
Yo no sé por qué, cuando antes iba al sacerdote en secreto de confesión, no me sentía como debía sentirme. Con un gran peso de culpabilidad, supongo. Me parecían mis pecados tan nimios que no me pesaban.
Pero hay veces que un secreto puede desentrañar algo más, hay veces que confesar algo cuesta horrores, y cuando te quitas esa losa de encima te sientes más ágil, pero también se te empañan los ojos. Quizás no hay un momento oportuno para contar algo que nos escuece porque, cuando lo sacas fuera, podría desenterrarse también la fragilidad que se adueña de nosotros.
A veces llevamos cargas que es necesario compartir, aunque nos cueste hablar. Hoy me he liberado de una inmensa carga, pero sin embargo no me siento como cuando iba al sacerdote a decirle que había dicho un taco o que había formulado una mentira o que había desobedecido a mis padres cuyo castigo ya había cumplido. Hoy era una losa más férrea la que me estrujaba el corazón, la que me impulsaba a seguir caminando aunque estuviere llegando a un acantilado e irremediablemente cayera al vacío.
Después me ahogaba, he perdido aire y aire he salido a buscar. Nubarrones negros cubren el cielo y mis vestiduras blancas seguían una luz desmaterializada a lo lejos. Una falda blanca con rosas negras, igual es así como se sentía mi interior. Quizás siempre tenemos una rosa negra cuyas espinas siempre nos pinchan cuando menos lo esperamos y nos recuerdan algo sombrío.
Aire... a pesar de estar cargado he sentido cómo se iban recomponiendo los pétalos de la rosa marchita bajo una luz mortecina que me mecía en un remanso de paz.
Lloverá, pero el cielo, ahora negro, dejará paso a una claridad insólita, igual que en otro rincón del mundo comienzan a florecer rosas blancas.
Pero hay veces que un secreto puede desentrañar algo más, hay veces que confesar algo cuesta horrores, y cuando te quitas esa losa de encima te sientes más ágil, pero también se te empañan los ojos. Quizás no hay un momento oportuno para contar algo que nos escuece porque, cuando lo sacas fuera, podría desenterrarse también la fragilidad que se adueña de nosotros.
A veces llevamos cargas que es necesario compartir, aunque nos cueste hablar. Hoy me he liberado de una inmensa carga, pero sin embargo no me siento como cuando iba al sacerdote a decirle que había dicho un taco o que había formulado una mentira o que había desobedecido a mis padres cuyo castigo ya había cumplido. Hoy era una losa más férrea la que me estrujaba el corazón, la que me impulsaba a seguir caminando aunque estuviere llegando a un acantilado e irremediablemente cayera al vacío.
Después me ahogaba, he perdido aire y aire he salido a buscar. Nubarrones negros cubren el cielo y mis vestiduras blancas seguían una luz desmaterializada a lo lejos. Una falda blanca con rosas negras, igual es así como se sentía mi interior. Quizás siempre tenemos una rosa negra cuyas espinas siempre nos pinchan cuando menos lo esperamos y nos recuerdan algo sombrío.
Aire... a pesar de estar cargado he sentido cómo se iban recomponiendo los pétalos de la rosa marchita bajo una luz mortecina que me mecía en un remanso de paz.
Lloverá, pero el cielo, ahora negro, dejará paso a una claridad insólita, igual que en otro rincón del mundo comienzan a florecer rosas blancas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario