Este fin de semana me gustaría compartirlo con un ángel. En todos los sentidos. Me gustaría compartir las risas, los momentos de preparativos, el baile después de cenar y el abrazo antes de que despierte el domingo. Incluso los nervios incipientes que empiezo a sentir. Es cierto que apenas tengo nervios, pero algo casi invisible sí que siento. Y me encuentro feliz por la felicidad que veo en los ojos de mi hermano y de su novia.
Hoy quiero ir a soñar antes de que den las dos. Últimamente me cuesta dormir ante la perspectiva del fin de semana, pero cuando pienso en él, en su mirada perfecta, en su sonrisa misteriosa, en esa voz tan sensual, en ese rostro angelical me quedo dormida plácidamente. Pienso en él y me encuentro en paz, feliz.
Podría revivir el momento en que le he visto esta mañana, cuando nuestras miradas se han cruzado durante un instante, podría escuchar de nuevo su saludo y lo guapo que estaba. Y podría recordar con facilidad lo que ha pasado por mi mente en ese momento: cuando he sentido el profundo deseo de acariciar ese rostro tan querido, de tocarle el pelo, de mirarle a los ojos y de susurrarle palabras que sólo sus oídos son dignos de escuchar. Entonces he sentido que me ruborizaba.
Después me he marchado y, al regresar, cuando iba caminando por la calle, le he vuelto a ver. Entre la multitud de gente que sale a las calles en el mes de agosto, caminaba él, con ese aura mágica que le rodea. Guapísimo.
Estoy muy enamorada. Cuando releo mis palabras me doy cuenta de todo lo que le quiero, de todo lo que no me atrevería a susurrarle y de cómo mi corazón palpita tan fuerte con la mera mención a esos instantes de él.
Ahora es un buen momento para ir a soñar con esa persona que tanto me da cada día, que hace que sueñe por las noches, que consigue que me sienta viva con su magia...
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