Hoy una amiga me ha dicho que cogiera el coche y fuera a mi pueblo para pisar nieve. A un kilómetro de mi pueblo todo es muy campestre y seguramente que hoy hay una estampa gloriosa. Entonces he mirado por la ventana y he comprobado que estaba nevando otra vez. Le he dicho que prefería ir a comprar libros y, de paso, mezclarme con la decoración medieval de la próxima semana.
También he comprado chupachups porque hay algún momento que el fumar llama a mi puerta, aunque desecho la idea y me pongo a pensar en otra cosa. Aguanto bien y al final todo es mental.
Cuando volvía a casa una vecina con la que comparto lecturas me ha preguntado si tengo el libro de Patria en papel, que se lo ha pedido la hija de una amiga y ella lo tiene en eBook. No iba a comprometerme, "los libros son orgullosos y cuando los prestas nunca vuelven". Le he dicho que nunca presto libros, que le dijera a la muchacha que vaya a una biblioteca. En realidad, hago alguna excepción, ¿pero dejar un libro a alguien que no conozco? Pues lo cierto es que no. Lo ha entendido, claro.
Hace algunos años dejaba libros, pero cuando prestas uno de tus libros preferidos, El conde de Montecristo, y no regresa, aprendes a decir que no. Años más tarde compré otro ejemplar, pero ya no era la misma edición original que yo había leído.
Las bibliotecas siempre son una buena opción. Obviamente hago excepciones, tengo libros prestados a gente muy cercana o simplemente porque ha salido de mí misma prestarlos. Pero a gente desconocida va a ser que no dejo libros.
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