Se me caen los párpados, pero no puedo ir a dormir sin dedicar al menos un pensamiento a alguien, a un ángel de mirada perfecta. Al pensar en él he sentido que sonreía y al hacerlo pensaba que le regalaría una maleta llena de sonrisas para que la abra siempre que esté triste. Lo haría… si estuviera al alcance de la mano poder llenar una maleta de sonrisas.
Estoy pensando que no sé cómo he podido vivir tantos años desconociendo el Amor en mayúsculas. Claro que conocí, pero aquello nunca llegó a rasgar una pequeña superficie de lo que siento hoy. Y dicen que el amor da vida y que la vida sin amor no existe.
¿Cómo era el mundo antes de que llegara él? Me cuesta recordarlo. Imagino un reloj. Entre las doce y las tres de la tarde pasaba todo muy rápidamente. A las tres de la tarde llegó él y todo es más intenso, todo lo que me rodea gira a paso lento, me paro a observarlo todo y saboreo cada instante mucho más. Es como… como si en dos años largos hubiera vivido una vida entera formada por instantes perfectos, debido posiblemente a la intensidad percibida en cada uno de esos instantes de él.
Con el tiempo te das cuenta de que, en realidad, el futuro no es lo más importante, sino que es justo el momento que estás viviendo en ese instante.
A veces me parece impresionante. Y adoro cómo me siento, cómo me hace sentir, incluso aunque me ruborice cuando él está presente. Si no existieran esos instantes no podría llamarse “Amor” con mayúsculas.
Si algo me queda por decir antes de que se me cierren los ojos esta noche quizás sean susurros en sueños. Es hora de ir a soñar con él, de desearle “Dulces Sueños”, aunque sea únicamente de pensamiento y ese deseo no llegue hasta él.
Es la una. Es hora de marchar.
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