Hace aproximadamente un año todavía estaba con nosotros. Mi padre siempre me decía: "Llámale a menudo porque quizás, el año que viene, no puedas hablar con él". Me sorprende, ciertamente, el ojo clínico de mi padre -demostrado en muchas ocasiones- y, una vez más, tenía razón.
El año que viene ya ha llegado y en la actualidad no puedo marcar el teléfono de mi tío porque ya no está con nosotros. Porque al amanecer de un otoñal día de septiembre se fue para no volver.
Evoco en mis recuerdos aquellas innumerables llamadas: siempre que me acordaba de él marcaba su número y hablábamos un rato. Recuerdo mis palabras cargadas de un ánimo implícito, que seguramente no le pasaba desapercibido.
-Tío, ¿cómo te encuentras hoy?
-Ay, sobrina, no me encuentro muy bien, la verdad.
-Venga, tío, que no será para tanto...
Lo que daría hoy por poder hablar con él una vez más. Ya sólo puedo hacerlo evocando los recuerdos candentes que, en cierto modo, atormentan mi cabeza. No quise creer nunca las palabras de mi padre: "Quizás el año que viene no puedas hablar con él", pero una vez más tenía razón.
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