lunes, julio 28, 2008

Carta a los intolerantes

Una vez tuve un novio con quien la convivencia se hizo insoportable. Tenía que escuchar la música que escuchaba él, ver siempre lo que él quería ver, tenía que gustarme lo que a él le gustaba, llevar el pelo como él quería y vestirme como a él más le agradara. Ni que decir tiene que no duró mucho.
No soporto que intenten controlarme de esa forma. Cada uno es como es, entonces no comprendo que alguien intente cambiar nada de mí. Yo no intento cambiar a nadie, entonces ¿por qué siempre llega alguien que intenta cambiar algo de mí? Tengo demasiada personalidad como para cambiarme de la noche a la mañana. De ahí que alguien que no respeta mi música, mis aficiones, mis gustos, mis formas, mi pelo, mi ropa o cualquier otra cosa que salga de aquí no merece tampoco mi respeto. Para mí esa persona siempre será un intolerante. Intolerante porque siempre creerá que la música que escucha es la mejor, que no hay películas comparables a las que él ve, que su coche es el mejor y, para no alargar, todo lo que posee o tiene o siente estará siempre por encima del resto de los humanos. ¿Por qué? Siempre hay coches, películas, cantantes y PERSONAS mejores que él. Que algo te guste no quiere decir que tenga que ser lo mejor. Mucha gente asocia una cosa a la otra, y a mí me quema que sea así. Me quema que exista este tipo de gente, porque terminan convirtiéndose en personas insoportables, para "echarles de comer aparte".
Por supuesto, después todos los que se cruzaron en mi vida tuvieron que pasar "la prueba del algodón". Algunos que vinieron a mi casa redecorada para la ocasión que ellos desconocían se encontraban con discos de la música más estrambótica posible desperdigados por ahí, junto a películas romanticonas, libros extraños y revistas de adolescentes. Saltaba a la vista todo aquello, y a la vez era una distancia que hacía que realmente no supieran nada de mí, pues nada de aquello me interesaba lo más mínimo; lo que de verdad despertaba cierto interés en mí era la reacción de mi "víctima".
Puede parecer cruel por mi parte, pero no soporto la intolerancia. De ahí que muy pocos pasaran la prueba. Yo soy de esas personas que siempre me guardo mis impresiones para mí, siempre en relación a este tema, respetando por tanto los gustos de la gente. Es decir, que si yo voy a casa de alguien y veo discos que no me gustan o de esos con los que me entre la risa fácil no moveré un músculo de la cara. Suelo mantenerme impasible. Siempre he pecado de observadora pero no criticaré los gustos personales de alguien porque a mí no me guste lo mismo.
Lamentablemente es algo que ocurre en el día a día. Y a mí no es algo que se me escape.

Por eso adoro a F., porque respeta todo. Porque una vez que me llevó el coche a casa, alegando yo que la magnitud de mi borrachera era tal que no podría conducir, y cuando le dije que tenía flamenco (concretamente, Camarón de la Isla) no se inmutó. Es más, me dijo que lo pusiera. Lo llevaba en el coche después de haber visto las reacciones contrariadas de la gente cercana a mí, que se echaban las manos a la cabeza cuando lo ponía. También porque aquel coche lo compartía con mi padre, de quien he heredado esos gustos por el flamenco y la curiosidad por las tradiciones gitanas.
F. es melómano, de ahí que su reacción me llamara tanto la atención. Escucha de todo, toca muchos instrumentos de oído, conoce todo tipo de música... pero no imaginaba yo que Camarón fuera algo que le entusiasmara.
Ahora, cuando recuerdo momentos como aquel, no comprendo cómo hemos llegado a la situación actual. Le busco en otros brazos, en otros ojos, en otros labios... pero no le encuentro en ningún sitio. Y el orgullo me impide, por ende, decirle nada.
Siempre, como seres respetuosos, educados y tolerantes que somos los dos, nos saludaremos, pero algo se rompió entre nosotros, porque un día la magia simplemente dejó de fluir.

Hablaba de intolerancia y he terminado hablando de uno de los seres más tolerantes que he conocido nunca.

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