Acaban de sonar las doce campanadas en el reloj de la iglesia. Siempre me ha reconfortado el tañer tranquilo de esas campanas que desde que era pequeña me han acompañado. Creo que está atrasado ese reloj.
Cuando era una adolescente y en la época estival, ese sonido significaba que era la hora de volver a casa.
Hoy en día me resulta demasiado familiar, me advierte que en breves tendré que ir a encontrarme con los sueños. Y en los sueños siempre me reencuentro con un ángel. Él es uno de los motivos por los que me guste tanto soñar. Y me gustaría tanto compartir mis sueños con él...
Llevo muchas semanas que, a duras penas, consigo aguantar no decirle nada. A veces el espíritu impetuoso me impulsa a decirle algo, pero ya he aprendido a engañar a mi corazón. Es tarea ardua y complicada, pero no imposible.
¿Qué tiene él que no tiene el resto de la gente, que me lleva a hacer cosas sin pararme a pensar en ello? Es obvio que lo tiene todo. Lo cierto es que me apetecería tomar algo con él cualquier sábado por la noche, pero no sé cuándo ocurrirá eso, porque el jueves empiezan las fiestas de mi pueblo y esta vez no le he dicho que viniera; ni siquiera se ha dado la oportunidad, ya que las veces que coincidimos en algún sitio él siempre está acompañado y yo me encuentro hechizada por su presencia, por su mirada perfecta, por las notas suaves de su voz. Me siento tan tocada por esa magia que proviene por él, que mi imaginación me lleva a imaginar...
Me encuentro realmente enamorada.
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