio era como tener el sida, abrirse a la gente era un reto difícil, aunque siempre había personas que te daban la mano.
Tamara se convirtió en una de mis mejores amigas de aquella época. Nuestra letra era tan parecida que nos intercambiábamos los cuadernos y llegábamos a hacernos ejercicios mutuamente. Creo que la tutora se daba cuenta del peligro que entrañaba esto, pero hacía la vista gorda.
A Tamara no se le daba bien el inglés. Y lo odiaba, aunque conseguía aprobar a duras penas. Lo curioso es que ahora habla inglés de una manera tan fluida como puede hablar castellano. Y no es de extrañar porque lleva bastantes años afincada en Londres.
Cuando acabamos el colegio ella se fue a Asturias a vivir con su madre, pero echaba de menos La Rioja. Yo me fui a un internado a Logroño y comenzamos a distanciarnos. Las cartas se habían convertido en nuestro único medio de conexión, hasta que un día dejamos de escribirnos. Ella tampoco venía mucho a ver a sus abuelos, y un día dejó de venir.
A veces me encuentro con su abuela. Siempre me informa sobre Tamara; que si había empezado empresariales, que si se había marchado a Londres, que si estaba trabajando de peluquera... Era grato saber lo que hacía.
Me gustaría verla y hablar con ella, recuperar el tiempo perdido. Al final tendré que ir a Londres a ver qué es de su vida. Hace muchísimos años que no nos vemos. Mi madre se la encontró ayer, ha venido de visita, pero cuando yo vaya a La Rioja ya se habrá marchado. Lo que digo, que siempre hay quien te trae recuerdos entrañables. Me gustaría verla, aunque sólo sea para darle un abrazo.

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