En una ciudad de la China vivía un pobre sastre que tenía un único hijo, llamado Aladino, que desde pequeño siempre fue un pilluelo y un tunante. El pobre sastre quería que su hijo aprendiera su oficio, pero a Aladino no le interesaba, y fueron tantos los disgustos que le dio a su padre que el pobre sastre cayó enfermo y se murió.
Un buen día, mientras Aladino jugaba con otros niños, se le acercó un brujo y le hizo creer que se trataba de su tío. El hechicero convenció a Aladino para que lo acompañara a la ciudad de Al-Qalas, pues había oído que esta ciudad escondía un tesoro. Y así, juntos, llegaron hasta un monte que había a las afueras de la ciudad.
Entonces, el brujo hizo un conjuro y se abrió un pasadizo bajo sus pies, que conducía a unos salones de oro. El brujo le dijo a Aladino que debía bajar y recoger una lámpara que había en su interior, pero que no debía tocar ningún otro objeto o quedaría convertido en piedra. Y eso fue lo que hizo Aladino. Pero cuando llegó el momento de subir, el brujo no quería ayudarlo. Sólo le interesaba la lámpara, así que Aladino se negó a dársela hasta que no lo ayudara a salir de allí, y el brujo, rojo de ira, lo abandonó a su suerte, aunque con la lámpara.
Aladino pensaba que nunca más vería la luz, pero por descuido frotó la lámpara y de ella salió un poderoso genio que le prometió condecerle todos los deseos que él quisiera. Y de este modo, ayudado por el genio, fue como Aladino logró salir de la cueva e hizo grandes cosas, hasta casarse con la hija del sultán.
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