Me he tumbado sobre la cama durante cinco minutos y he cerrado los ojos. En ese momento su imagen ha aparecido flotando de la nada. De repente, he recordado su mirada y me he sentido feliz.
He recordado la primera vez que me miró, cómo esa mirada llegó al centro de mi alma y desde entonces me ha acompañado cada día y cada noche. Su mirada es, simplemente, fascinante. Lo curioso es cómo recuerdo tan vívido ese estremecimiento, cómo un desconocido pudo acceder tan fácilmente a mí. De no haber sido así, lo hubiera dejado pasar, porque en la vida diaria conocemos y nos cruzamos con mucha gente. Caminamos por la calle y rostros sin nombre se cruzan con nosotros y ni siquiera prestamos atención. Sin embargo, a medida que pasaban los meses comprendí que tenía que conocer al dueño de esa mirada, porque alguien con una mirada tan perfecta sólo podía ser un ángel. No me equivoqué.
Me encanta mirarle fugazmente para ruborizarme después, o alguna vez que le he observado y él lo ha sentido y ha levantado los ojos encontrándose con los míos, me encanta mirarle y que me tiemble la voz cuando me mira, me encanta cuando explica algo y sus pupilas se dilatan al concentrarse en la explicación, me encanta cuando ladea la cabeza para mirar de reojo con esa mirada tan penetrante, tan sabia, tan dulce, tan noble.
Y no me importaría perderme durante horas en esos ojos perfectos, sin decir una palabra, sólo mirándole sin más…
¿Cómo no iba a enamorarme de él…? Aunque también es cierto que para que me enamorara influirían muchas otras más cosas y no sólo su mirada.
Recuerdo que la primera vez que hablé con él le dije que tenía una mirada penetrante. Lo cierto es que es fascinante. Esos ojos me hechizan cada vez.
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