Cuando estoy en el jardín, el perrito suele acompañarme, porque siempre quiere jugar. Pero esta tarde hacía mucho calor al sol y mucho frío a la sombra. Mientras que yo estaba al sol, él se ha sentado a la sombra de un arbusto y ahí se ha quedado hasta que, después de un rato, he movido la toalla hacia la sombra proyectada por la casa, porque me estaba tostando de calor.
Hoy tiene un ojo lloroso, como siempre es cosa del lagrimal obstruido que nunca nos decidimos por que el veterinario se lo opere, así que de vez en cuando tenemos que limpiarle el ojo con manzanilla, como ha ocurrido esta noche. El perro no soporta que le restreguemos una gasa con manzanilla sobre el ojo, pero un rato después lo agradece chupándote.
Un amigo me dijo una vez que el perro siempre nos sonsacaría una sonrisa al final del día, cuando llegues del trabajo y se ponga a mover la cola y a saltar a tu alrededor. Ese amigo también tiene un perro. Y es cierto que dan muchas alegrías. Además, con Yoguito, hay que añadir que últimamente es muy llorón y que se pone tan protector conmigo que si alguien me toca se pone a llorar y le mira fijamente, incluso a veces enseña los dientes. Mi hermano pequeño suele hacerle rabiar con este tema. Y el perro llora y llora.
Es difícil no sonreír con el perro. Recuerdo el día que mi cuñada y yo nos apropiamos del mando de la televisión porque no queríamos ver fútbol y mis hermanos nos querían quitar el mando. El perro se puso en medio y empezó a ladrar a mis hermanos, tanto que estos se dieron cuenta de que el perro estaba con nosotras que nos terminamos echando unas carcajadas. Menos mal que no es de gran tamaño...
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