domingo, agosto 28, 2011

¿Dónde están los ruidos?

Hace tan sólo una semana era natural escuchar ruidos de todo tipo por las calles. Mi ventana da a dos pequeños parques que en las últimas semanas siempre estaban llenos de niños. Al dormir con la ventana abierta, les escuchaba reír o susurrar hasta que me quedaba dormida. Sus voces me hacían sonreír. ¿Quién volviera a ser niña...? A la memoria me venían las noches jugando a tierra descubierta, las veces que nos sentábamos en círculo en algún lugar con una luz muy tenue para contar historias de miedo, cuando nos poníamos a caminar durante horas a cualquier sitio aislado donde nadie supiera que estábamos, cuando jugábamos a Macarra, los círculos que formábamos bajo alguna farola donde se acercaban los grillos que intentábamos cazar y sobre todo las noches en que buscábamos un lugar cómodo donde tumbarnos a ver una lluvia de estrellas fugaces. Casi tres meses sin hacer nada, tres meses que se pasaban volando. Echo de menos las voces de los muchachos que susurraban hace unos días bajo mi ventana.
Las calles se han convertido en silenciosas y, por tanto, ahora son algo inquietantes. Con un poco de suerte, quizás aún podamos encontrar algún corro de gente jugando a las cartas en algún rincón, en la bajera de alguna casa... pero no serán veraneantes, sino la gente del pueblo, la que nunca se mueve de aquí, las mismas personas que en unos pocos días nos observarán desde la ventana.
Y como el tiempo ha refrescado tampoco se ve ya a gente de paseo, gente animada que sale a la calle después de cenar y que hablan de las nuevas casas, de los nuevos vecinos, de quién ha fallecido este año o de dónde es el nuevo propietario de esta casa.
Sé que mi pueblo terminará convirtiéndose en un pueblo de veraneo. Es inevitable. Lo llevo observando desde hace décadas. Las casas que se han vendido han sido completamente reformadas, con ladrillo caravista o piedra sillar, tienen fachadas espléndidas, pero las contraventanas de madera están cerradas la mayor parte del año. El pueblo se revaloriza al restaurar estas casas antiguas, pero durante el invierno se convierte en un pueblo fantasma.
Es normal que me dé pena que se acabe el verano. Aunque no he tenido vacaciones, echo de menos esa alegría que hace tan sólo unos días se sentía en cada calle.

Hasta el próximo verano.

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