jueves, junio 28, 2007

Las sombras, atrapadas entre dos mundos

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Creían en la Antigua Grecia que todos los hombres, al morir, iban a un mismo lugar, sin que importara que en vida hubiesen sido nobles o malvados. Para los griegos todos los hombres eran iguales y, por tanto, todos debían hacer un mismo recorrido para llegar hasta los infiernos.
Cuando un griego moría, sus amigos y familiares lo rodeaban y le colocaban una moneda debajo de la lengua antes de enterrarlo. Poco tiempo después, su sombra se desprendía del cuerpo y, bajo una forma vaga y oscura, se dirigía al Hades, el infierno, la morada de los muertos.
El primer obstáculo que encontraban las sombras en su viaje era el río Éstige, que debían atravesar para llegar a la otra orilla. Un barquero llamado Caronte las esperaba, pero Caronte se negaba a trabajar si no le pagaban, de modo que las sombras que tenían su moneda podían cruzar en su barca, pero aquéllas que no la llevaran se veían obligadas a vagar por la orilla durante toda la eternidad.
Desde la barca de Caronte las sombras veían las puertas de los infiernos, que debían abrirse a su llegada. Pero no terminaba aquí su aventura, pues en la puerta del Hades aguardaba el can Cerbero, un perro guardián de tres cabezas que vigilaba la entrada por donde todas entraban y por la que ninguna salía.
¿Te imaginas un lugar habitado por sombras que son dobles de los vivos? ¿No te parece curioso enterrar a un muerto con una moneda para que pueda pagar a un barquero? Pues así era el infierno en el que creían los griegos.

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