jueves, julio 17, 2008

F. de fantasma(*)

A escasos cinco kilómetros de mi pueblo se encuentra la Villa (dejaré este nombre para no tener que citar su verdadera denominación). Como ocurre siempre entre pueblos vecinos siempre han estado enfrentados, siempre existió ese rifirrafe permanente que se incrementó con el paso de los años.
En los primeros años desde que empecé a tener uso de razón jamás la Villa ni sus habitantes me llamaron especialmente la atención. Mi pueblo le doblaba tanto en extensión como en personas, y no creía que allí hubiera algo atrayente que no pudiera encontrar en mi pueblo.
Ellos, para moverse por el resto de la comarca, tenían obligatoriamente que pasar por mi pueblo. Y a una temprana edad ya se notaban pequeños enfrentamientos entre los que entonces éramos unos niños. Porque... ellos venían en bicicleta hasta el cuidado paseo que llevaba a la ermita de mi pueblo, la misma que nosotros frecuentábamos casi a diario tirando de bicicletas. No había entonces un bar ni un albergue, pero los cerezos y otros frutales nos ofrecían una merienda sana, y teníamos dos viejas fuentes para aliviar nuestra sed. El ermitaño, un hombre muy mayor, siempre estaba alerta pues no le gustaba que los niños nos subiéramos a los árboles, y mucho menos que apaleáramos los cerezos cargados de frutas maduras.
Aquellos fueron los primeros contactos entre F. y yo. Con el paso de los tiempos, la ermita se arregló, se construyó en el recinto vacío, junto a la iglesia, un albergue y un restaurante-cafetería que atraería al turismo de forma insistente, sobre todo en los meses que ocupan la primavera y el verano, aunque también en las otras dos estaciones, ya que, siendo un lugar aislado, resulta un buen sitio para descansar de los trajines actuales, rodeados de un entorno natural.
Con catorce años llegó el furor de las motocicletas. Casi todo el mundo tenía una que se había agenciado a través de la Caja de Ahorros, de ahí que aquello pareciera un ejército en tonos negros y blancos, pues sólo existían entonces aquellas dos gamas. Por lo demás, todas las motos eran iguales y de la misma marca. ¡Qué tiempos aquellos! Ir a la ermita y pasar "escondiéndonos" de los guardias de turno en el cuartel, que nos pillaba de camino. Porque no sabíamos lo que eran las licencias ni los seguros, ni mucho menos los cascos, que nos estorbaban. Transgredíamos todas las reglas, porque además las motos eran individuales, y nos rebelábamos montando alguna vez hasta tres personas en la misma moto. Como resultaba "peligroso" pasar por las dependencias de la Guardia Civil, cambiamos la ruta de la ermita, la ruta de siempre, por la de la Villa, así no tendríamos que escondernos. ¿Y qué hacíamos al llegar a la Villa, donde fijábamos una mirada sucia a nuestros vecinos? Sólo se nos ocurría recorrerla de arriba a abajo, llamar timbres y montar en las motos corriendo para alejarnos lo suficiente como para que no nos echaran la culpa de nuestras inocentes fechorías. Luego nos sentábamos en las puertas del bar, con un refresco o un helado, y nos dedicábamos a reírnos de todo aquel que se pusiera delante. Era algo que no podía durar entre dos pueblos tan cercanos, donde todos se conocen, pues un buen día una mujer se nos acercó para interrogarnos, o más bien, para corroborar quiénes eran nuestros padres o nuestras familias. Seguimos acudiendo a la Villa, pero con un poco más de formalidad. También los de la Villa iban a nuestro pueblo -en idénticas motos sacadas en la misma Caja de Ahorros-, aunque siempre se comportaron con más rectitud que nosotras.
Dos años después había llovido mucho desde nuestras pequeñas travesuras en la Villa. Llegó el verano y me habían quedado dos, de estas asignaturas que no me gustaban nada porque no entendía que los números pudieran formar una ciencia exacta cuando yo los veía tan enrevesados. Yo llevaba unos meses con un profesor particular que me enseñaba matemáticas, pero en verano acudiría dos semanas con retraso, porque haríamos un intercambio con Francia. Y al incorporarme... ¡cuál no sería mi sorpresa cuando vi que ya no iba a estar sola en clase! Por supuesto, los quince días que estuve ausente no se notaron porque habían aprendido cosas que yo ya sabía de los meses previos, aun así seguía estando bastante avanzada en cuanto al resto, que llevaban tan poco tiempo dando clases. Seríamos unas diez personas: gente que conocía de vista únicamente y con los que se consolidó una amistad duradera, un ex compañero de clase con el que me junté desde que llegué por la confianza que teníamos del pasado y F.
Ni que decir tiene que yo a F. ni le miraba, y si lo hacía le ponía mala cara. Los sentimientos comunes de ambos pueblos se inculcaban también a nivel individual. Pero el roce hace el cariño. A finales de verano nos llevábamos bastante bien, sobre todo porque era una época en la que empezábamos a salir de fiesta y coincidíamos en algunos bares. Obviamente nos saludábamos y a veces conversábamos durante bastante tiempo. Lo que hacía que mis amigas me miraran de forma extraña por charlar con el "enemigo", y lo que suscitaría una predisposición positiva de los amigos de F. en lo que tocaba a mi persona. Eso duró bastante tiempo, pues cuanto más coincidíamos más hablábamos. Podría haberse convertido en una gran amistad. Los de la Villa empezaban a caerme bien y me daba la sensación de que era algo recíproco.
Entonces llegó el caos. Una vez que me quedé en verano a hacer un curso en Salamanca, aunque también porque tenía un noviete aquí, un amigo mío trajo una ouija e hizo preguntas. En una de esas preguntas salió el "alias" con que se le conoce a F. Creí morirme. Ni que decir tiene que ahora miro el espiritismo con respeto y que no he vuelto a hacerlo.
Las relaciones entre mis amigos y los de la Villa fueron empeorando hasta que en un fin de año se zumbaron. Mis amigas y yo, que en esos momentos, veíamos a los de la Villa como "posibles amantes", sobre todo porque cada una tenía puesto el ojo en uno de ellos -sin coincidir-, que ahora teníamos un coche y siempre terminábamos haciéndoles una visita... nos aterrorizamos al descubrir que nuestros amigos de siempre y los de la Villa habían llegado a las manos, con claras ventajas para los muchachos de nuestro pueblo (en una proporción de cuatro a uno). Con motivo de una extraña compasión hacia los vencidos y para demostrarles a nuestros amigos que "el listón no se podía dejar alto" por medio de puñetazos, acudíamos a la Villa día sí y día también, produciendo desconcierto entre nuestros amigos, que se iban enfadando poco a poco, y alegría entre los de la Villa.
Después de una de las acampadas organizadas por el entonces sacerdote, donde los de la Villa subieron al monte a vernos en una velada, convencidos por el cura que conocía nuestro afecto personal por los muchachos, al regresar del monte y, para ayudar a recoger, vino F. con un amigo, que nos llevarían a tres de nosotras hasta nuestro pueblo en coche. Y fue a aparcar enfrente de donde estaban nuestros amigos, que no vieron con buenos ojos aquello. Fue la gota que colmó el vaso; nos la jugarían y antes de decir nada respecto a los de la Villa nos pensaríamos dos veces dar la espalda a los de nuestro pueblo.
Como todas las noches, acudíamos todas al café en la terraza de un bar. Aquel día no hubo café. Nos bloquearon todas las salidas para que no pudiéramos huir y nos calaron con globos de agua. Lo cierto es que resultó gracioso, aunque no habían terminado. Nos "acompañaron" al bebedero, lleno de babas que dejan los rebaños de ovejas. Y nos echaron dentro a todas, con la fatal consecuencia de que nos impregnó un hedor insoportable, mientras ellos se mofaban, vigilantes para no darnos la oportunidad de escapar: "Venga, ¿y ahora dónde están los de la Villa? ¿No van a venir a defenderos?". Al final, salimos; era obvio que ellos no nos tocarían tal y como íbamos. Durante todo aquel verano hubo risas a nuestra costa. Y resultó gracioso.
En mí algo había empezado a florecer. Su nombre era F. y empezó a quitarme el sueño.

Continuará...

(*) No considero a F. un fantasma respecto a aquel sentido despectivo que implica esta palabra. Es un fantasma interior, un fantasma del pasado, un fantasma que nunca termina de desaparecer, que aparece cuando menos lo espero. Es una falacia, fue una fantasía. En la actualidad es un fastasma interior que tengo y que deseo que salga fuera. Sólo sacando al exterior a ciertas personas se puede empezar a olvidar. Y para sacar esos fantasmas interiores es necesario escribir sobre ello.

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