(Esto es la continuación de lo que titulé ayer como F. de fantasma).
¿Cuándo empiezas a darte cuenta de que tu interior se ve inundado por una consecución de sentimientos tales que te sientes incapaz de controlar? ¿Cómo te das cuenta de que es el AMOR de tu vida, la única persona con la que te imaginas un futuro común, el único ser de este planeta con quien alcanzarías la felicidad plena?
Supongo que primero fue la admiración, luego la imaginación, la necesidad de verle y hablar con él, mirarle de manera diferente, sentir la dicha estando a su lado y sentirte desdichada si él no estaba cerca...
¿Cómo se fabrica el amor? Realmente no quería pensar entonces en que lo que yo sentía era amor, sólo lo veía como un cúmulo de sentimientos que por una parte me agradaban y, por otra, me quemaban.
Él se dio cuenta, claro. Supongo que le hablaba de forma diferente en comparación con épocas pasadas, supongo que mi mirada se fijaba intensamente en él, con una luz nueva. Y él supo leer en ella, supo interpretar los signos. Ni siquiera yo me daba cuenta de que me había convertido en una persona transparente para él. La relación era cordial; éramos, antes que otra cosa, amigos, y eso era un tesoro que debíamos haber guardado en una cajita.
Pero para que dos personas lleguen a estar juntas debe haber una armonía de elementos externos que se conjuguen. No se dio o no supimos verlo. También notaba yo la atracción por parte de él, pero lamentablemente sus amigos influyeron en su decisión, y él empezó a tomar unos aires de superioridad si yo me acercaba a él que empezó a dolerme el alma. Algo había cambiado y los dos éramos conscientes de ese cambio.
Entonces llegó la fatalidad. Un día, entre los efluvios soporíferos del alcohol de discoteca, inundada por una rabia por algo que me había dicho, le espeté lo del espiritismo. Su rostro fue primero de sorpresa, luego se ruborizó y finalmente se enfadó. Discutimos, fue ésta la primera bronca de muchas que se pudieron haber evitado. El río se había desbordado, y nosotros no podíamos detener la corriente; las aguas corrían su curso por cauces desconocidos. Algo se rompió esa noche, pero la atracción seguía siendo fatal.
Otro de los hechos que nos han separado siempre ha sido la distancia. No considero que sea un obstáculo para cualquier tipo de relación, pues si la distancia no la rompe, dicha relación se fortalece. Entre los brazos de otros, le escribía palabras de amor, pero sólo recibía aquellas letras donde cualquier sentimiento se ocultaba, aunque estuviera implícito. Estaba segura de que él sabría leer entre líneas, aunque tampoco podría asegurarlo al 100%. Las cartas dejaron de fluir cuando hizo algo que no me gustó, que a ciertos allegados suyos no les pareció bien y me lo dijeron. Entonces desconfié de él y desconfié de los que le rodeaban. Una vez me confesó que le gustaban mis cartas, que decía mucho en pocas palabras y que a veces algo le impulsaba a responderme, pero al final nunca lo hacía. Era su timidez, yo lo sabía. Aun así no me convenció para que volviera a escribirle nada después y, si lo he hecho, nunca más lo ha recibido. Un día simplemente te das cuenta de que no confías en él.
La distancia se fue acrecentando. Apenas nos veíamos o coincidíamos, aunque alguna vez casualmente nos dejábamos caer por la Villa, sin éxito. Lo más probable era no encontrar un alma allí. Entonces es cuando llegó el caos. Me ennovié con todo un personaje de otro pueblo vecino y pasábamos allí las calurosas tardes veraniegas. ¡Y cómo son las cosas! Si había alguna persona que no hubiera querido ver allí en aquellos momentos era el mismo que encontraría a menudo en aquel pueblo, tanto en fiestas como días menos cantados. Sé que allí F. pensó que me había perdido para siempre -aunque yo me diera cuenta mucho más tarde- y sé que le dolió enterarse de por qué frecuentaba yo tanto aquel sitio, aunque delante de él jamás permití a mi pareja de entonces que me besara siquiera. Sabía que sería doloroso para F. y yo le evité ese dolor. No es lo mismo que te cuenten algo que verlo con tus propios ojos.
Y como las relaciones no pueden ser de tres, sabía de antemano que aquella estaba destinada al fracaso. Aunque aquel noviete no supiera de una tercera persona, yo fui infiel de pensamiento, porque la imagen de F. martilleaba mi mente una y otra vez.
Después del verano pasé por una de las épocas más duras de mi vida; vivía en el infierno. Comprendí lo que era tener miedo.
Y entonces llegó el último día de ese fatídico año. Bailaba en la pista de la discoteca con varias personas más, cuando alguien me cogió de la mano. Era una chica de la Villa. Recuerdo que me reí de la situación, de las vueltas que da el destino, de que lo que hoy es negro mañana resulta ser blanco... cuando me dijo que F. quería hablar conmigo, señalándome el sofá donde se encontraba él, observándome. Me sentí confundida, no comprendía. ¿Qué quería ahora?
No podría jamás perdonarme si en ese momento no me hubiera acercado, aunque sólo fuera porque sentía una curiosidad infinita. Y descubrí lo que había en su interior: se sentía celoso por mi relación estival y me lo hizo saber (mi corazón estaba alborozado de alegría). Pero también descubrí un dolor pasajero, de ahí que tuviera que quitar importancia y desechar al que él había visto como un posible rival, que varios meses después no significaba nada para mí. Desconozco cuáles eran sus intenciones esa noche, aunque es de imaginar. Él sabía que me podía tener cuando quisiera e iba a demostrarlo. Caí en la cuenta de esto después de llevar un rato hablando con él. Y me pregunté si yo le quería sólo por una noche. Lo cierto es que le miré, me estaba tanteando, me sentí desnuda por vez primera ante él (después he tenido esta sensación tantas veces que sería incapaz de contarlas todas, con F. siempre, pues es la única persona de este mundo capaz de dejarme sin defensas) y algo se desmoronó en mi interior. No, yo no le quería para una noche. Si él buscaba en mí algo pasajero no lo hallaría jamás. Yo le quería para toda la vida, para mí sola; si no podría tenerle de esta forma, no le tendría de ninguna manera. Y así fue como, educadamente, me despedí y me fui, lejos de donde pudiera abarcarme su mirada, lejos de donde pudiera encontrarme. No me arrepiento de haberme ido, a pesar de que le deseaba como a nadie.
Aquello no me lo perdonó nunca. A mis ojos se convirtió en un ser muy cruel, que conmigo empezó a ser arrogante y prepotente, cualidades de las que carecía, pero que le salían al exterior si osaba acercarme a él.
Empezaba a hacerme daño. Yo había sentido algo bello por él y él lo estaba destruyendo. Sólo veía una posible solución para que la marejada no fuera a más: dejarle de hablar. Durante un año largo, con dos veranos por medio, empecé a huir lejos de F. Cuanto más le evitaba más me cruzaba con él. A veces me daba la sensación de que él me buscaba, intentaba el acercamiento, pero sabía que posiblemente yo seguiría en mi línea de silencio. Y comprendí que empezaba a provocarme. Que si entraba en un bar y estaba de espaldas, enseguida se ponía frente a mí, sin quitarme ojo; que si me sentaba en un banco alejado de alguna verbena veraniega, él se iba acercando hasta ponerse enfrente del banco y, por tanto, de cara a mí... Pero yo seguía en mis trece. Me había herido en el orgullo, sentía que había jugado con mis sentimientos. Me intentaba evadir con otros, muchas veces buscando el parecido físico con F., pero con ninguno funcionó. Seguía amándole, pero cada vez era más inalcalzable y, por tanto, empezaba a idealizar una de las pocas imágenes positivas que recordaba de él. Nadie podría jamás eclipsarle, más bien era al contrario: sin haber existido nada entre nosotros dos, él era quien eclipsaba a todos los demás, aunque sólo fuera por su presencia en mi mente o por los sentimientos que ensalzaba mi corazón.
Hace tres años me puse a trabajar en verano en Salamanca. Aquello significaba que no aparecería por casa mucho más, pero también acrecentaba la distancia con F. En parte, sabía que podría trabajar en mi tierra; sin embargo, yo quería evitarle. De este modo, no le vería ningún fin de semana y no me reportaría ningún tipo de dolor. Lamentablemente, a los diez días de empezar y estando en Ávila por cuestiones laborales, me ingresaron en el hospital para operarme urgentemente de una hernia umbilical. En una semana ya estaría en casa restableciéndome, poco a poco. Con la tripa grapada y con un inmenso apósito, dos amigos me convencieron para ir a la Villa, donde había una barra de fiestas y tocaba, entre otros, un grupo de música formado por jóvenes de nuestro pueblo. Accedí, aunque les costó convencerme. En el coche, pensaba que las grapas saltarían de los nervios que empezaban a invadirme. Sin embargo, nada resulta siendo como creemos que va a suceder.
Esa noche conocí a un F. tierno, como no le había visto nunca. No sé si influía algo de compasión por mi convalecencia o el hecho de que llevara más de un año sin dirigirle la palabra... hasta esa noche. El caso es que, en un rato, empecé a sentir mucho frío. Tenía la espalda al descubierto y busqué a su hermana, con la que me llevo bastante bien, pero no la encontré. Así que no me quedó más remedio que pedirle un jersey. Me aseguró que me traería un jersey de su hermana que no compaginaba muy bien con mi ropa, pero le dije que no me importaba. No sé en qué pensaría para aparecer con un suéter suyo. No sé qué pensar de esto. En realidad, parece que en el último momento prefirió dejarme algo propiamente suyo. No sé si quería decirme algo con un detalle tan nimio como ese, a mí no es algo que me pasara por alto. Sobre todo cuando le dije que se lo llevaría al día siguiente y me respondió que mejor dos días después porque sino no le encontraría allí. Lógicamente yo fui al día siguiente, quería mantenerme distante.
Después todo empezó a ir de mal en peor. Si hablábamos nos hacíamos daño. Yo le chinchaba y él se enfadaba. Me di cuenta de que éramos dos desconocidos, que estábamos destinados a no entendernos, de ahí que muchas de las cosas que nos decíamos se vieran sujetas a malinterpretaciones. Para mí sus palabras eran a veces como aguijones venenosos que en ocasiones daban en la diana. Eso me entumecía y me lastimaba lentamente, por lo que el dolor nunca se terminaba, más bien al contrario, se alargaba.
En estos dos años me ha hecho mucho daño. Finalmente he intentado olvidar, siendo consciente de que olvidar es imposible, pero sobre todo porque lo que más se tarda en olvidar es lo negativo, el dolor y a aquellos que te causan daño. Y además es una persona que lleva tanto tiempo dentro de mi vida interior que me resulta casi imposible. No hay trucos para olvidar. Cuanto más lo intento, más pienso en él. Sé que si le vuelvo a quitar la palabra será algo definitivo y esto me duele, si cabe, más. A veces pienso qué clase de persona es una que hace daño de manera premeditada, siendo consciente de lo que está haciendo. Sería un monstruo. No quiero pensar que F. es un monstruo y me aferro a la idea de que lo hace de forma inconsciente, aunque a veces dude.
Sé que nacimos para estar juntos y si no es así, los dos seremos muy infelices. Pues es F. la única persona que me hará feliz y él, de la misma forma, sólo será feliz conmigo. Últimamente mantiene relaciones pasajeras con algunas chicas, y sé que están destinadas a fracasar, como en el pasado ha ocurrido con mis ex parejas. Él todavía no lo ha comprendido, pero algún día se dará cuenta. Sólo podremos encontrar la felicidad plena si estamos juntos. Sé que algún día, al despertar, lo primero que veré serán sus ojos, y me inundará una felicidad insólita; y por la noche, al dormir, será su rostro lo último que vea. Sí, me ha hecho mucho daño, pero es cierto que no existe amor sin dolor. Sé que él, de alguna forma, me ama. Yo también sé leer en su mirada. Un día, consumaremos nuestra unión porque nuestras vidas estan predestinadas a estar juntas, vivir y morir juntas, que él es carne de mi carne y yo soy carne de su carne. Y finalmente encontraremos esa felicidad que aún ninguno de los dos hemos encontrado.
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