En estos momentos debería haber aparecido por mi casa, y sin embargo sigo en Salamanca, donde este calor pegajoso me agota de manera incansable. Es ese calor en el que parece que caminas por un desierto y los granos de arena se te adhieren incesantemente a la piel, y no consigues que se vayan aunque te des cien duchas diarias. Así es el calor de la meseta. Diferente y extraño.
Si hubiera ido este fin de semana le hubiera visto, estoy segura. A veces creo que le evito para que no me haga daño. Me he preguntado en incontables ocasiones si él es consciente de lo que hace. Y cuando intento evitarle un poder oculto en mí me impulsa hacia él y en esos momentos no me importa caer al vacío, aunque luego me levante llena de golpes. Porque ha sido así una y otra vez.
Me pregunto por qué no puedo olvidar, por qué no puedo perdonar, por qué no puedo soñar. Doy mil vueltas intentando expulsar este hechizo fuera de mí, y cuando creo haberlo conseguido vuelvo a recaer. Es como una droga que viene y va. A veces me entra el "mono" y necesito saber de él. Y al momento siguiente no quiero saber nada. Pero sigue latente. Algo me mata por dentro y lo mismo me hace revivir varias horas después. Quiero desconocerlo todo de él y sin embargo quiero saberlo todo.
Y cuando me voy a dormir le tengo a mi vera, como un fantasma que nunca termina de desaparecer. Sigue a mi lado, me mira y sonríe, no dice nada y no termina de desaparecer. Golpeo la cama para terminar con la magia, pero incansablemente su aura sigue ahí, desafiándome. Entonces lloro en silencio.
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