Los domingos por la noche siempre pienso en que llegue el lunes. Es extraño, porque la mayor parte de la gente toma el comienzo de la semana con resignación. Por mi parte, no hay pereza, posiblemente porque suelo cruzarme con un ángel de mirada perfecta casi cada día. Porque cualquier día es susceptible de magia y la magia siempre llega con él. Así que si por mí fuera, cada domingo por la noche, daría un salto temporal deseando que lleguen ya las ocho de la mañana. Eso influye en la oficina, ya que aparezco a las nueve con una sonrisa de oreja a oreja, generalmente porque cuando abro los ojos cada mañana le dedico un pensamiento e incluso intento recordar si he soñado con él. Lo que ocurre es que muy pocas veces me acuerdo de lo que he soñado. Suelo recordar lo que sueño cuando duermo a deshoras, es decir, cuando cae alguna siesta por la tarde, cuando veo algún objeto que estaba en el sueño o cuando me despierto repentinamente. A veces suelo recordar vívidamente lo que sueño sin que se den esas tres circunstancias. De todas formas, me gusta pensar que cada noche sueño con él y posiblemente sea así, porque siempre me despierto con una gran sonrisa.
Una vez leí que debíamos dar gracias cada mañana al despertar, debíamos sentirnos agradecidos con lo que tenemos o por que las cosas nos vayan bien. Es algo muy profundo si nos paramos a pensar en ello, en el sentido de que todo podría ir peor, pero va bien. Es posible que no dé las gracias al sol cada mañana, pero en el fondo me siento agradecida con lo que tengo y con lo que siento, cuando reparo en que me siento feliz, que podría ser una felicidad mayor, pero también podría ser peor.
Los domingos por la noche, cuando no le he visto en todo el fin de semana, aparece ese anhelo de verle, de cruzarme con él, de mirarle a los ojos y saber que es una emoción efímera que alimenta un deseo más intenso.
A veces me sorprendo pensando en lo mucho que le quiero. Debería ir a dormir.
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