sábado, julio 12, 2008

Don Quijote de La Mancha

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El único libro que se me ha atragantado en mi vida siempre ha sido éste. No era tanto la forma en que está escrito, utilizando un lenguaje que ahora está obsoleto, sino la pereza que me dio siempre cogerlo y leerlo verdaderamente; aunque me alegro de que haya sido ahora cuando me ha dado por devorarlo, pues, de haber sido antes, no lo hubiera valorado como la joya que es. El año pasado conseguí terminarme la primera parte y en ocasiones anteriores había leído trozos, cómics y visto las películas. La historia no me era desconocida, como imagino que le ocurre a todo el mundo. Pero quería descubrirla de primera mano. Y esta vez la he cogido con ganas y con humor. Pues lo que es cierto es que éste es un libro que hay que leer con buena disposición y con ganas de humor. Y, ahora, cuando lo he acabado, estoy segura de que volveré a retomarlo en alguna ocasión, sobre todo en momentos en que necesite reírme, pues me he reído con el Quijote como pocos libros han conseguido hacerme reír. Y es que los célebres Don Quijote y Sancho Panza son dignos de colocarlos en un pedestal. Ahora me pregunto quién de los dos estaba más cuerdo, si amo o sirviente. Pues es de ser poco cuerdo quien, careciendo de enfermedades, se cree todo lo que ven los ojos del loco, a pesar de que vea algo completamente diferente.
Los dos personajes hacen que nos enternezcamos por ellos: por sus penas y sus glorias, por su humor y sus visiones, por sus disparates y sus enseñanzas... Y a la larga se les coge un cariño especial. Al final, cuando Don Quijote recupera la cordura en el lecho de muerte, se te cae la lagrimilla, pero sabes que un personaje como él no puede morir ni perecerá nunca, porque sus hazañas han terminado trascendiendo las fronteras de la literatura universal. Y es que son personajes únicos.

Alonso Quijano, un hidalgo de Argamasilla de Alba, ha perdido el juicio tras leer numerosos libros de caballerías y un día decide convertirse en caballero andante y salir en busca de aventuras, tal y como cuentan los libros que casi se sabe de memoria.
Para ello, busca nombres caballerescos para su flaco caballo (Rocinante), su amada Aldonza Lorenzo (Dulcinea del Toboso) y para sí mismo (Don Quijote de La Mancha). Y una madrugada, antes de que salga el sol, decide marcharse.

Los capítulos iniciales cuentan la primera salida de Don Quijote, donde va solo. Es una salida que no dura más de tres días.
Llega a una venta que es un castillo a ojos de Don Quijote, el ventero es el alcaide y las rameras, nobles doncellas. Don Quijote pide al ventero que le arme caballero. Esa noche no puede quitarse la celada ni la visera y le dan de cenar con una caña hueca. Nuestro caballero andante hace guardia en el patio mientras los demás duermen. Varios arrieros quieren ir a dar agua a sus mulos pero Don Quijote les ataca. El ventero dice que está loco, pero el resto de arrieros no le escuchan y le tiran piedras. El ventero le aconseja a Don Quijote que se provea de dinero y de un botiquín y otras cosas que necesita un caballero andante. Después, le arma caballero en campo abierto y le despiden.
Después de la venta, Don Quijote escucha unos gritos cercanos. Se trata de un criado que está siendo apaleado por su amo. El mozo Andrés se queja de que su amo no le paga la soldada y el amo le promete a Don Quijote que hará todo lo que el caballero andante le pide. En cuanto Don Quijote se da la vuelta, el amo vuelve a atar al criado y a pegarle hasta dejarle medio muerto.
Don Quijote se encuentra con unos mercaderes de Toledo, a los que les pide que ensalcen la belleza de su amada Dulcinea, pero un bromista entre ellos le pide que le enseñe su imagen para creer en la beldad de la dama. Don Quijote cree que son irrespetuosos y entra en lucha con ellos, pero Rocinante cae y Don Quijote no puede levantarse. Le pegan en las costillas y le dejan abandonado en medio del campo.
Tirado en el camino y recitando versos a voz en grito le encuentra Pedro Alonso, un labrador de su pueblo, que le ayuda a montar en el rocín y le lleva a casa. Allí la ama y la sobrina, además del cura Pero Pérez y el barbero, Maese Nicolás, se quejan de la larga ausencia del hidalgo y echan las culpas a los libros de caballerías.
Cuando Don Quijote marcha a la cama, barbero y cura deciden quemar los libros que han hecho que el dueño pierda el juicio de esa manera, aunque guardan algunos tomos.

Desde el capítulo 7 hasta el final de la primera parte se produce la segunda salida de Don Quijote, pero esta vez va acompañado por su fiel escudero, Sancho Panza o Sancho Zancas. Se mezclan historias de varios personajes, con lo que tendríamos una historia dentro de otra historia, algo muy propio de Cervantes. Así recuerdo otras novelas de Cervantes como El coloquio de los perros, que era la –podríamos llamarla- segunda parte de otra novela, El casamiento engañoso, pues en esta última uno de los personajes da a leer a otro su manuscrito que es justamente El coloquio de los perros.

Todo comienza en la casa de Don Quijote, donde la antigua sala en la que yacían los libros del protagonista ha sido tapiada por orden del cura y el barbero, para hacerle creer al hombre que es todo fruto de su imaginación.
Pero Don Quijote quiere marcharse en busca de aventuras y convence a un labrador pobre y crédulo, aunque también codicioso, Sancho Panza, para que sea su escudero y le acompañe. Así, un día antes del alba se ponen en camino. En estos primeros días ocurre la aventura de los molinos de viento, que Don Quijote equivoca con gigantes; ve un grupo de frailes de San Benito y les equivoca con encantadores y secuestradores, pues un poco más atrás en el camino viene una carreta con una mujer y cree que los hombres de negro la llevan cautiva. Y se enfrenta con el vizcaíno, criado de esta mujer, y aunque el vizcaíno desarma a Don Quijote, éste gana la contienda y le hace prometer que irá a hincarse de rodillas ante su amada Dulcinea.
Aquí Cervantes nos cuenta que consiguió un manuscrito árabe sobre la historia de Don Quijote y que estaba todo ello escrito por Cide Hamete Benengeli.
Por el camino Don Quijote habla del bálsamo curativo que cura todos los males y Sancho no ve por comprobarlo por sí mismo. Comen de las alforjas de Sancho Panza y tropiezan con unos cabreros, que les acogen entre ellos. Los cabreros convidan a la pareja y escuchan tocar el rabel a Antonio. Entonces llega un mozo del pueblo y les informa de la muerte del pastor Grisóstomo por los desamores de Marcela, una pastora por la que todos en aquellos montes suspiran. Los cabreros cuentan a Don Quijote y a Sancho la historia de la bella Marcela, una heredera rica convertida en pastora y de la que todos andan enamorados, así como lo estaba Grisóstomo. Van hacia el lugar del entierro y Ambrosio, el mejor amigo del muerto, le entrega a un caminante, Vivaldo, los papeles escritos por Grisóstomo sobre su amor rechazado. Vivaldo es uno de los pocos que se ha dado cuenta de la locura de Don Quijote. A Marcela se le culpa de la muerte de Grisóstomo por no haberle correspondido. Entonces aparece la bella pastora. Les habla con sinceridad y honestidad de su soledad, que ella ha elegido, y de que nunca ha dado celos ni debe amar por fuerza a nadie.
Don Quijote y Sancho siguen su andadura y, estando de descanso, Rocinante quiere refocilarse con unas yeguas, que evitan al flaco jumento. Viendo esto los dueños, que son gallegos y numerosos, le apalean. Se meten caballero y escudero en la pelea y también salen apaleados. De esta guisa, montado el caballero sobre el asno de Sancho, llegan a una venta, donde Don Quijote cree ver un castillo.
Ésta es la famosa venta que para el caballero andante será siempre un castillo encantado porque allí le ocurren las más inverosímiles aventuras. En la venta son curados por los venteros, la hija de estos y una criada asturiana y tuerta, Maritornes. Los dos comparten habitación con un arriero que ha quedado por la noche con Maritornes, pero viéndola llegar, Don Quijote la agarra y el arriero, celoso, le da numerosos puñetazos. Cuando el ventero se levanta por el ruido, Maritornes desaparece y los de la Santa Hermandad creen que Don Quijote está muerto.
Don Quijote hace el bálsamo de Fierabrás, que a Sancho le sienta muy mal. A Don Quijote también, pero al vomitarlo todo se queda bien y puede descansar. Los dos se intentan marchar, pero como no pagan el ventero discute con Sancho y éste es manteado por unos arrieros, mientras Don Quijote lo ve todo desde la tapia porque no puede entrar a la venta cerrada.
De nuevo en camino, ven polvaredas por los dos lados del camino. Don Quijote cree que son ejércitos y Sancho ve lo que dice su amo. Pero esos ejércitos no son más que dos rebaños de ovejas y carneros y, antes de que se crucen, Don Quijote decide entrar en la contienda. Es apedreado por los pastores y de esta guisa pierde varios dientes.
Es noche cerrada cuando por el camino llega una procesión de luto, que llevan a enterrar un cadáver. Con las luces de las antorchas, Don Quijote cree que son fantasmas y por ello les ataca, mientras Sancho Panza roba todo lo que puede en las alforjas de los curas. Cuando arreglan el malentendido, Sancho llama por vez primera a su dueño “El Caballero de la Triste Figura”. Comen lo que han encontrado en las alforjas de los curas, pero Sancho no ha conseguido nada para beber. Don Quijote y su escudero tienen mucha sed y, aunque cerca oyen el rumor del agua, se aterrorizan cuando escuchan los golpes secos cercanos. Don Quijote quiere ir pero Sancho ata las patas de Rocinante para que Don Quijote no pueda ir. Cuando amanece, descubren que los ruidos los producen los batanes (mazos) de un molino de agua. Y a Sancho le entra la risa, por lo que Don Quijote se enfada.
Don Quijote habla entonces de los caballeros que premian a sus fieles escuderos dándoles ricas tierras y así habla de la ínsula que le dará al escudero fiel. Entonces se encuentran con un barbero que lleva su bacinilla colocada en la cabeza para que la lluvia no le moje. Pero Don Quijote cree que es el famoso yelmo de Mambrino y arremete contra el hombre para arrebatárselo.
Luego sucede la aventura de los galeotes –hombres presos destinados a galeras- que van encadenados. Don Quijote va uno a uno preguntándoles cuáles son sus crímenes y decide ayudarles a soltarles, otorgándoles la libertad. Pero deben ir a postrarse ante Dulcinea. Pero los ingratos, encabezados por el criminal Ginés de Pasamonte, le apedrean y huyen.
Don Quijote y Sancho Panza entran en Sierra Morena. Allí encuentran una maleta con escudos de oro, que Sancho se guarda enseguida. En la maleta también hay escritos y ropas de calidad. Los pastores les dicen que pertenecen a un cabrero que tiene accesos de locura. Se trata de un muchacho rico que dejó todo para echarse al monte. Cardenio les sale al paso y les cuenta su historia. El joven estuvo enamorado de una muchacha vecina, Luscinda, y ella de él. Pero antes de pedir la mano, Cardenio tuvo que ir a servir al duque Ricardo, de cuyo hijo segundo, Fernando, se hizo muy amigo. Mientras Fernando seducía a una rica pastora, Cardenio suspiraba por su amada Luscinda. Cardenio vuelve a su casa acompañado por su amigo, que se vuelve envidioso de los amores de Cardenio y Luscinda. Entonces Don Quijote le interrumpe, Cardenio se enfada y huye sin terminar de contar el final de su historia.
Don Quijote decide que ha llegado el momento de hacer penitencia por su amada Dulcinea, igual que lo hizo Amadís de Gaula cuando se retiró en solitario, haciéndose llamar “Beltenebros”. Confiesa a su escudero el verdadero nombre de Dulcinea, a quien escribe una carta y le envía a Argamasilla montado en Rocinante. Don Quijote se queda en paños menores y haciendo locuras en medio del monte.
Mientras Don Quijote suspira por Dulcinea del Toboso, Sancho llega a la venta donde le mantearon y, aunque decide pasar de largo, allí se encuentra con el cura y el barbero de su pueblo, que están buscando a Don Quijote.
El cura y el barbero se disfrazan en la venta, donde los posaderos les informan de la estancia allí de Don Quijote. Sancho les precede y guía hasta Sierra Morena. Mientras el escudero se aleja de los disfrazados, el cura y el barbero escuchan cantar y descubren a Cardenio, que les cuenta su historia. Y aquí llega al final: Fernando, celoso de su amigo Cardenio, le envía a su casa a por dinero y el hermano del noble le retiene allí. Después de unos días, un hombre le trae una misiva de Luscinda en la que su amada le dice que se va a casar con Fernando, por la codicia de su padre y la traición de su amigo. Cardenio llega a tiempo de ver la boda y esconderse, pero Luscinda cae desmayada. Entonces Cardenio se echa a los montes a llorar la pérdida de su amada, que cree que le ha traicionado. Por eso quiere quitarse la vida.
El cura, el barbero y Cardenio escuchan a alguien quejarse, pero cuando se acercan descubren que es una bella mujer, Dorotea. Ella les cuenta que está huyendo porque el hijo de un noble, Fernando, la sedujo y le prometió en matrimonio, pero terminó casándose con otra mujer, Luscinda. Y por ello quiere quitarse la vida. ¡Qué pequeño es el mundo!
Dorotea decide ayudarles a hacer regresar a Don Quijote a casa. Se hace pasar por la princesa Micomicona, venida de un lejano reino de Guinea, amenazado por un gigante, y que ella viene buscando al caballero de cuya fama ha oído hablar. Don Quijote no podría casarse con ella por el amor que le debe a Dulcinea, y Sancho aprovecha para quejarse de esto. Don Quijote le apalea y luego hacen un aparte para ver a Dulcinea. Sancho Panza se ve obligado a mentir puesto que él no ha llegado a ver a la amada de su caballero.
Llegan a una fuente cercana a la venta, donde aparece el mozo Andrés, que se queja a Don Quijote de que fue apaleado por su amo doblemente y que, además, no le pagó lo que le debía.
En la venta, supuestamente encantada, el ventero saca una maleta con libros y papeles que el cura quiere censurar pues, según él, los libros sólo cuentan mentiras. Don Quijote se va a dormir y los demás hablan. Finalmente el cura coge el manuscrito de la maleta, El curioso impertinente, y se pone a leer en voz alta.
Anselmo y Lotario son dos jóvenes muy amigos que viven en Florencia. Pero Anselmo se casa con Camila y pretende que todo siga igual que antes del matrimonio. Lotario deja de ir a visitarle, pero Anselmo decide probar la bondad y fidelidad de su esposa, y quién mejor para ayudarle que su amigo. Lotario empieza negándose, pero finalmente acepta. Al principio refrena su lengua y no habla con Camila cuando se encuentran a solas, pero finalmente terminan enamorándose.
Lotario y Camila engañan a Anselmo, que cree que su esposa es la más honesta, sin percibir que ha sido engañado. Anselmo ha sido “el fabricador de su propia deshonra”. Lotario y Camila huyen por separado y Anselmo muere de amor.
Don Quijote, soñando, ataca los cueros de vino del ventero, creyendo que está luchando contra el gigante del reino de Micomicón y piensa que el vino es la sangre del gigante. El ventero se enfada, aunque esta vez no se va a ir sin pagar.
En esto llegan a la venta un grupo de hombres embozados, que llevan con ellos a una silenciosa mujer. Se trata de Fernando que acaba de sacar a Luscinda del monasterio donde se había enclaustrado. Así, Cardenio y Dorotea se reencuentran con sus amados y hacen las paces.
Sancho despierta a Don Quijote para contarle la verdad sobre Dorotea (que no es ninguna princesa), pero el caballero andante no le cree, sobre todo porque todos los demás desmienten las palabras de su escudero.
Entonces llega un andaluz acompañado de una mora embozada, Zoraida, que quiere bautizarse en el cristianismo como María y casarse con el hombre al que acompaña.
Mientras, Don Quijote compara las virtudes del letrado y del soldado, y aquí se percibe su ingenio y su lucidez.
El cautivo cuenta que él y sus dos hermanos salieron de su hacienda en León y que él eligió la profesión de soldado, luchó contra la armada turca y fue hecho prisionero y condenado a remar. Allí conoció a otro preso español, Pedro de Aguilar, que resulta ser el hermano mayor de Fernando. De allí fue encerrado en unos baños de Argel con otros cautivos cristianos. Un día, de una celosía apareció una caña con dineros y escritos en árabe que sólo soltaban cuando Ruy intentaba aferrar la caña. Se trataba de Zoraida, que quiere que el cautivo la saque de allí y se case con ella. Con el dinero que ella les entrega y con la ayuda de un renegado, los cautivos compran su libertad. El cristiano y varios cristianos se llevan a Zoraida y, por obligación, a su padre, al que le abandonan triste en una cala desierta. Un barco francés les despoja de sus riquezas, pero les deja una chalupa para que puedan llegar a costas españolas. Llegan a Vélez Málaga, donde se encuentran con un soldado que es tío de uno de los cautivos. Ahora Ruy, sin riquezas, pero afortunado por el amor, vuelve a casa.
Aparece en la venta un oidor, Juan Pérez de Viedma, acompañado de todo su séquito y de su hija Clara. Resulta ser el oidor hermano de Ruy, al que habían dado por muerto.
Poco después se escucha cantar a un mozo de mulas. El muchacho sigue a Clara, de quien está profundamente enamorado. Es hijo de un rico caballero, pero prefiere dejar todo por su amada. Y ella le reconoce.
Mientras, Don Quijote hace guardia junto a la venta. Maritornes y la hija del ventero quieren burlarse de él y le atan la mano al asno de Sancho, abandonándole de esa guisa, para soltarle al día siguiente antes de que todos sepan lo que le ha ocurrido.
Al día siguiente llega el barbero de la bacinilla que Don Quijote cree que es el yelmo de Mambrino. Esta discusión –unos que siguen el juego a Don Quijote- y otros que hablan en serio, les lleva a todos a pelearse entre sí, hasta que Don Quijote pone orden y hace que llegue la paz. Allí hay cuatro cuadrilleros; uno de ellos saca la orden de prender a Don Quijote por orden de la Santa Hermandad, por haber liberado a los galeotes. El cura convence a los cuadrilleros de que Don Quijote no está en su sano juicio y al barbero le pagan por su bacinilla.
Ahora deben resolver cómo llevarse a Don Quijote a casa. Así que cuando duerme, aprovechan para disfrazarse y meterle en una jaula, creyendo que en aquel “castillo encantado” también le han encantado a él. Todos se despiden. Con la jaula de Don Quijote van los cuadrilleros, el cura, el barbero y Sancho Panza.
Un grupo de sacerdotes se acercan a la jaula y preguntan por qué llevan a Don Quijote enjaulado. El cura les cuenta la historia verdadera y hablan sobre el mal que hacen los libros de caballerías. El canónigo y el cura hablan de las comedias que se representan en España. Cuando paran a descansar, Sancho le dice a Don Quijote quiénes son los que le llevan preso y le dice que si tiene ganas de “hacer aguas” es porque no está encantado. Sueltan a Don Quijote para que haga sus necesidades y el canónigo le intenta convencer de su locura, pero la argumentación y sabiduría de Don Quijote sobre los libros de caballerías y reales –que todos mezcla- es mejor. Don Quijote le termina diciendo al canónigo que el loco es él. Don Quijote replica sobre el bien que hacen en los lectores las novelas de caballerías.
En esto están cuando aparece un cabrero detrás de una cabra de nombre Manchada, y tratándola como una mujer. Se sienta a almorzar con ellos y les cuenta que él, Eugenio, y otro hombre de su pueblo, Anselmo, rivalizaban por la mano de una mujer muy bella y rica, Leandra. Que ella debía elegir entre los dos, pero entonces apareció un soldado, Vicente de la Rosa, contando sus batallas y la encandiló y engañó, quitándole todo menos la honradez. Desde entonces Leandra está en un monasterio y sus dos amantes, más otros que también la adoraban, se echaron al campo a cuidar rebaños y ensalzar la belleza de su amada mediante cánticos.
Don Quijote se enzarza en una pelea por el cabrero, que le dice que tiene la cabeza vacía. Suena una trompeta y aparece en la campiña una procesión con una Virgen, a la que ruegan lluvias para el campo. El caballero andante cree que la imagen es una mujer cautiva y va a rescatarla, pero uno de los que llevan las andas le apalea. Finalmente vuelven a encerrar a Don Quijote en la jaula y le llevan a casa.


La segunda parte de El Quijote comienza con el protagonista en la cama, curando supuestamente su enfermedad. Está plagada esta parte de un ingenioso refranero venido, casi siempre, de la boca deslenguada de Sancho Panza, que para todo utiliza dichos populares, sobre todo varios seguidos, sin orden ni concierto. Asimismo se nombra varias veces el nombre del escritor árabe de la historia.
Durante el mes que Don Quijote pasó en cama, el cura y el barbero no le visitaron por temor a recordarle las aventuras vividas en su salida, aunque sí acudieron a su casa a preguntar al ama y a la sobrina cómo se encontraba. Cuando deciden, por fin, visitarle en sus aposentos, Don Quijote aparece lúcido y ellos se arriesgan a contarle las últimas noticias sobre la Corte y las amenazas de la flota turca. El cura decide probar suerte y le cuenta la historia del loco del manicomio sevillano que parecía curado e iba a salir, pero sólo eran apariencias. Y de esta forma se dan cuenta de que Don Quijote sigue con su locura y quiere seguir siendo caballero andante y salir en busca de aventuras.
El ama y la sobrina del paciente no quieren que Sancho entre en la casa, pero Don Quijote le llama y le pide que le cuente lo que la gente habla sobre sus andanzas. Sancho le cuenta que su historia se ha convertido en un libro escrito por un árabe.
Sancho Panza trae a la casa al bachiller Sansón Carrasco, estudiante de Salamanca, que será el que les hable del libro sobre sus aventuras y que todo el mundo lee en esos tiempos, aunque Don Quijote cree que hay más de mentira que de verdad en esas páginas. De paso, el bachiller pregunta las dudas no aclaradas en la primera parte. Sancho cuenta quién le robó el jumento y en que gastó los escudos que encontró en la maleta de Sierra Morena. Después, convirtiendo en cómplice a Carrasco de su inmediata salida, le piden consejo sobre dónde encaminarse y él les recomienda las justas de Zaragoza.
Sancho, cuando vuelve a casa, parece demasiado feliz, alegría que no le es indiferente a Teresa, que mantiene los pies sobre la tierra, a pesar de que su marido habla sobre ínsulas y riquezas.
Las mujeres de la casa de Don Quijote se dan cuenta de que éste quiere marcharse de nuevo y, sin éxito, intentan persuadirle para que se quede.
Sancho Panza mantiene una conversación con Don Quijote en la que pone varias condiciones, como la de recibir un salario. El caballero se enfada por esto y por los vocablos que usa su escudero de manera tan errónea que, a veces, se hace difícil de entender. Sancho Carrasco les anima para que salgan en busca de aventuras.
Por fin se marchan de Argamasilla de Alba; es la tercera y última salida. Se encaminan a El Toboso, porque Don Quijote quiere rendir pleitesía a su amada Dulcinea. Don Quijote monologuea sobre la diferencia entre los religiosos y los caballeros. Sancho Panza cree que es mejor ser religioso porque alcanzan antes la fama.
Entran en El Toboso de noche buscando la casa (o el palacio, según el caballero) de Dulcinea. Don Quijote confiesa no haberla visto nunca y que está enamorado de oídas, de ahí que no sepa dónde vive. Sancho aprovecha para decirle que él tampoco la ha visto, pero Don Quijote no le cree. Al día siguiente Don Quijote envía a su escudero a buscar a Dulcinea. Sancho no sabe qué hacer hasta que ve venir a tres labradoras. Le dice al caballero que su amada viene acompañada por dos doncellas y que vienen sobre caballos enjaezados. Pero Don Quijote ve labradoras en vez de princesas y asnos en vez de caballos. Y cree que es todo fruto de un encantamiento.
Cuando se marchan, amo y escudero se encuentran con una carreta de actores. Don Quijote se cae de Rocinante, y el actor que va disfrazado de demonio se monta sobre el asno de Sancho y le imita. Cuando van a vengarse, los actores se han aprovisionado de guijarros y quieren apedrearles. Don Quijote alega que no puede atacarles porque no son caballeros de su condición y Sancho, que es hombre cobarde, prefiere no intentarlo.
En medio de un bosque Don Quijote y Sancho Panza escuchan una canción que proviene de otro caballero andante enamorado, que va acompañado de su escudero. Los dos escuderos hacen un aparte para hablar de sus amos mientras comen con ligereza. El Caballero de los Espejos alardea de haber vencido a todo caballero andante, incluido a ese que llaman Don Quijote de la Mancha. Así que se retan, ganando esta lid Don Quijote. El caballero no es otro que Sansón Carrasco y el escudero de nariz postiza, un vecino de Sancho, Tomé Cecial. Pero Don Quijote cree que es otro encantamiento.
Sansón está detrás de Don Quijote por un plan con el cura y el barbero. Creían que sería empresa fácil vencer a Don Quijote y dejarle bajo la voluntad de Sansón, que le llevaría de nuevo a casa. Ahora el bachiller quiere vengarse, aunque su escudero decide marcharse.
En la misma dirección por donde caminan Don Quijote y Sancho va un hidalgo ricamente ataviado. Se trata de Diego de Miranda. Hablan entre ellos y el hombre se queja de que su hijo sea poeta. Don Quijote defiende a los poetas y, por tanto, al hijo. En ese mismo camino, se encuentran con una carreta que lleva dos leones a la Corte del rey y Don Quijote quiere luchar contra ellos a fuerza. Todos huyen de su temeridad. Y cuando abren la jaula, los leones no salen. A partir de ahora, Don Quijote se hará llamar “El Caballero de los Leones”.
Cuando llegan a la casa del hidalgo, según Don Quijote es el Caballero del Verde Gabán, el hombre les invita a quedarse unos días. Conocen a su esposa, Cristina, y a su hijo, Lorenzo, que a ojos de Don Quijote es un gran poeta.
Al cabo de cuatro días, Don Quijote y Sancho Panza emprenden de nuevo el camino, donde se encuentran con dos estudiantes y dos labradores que se encaminan a una boda. Les invitan y les cuentan la historia del rico Camacho que se casa con la hermosa Quiteria, pero ésta siempre había estado enamorada de un hombre más pobre, Basilio, y él de ella. Sancho apoya a Basilio hasta que los cocineros de la boda le ofrecen comida porque Camacho paga, y Sancho cambia de bando. Suculentos alimentos y poetas variopintos se extienden por el descampado. Caballero y escudero hablan de la muerte cuando aparecen los novios para los desponsorios. Entonces llega Basilio que simula clavarse una espada por amor a Quiteria y pide, como última voluntad, su mano. Ella accede y se casan. Basilio se levanta, convirtiéndose Camacho en un novio burlado.
En la pelea es Don Quijote quien pone fin y se va con los novios y los secuaces de Basilio.
Cuando se despiden de los novios, un primo de Basilio, estudiante, les guía hasta la cueva de Montesinos, donde descuelgan a Don Quijote con una cuerda. Cuando le izan varias horas después está completamente dormido. Don Quijote les cuenta lo que ha visto en la cueva: un amable anciano que le ha asegurado ser Montesinos esperaba al caballero para que desencanten a todos los que en esa cueva halle. Montesinos, a petición de Durandarte, cuando éste murió, tuvo que arrancarle el corazón y entregárselo a su amada Belerma. Todos estos personajes los encuentra Don Quijote en la cueva, pero también ve a la labradora encantada que creyó que era Dulcinea. Les cuenta la leyenda de las sobrinas de Ruidera, convertidas en lagunas. Sancho no se cree nada.
Caballero y escudero, acompañados por el primo, se dirigen hacia una aislada ermita para pernoctar, pero en el camino les pasa a gran velocidad un hombre que transporta lanzas y alabardas y les dice que va a la venta cercana. Luego pasa un joven que se encamina a la batalla. Todos coinciden en la venta. Don Quijote habla con el que portaba las armas y éste le cuenta la historia de los regidores y los rebuznos (a un regidor le robaron un asno y pasó todo un día con el otro regidor rebuznando por el monte mientras buscaba al burro), que se habían convertido en hazmerreír de los pueblos de alrededor y que iban a presentar batalla al día siguiente. Luego llega el titiritero Maese Pedro con el mono adivino y el retablo de Melisendra. Don Quijote cree que este hombre tiene un pacto con el diablo. Tras adivinar Maese Pedro quiénes son el caballero andante y su escudero, comienza la función de su teatro ambulante, donde Melisendra está cautiva en Zaragoza por el rey moro Marsilio, y su esposo Gaiferos, súbdito de Carlomagno, va a rescatarla, siendo perseguidos por los moros. Como Don Quijote no quiere que les alcancen, se levanta y comienza a dar mandobles a diestro y siniestro, destrozando todo el retablo. Luego entra en razón y paga todo. Maese Pedro, al que ellos no habían reconocido, era Ginés de Pasamonte, el galeote y criminal que salvaron de las galeras. Cuando se marchan de la venta, Don Quijote y Sancho se encuentran con el ejército de los rebuznos. Don Quijote les arenga diciendo que no merece la pena presentar batalla por esa razón. Luego Sancho ensalza a su amo y es apaleado. Don Quijote iba a vengarse, pero finalmente los dos terminan huyendo.
Sancho se queja y le pide a su amo el salario para volver a casa, intentando aprovecharse de Don Quijote, que se enfada, aunque terminan haciendo las paces y Sancho se replantea su decisión.
Han llegado al Ebro, donde encuentran una barca. Dejan sus monturas y embarcan, llegando a una aceña que se encuentra en medio del caudal. Don Quijote cree que es un castillo. Salen los molineros cubiertos de harina y el caballero los cree encantados. Salvan a Don Quijote y Sancho, porque la barca se rompe al chocar con las ruedas de la aceña, y llegan los pescadores dueños de la barca. Don Quijote paga el daño y luego les pide a los molineros que le entreguen a los prisioneros del castillo. Ellos le toman por loco.
Muy cerca, Don Quijote y Sancho se encuentran con un grupo de cazadores donde destaca una bella mujer que sujeta un azor. Cuando Sancho va a presentar a su señor a la Duquesa, ella les conoce porque ha leído el libro de sus aventuras. Los Duques les invitan a su castillo. Y cuando Don Quijote va a saludarles se cae del caballo, lo que provoca risas y burlas sin que él se dé cuenta.
Los Duques mandan recado por delante para que Don Quijote sea recibido con todo el cortejo que merece su condición. En medio de las risas de los sirvientes, Don Quijote es vestido para comer y en la mesa el eclesiástico le dice que se saque de la cabeza los pájaros que tiene. El caballero se defiende del eclesiástico, que termina marchándose. Las criadas vienen a lavar las barbas de Don Quijote, como si fuera una costumbre, lo que provoca las risas de los Duques. Y a Sancho se le antoja que le hagan lo mismo, pero con él utilizan agua y toallas sucias, y se queja por esto.
En un aparte, la Duquesa le pregunta a Sancho sobre sus engaños a Don Quijote, y le hace creer –aunque lo inventó él- que la labradora sí que era Dulcinea del Toboso. Sancho sólo piensa en cómo gobernar su ínsula y aparece como un personaje cada vez más codicioso. La Duquesa cree que loco es Don Quijote, pero la simpleza de Sancho es mayor locura todavía.
Los Duques deciden ir de caza con todo su séquito y preparan una burla a Don Quijote y Sancho. Se hace de noche en el bosque y aparecen el demonio y los encantadores. Merlín pide 3300 azotes para Sancho por voluntad propia para desencantar a Dulcinea. Una muchacha que se hace pasar por la Dulcinea verdadera le termina convenciendo, pero es el Duque quien le da su palabra a Sancho de que si no hay azotes no gobernará su ínsula. Sancho escribe (le escriben) una carta a su esposa. Luego llega la visita de una viuda, la dueña Dolorida, que viene a pedir ayuda a Don Quijote. Sancho critica a todas las dueñas hasta que entra el cortejo de la Dolorida. Esta viuda viene de Candaya, donde era la guardiana de la infanta Antonomasia, una joven bellísima de la que se enamoraron muchos, entre ellos Clavijo, un joven de la Corte. Y este hombre, que tocaba bien la guitarra, se ganó primero el favor de la dueña para terminar seduciendo a la infanta, que en un estado avanzado de embarazo se casa con él. La madre de Antonomasia murió de pena, y un gigante primo de la fallecida, Malambrino, apareció en la región, donde encantó a los dos amantes, y alegó que no pondría fin al encantamiento hasta pelear contra Don Quijote. A todas las dueñas las dotó de barbas. La dueña, con el rostro descubierto ahora y mostrando la barba, les habla del caballo de madera que vuela dirigido por una clavija, llamado Clavileño el Alígeno, que les manda el gigante a sus contrincantes para que lleguen a Candaya antes. Sancho quiere quedarse con la Duquesa, pero Don Quijote acepta la empresa de enfrentarse al gigante y acabar con la maldición. Cuando se hace de noche, traen al caballo. A Don Quijote y Sancho Panza les vendan los ojos y creen volar. El caballo tiene cohetes y, cuando estallan, los dos hombres acaban por el suelo. Cuando se levantan, encuentran un mensaje de que han acabado con la maldición. Sancho le cuenta a la Duquesa que se ha levantado el pañuelo cuando “volaban” y que en el cielo ha visto cabras de todos los colores, para guasa de los Duques, que lo han observado todo y saben que el caballo no se ha movido de allí.
Sancho es requerido por el Duque, que le dice que se prepare para tomar posesión como gobernador de la ínsula que le va a dar. El Duque se burla de él hasta que aparece Don Quijote y le da muchos consejos y recomendaciones. Respecto al cuidado del alma: Dios, quién es él, prudencia, humildad, virtud, verdad, equidad, compasión, misericordia. Respecto al cuerpo: comer, vestir, montar a caballo, higiene, hablar... Y le aconseja sobre el exceso de refranes. También le pregunta de dónde los saca. Don Quijote teme la forma de gobierno de su escudero.

Sancho y su rucio son despedidos con mucha pompa, y van acompañados por un mayordomo fiel a los Duques, en cuyo rostro cree ver Sancho a la Dolorida, y cree que es otro encantamiento. Es la misma persona, pero él no lo sabrá. Don Quijote se queda en el palacio de los Duques y, una noche en sus aposentos, escucha los cánticos de amor de una mujer que dice estar enamorada de él. Se trata de Altisidora.
Mientras, Sancho Panza llega a la ínsula Barataria, y le sientan en un sillón de trono donde comienza a impartir justicia y lo hace bien. Todo lo escriben para dar constancia al Duque.
Altisidora suspira por Don Quijote y el caballero andante inventa una canción para ella, porque él no puede corresponder a su amor, ya que su corazón es de Dulcinea del Toboso. Mientras está cantando en la ventana, se le echa encima un saco lleno de gatos con cencerros, que él cree demonios y empieza a luchar contra ellos. Uno de los gatos se le cuelga de la nariz, hasta que vienen los Duques a socorrerle.
Cuando Sancho va a comer encuentra una mesa llena de exquisitos platos, que un médico con una varita hace desaparecer cuando el gobernador va a llevarse algo a la boca. Así que Sancho tiene un hambre atroz, y su comida es interrumpida por un labrador burlesco, que le habla de que la mujer de la que se ha enamorado su hijo, aparte de tuerta y defectuosa, está endemoniada, y de paso le pide de 300 a 600 escudos para la dote. Sancho le echa de allí malhumorado.
Pasa de la medianoche cuando la dueña Rodríguez entra en los aposentos de Don Quijote para contarle su historia. Critica a Altisidora y a la Duquesa, y entonces entran unos encantadores que apalean a la dueña y pellizcan a Don Quijote, en medio de un terrible silencio.
Sancho cena por fin y sale con su séquito a hacer la ronda por la ciudad: fulleros de juego, joven que parece huir de la justicia y muchacha disfrazada de hombre. El maestrescuela decide proponerla en matrimonio, mientras Sancho cree que el hermano de la joven sería un buen esposo para su Sanchita.
Las encantadoras que habían castigado a la Dueña eran Altisidora y la Duquesa, que estaban escuchando tras la puerta lo que le contaba a Don Quijote.
Un paje llega con cartas y regalos a casa de Teresa Panza. El cura y el barbero no le creen porque le descubren como persona socarrona.
A Sancho le presentan un dilema y se descubre su misericordia. Recibe una carta de Don Quijote, que le habla del orgullo que siente por él. Sancho le responde. Cambia las leyes de la ínsula, sobre todo acerca de los precios y de la pobreza.
Don Quijote se ve tan ocioso que cree que ha llegado el momento de marcharse en busca de aventuras. La dueña Rodríguez y su hija le piden que se enfrente al labrador que ha seducido y prometido matrimonio a la doncella. Don Quijote acepta. Llegan las cartas de Teresa Panza que se leen en voz alta entre los Duques y sus súbditos.
Cuando está a punto de conciliar el sueño, Sancho oye gritos y le visten con dos paveses para que defienda la ínsula, pero el resultado es que no puede moverse. Cuando vencen ya amanece. Sancho va en busca de su rucio y se marcha, porque se da cuenta de que él no ha nacido para gobernar.


En el camino, Sancho se encuentra con seis peregrinos extranjeros. Uno de ellos es un morisco, antiguo vecino suyo. Ricote, expulsado de España por orden real y separado de mujer e hija; le pide a Sancho que le acompañe a desenterrar el tesoro que dejó tras de sí antes de tener que irse obligatoriamente. Pero Sancho dice que no, que se conforme con que no le va a denunciar.
El escudero se despide y llega cerca del castillo de los Duques, se hace de noche y se cae en una sima donde al día siguiente le encuentra Don Quijote. Sancho les explica a los Duques que él no ha nacido para gobernar, que ha decidido volver a ser el escudero de Don Quijote.
Como el rico labrador había ido a Flandes para huir de la dueña y su hija, los Duques ponen en su lugar a su lacayo Tosilos y le dicen cómo debe vencer a Don Quijote. Pero cuando el joven ve a la muchacha se enamora de ella y no presenta pelea. La dueña se siente engañada, pero la hija acepta casarse con él.
Cuando Don Quijote y Sancho Panza están preparados para marchar, Altisidora canta diciendo que le han robado tres tocadores y tres ligas. Los tocadores los tiene Sancho y las ligas la doncella puestas. Les pide perdón y ellos emprenden el camino a Zaragoza.
En el camino se encuentran con un grupo de hombres que llevan estatuas para un retablo y Don Quijote les hace destaparlas, con lo que comienza a contar las historias de los santos representados. Después se enganchan con unas redes y conocen a unos pastores que viven en una Arcadia de ficción. Finalmente son atropellados por una recua de toros y salen magullados.
A la entrada de Zaragoza, Sancho y Don Quijote se alojan en una venta. En la habitación de al lado dos hombres hablan de Don Quijote, que les está escuchando. Les grita y aparecen dos caballeros con un ejemplar escrito sobre la historia del caballero andante, por un aragonés, Avellaneda. Don Quijote lee tales exageraciones sobre su persona que decide no poner los pies en Zaragoza.
Cerca de Barcelona, chocan con unos ahorcados, bandoleros colgados en los árboles a modo de aviso. Y de repente se encuentran rodeados por bandoleros vivos, que están al mando de Roque Guinart, que tiene una extraña justicia. Don Quijote y Sancho hacen amistad con Roque. Por caminos ocultos llegan a Barcelona y se despiden de Roque y sus acompañantes. Allí un amigo del bandolero, avisado de su llegada, les reconoce y saluda. Don Quijote se ve rodeado de gente que ha leído su historia y le saluda. Allí se alojan en la posada de Antonio Moreno, que les trata a cuerpo de rey, a pesar de las burlas. Acompaña a Don Quijote por las calles, con un cartel en su espalda donde pone quién es el caballero, y la gente les persigue. Le enseña la cabeza charlatana, donde habla un sobrino suyo bachiller, que nadie descubre. Don Quijote entra en una imprenta y habla con los que allí trabajan, hasta que ve su historia y se marcha enfadado.
Otro día acude a ver las galeras. Sube a una y se produce una lucha encarnizada contra un bergantín turco. Atrapan a los marinos y deciden ahorcar al arráez, que resulta ser una mujer cristiana disfrazada. Es Ana Félix, hija de Ricote, y viene a buscar el tesoro de su padre, para dárselo al rey de Argel y poder salvar a su prometido, Gaspar Gregorio, que sigue en Argel haciéndose pasar por mujer. Ricote, que ha subido al barco con el virrey, la abraza y reconoce como su hija.
Don Quijote se acerca a la playa, donde se encuentra con el Caballero de la Blanca Luna, que le reta y vence. Don Quijote debe volver a su casa y no coger las armas al menos en un año.
Don Quijote pasa seis días en cama recuperándose. Antonio sigue al Caballero de la Blanca Luna para descubrir su identidad, que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco. Gaspar Gregorio es liberado en Berbería, llegan a Barcelona y los moriscos deciden quedarse en España.
Don Quijote se desarma y emprenden el camino de vuelta.

Sancho Panza marcha caminando porque su rucio porta las armas de Don Quijote y se queja por ello. Llegan a una posada donde les preguntan su opinión sobre una carrera y es Sancho quien les da una respuesta ingeniosa. Se encuentran de nuevo con el lacayo Tosilos, que les dice que fue apaleado por el Duque, y que la hija de la dueña está en un monasterio. Don Quijote cree que sigue encantado. Sancho se sienta a comer y beber con él mientras el caballero andante sigue adelante.
Pasan por el lugar donde fueron atropellados por toros y Don Quijote recuerda la Arcadia ficticia que allí había. Ahora quiere ser pastor, imaginándose que todos sus amigos le acompañarán.
Una piara de cerdos les pasa por encima una noche, sin orden ni concierto. Al día siguiente son detenidos, no les dejan hablar y les llevan al castillo que ellos conocen bien: el de los Duques. En el patio del castillo se encuentra Altisidora muerta de amor por Don Quijote. Están presentes dos ministros y los Duques. Para hacer volver a la vida a Altisidora, las dueñas le hacen pasar a Sancho por un suplicio. La doncella revive y Don Quijote y Sancho marchan a sus aposentos. Allí comentan el suceso que han visto, o en el caso de Sancho, padecido. Al día siguiente viene Altisidora y Don Quijote le explica que su corazón es de Dulcinea. Llegan los Duques y el caballero les pide licencia para marcharse.
Cide Hamete explica aquí cómo Sansón Carrasco, disfrazado del Caballero de la Blanca Luna, llegó al palacio de los Duques, que le contaron las burlas y la dirección que había tomado. A la vuelta y con la batalla vencida, Sansón volvió a saludar a los Duques y les avisó de que Don Quijote y Sancho iban tras sus pasos, pues Don Quijote cumpliría su palabra como caballero andante que era. Y habían apostado soldados en todos los posibles caminos por los que llegarían.
De nuevo en camino, Don Quijote le dice a Sancho que debe darse los 3300 azotes para desencantar a Dulcinea y que le pagará por ellos. Por la noche, el escudero se mete entre unos árboles y empieza a azotarse, aunque quienes reciben los golpes son las encinas y hayas cercanas.
Se alojan en un mesón y aparece don Álvaro Tarfe, nombre que a Don Quijote le suena de la Segunda Parte de las hazañas de Don Quijote, escrita por Avellaneda. El hombre le explica que realmente conoció a otro caballero y escudero que se hacían llamar así y que no se parecen en nada a los verdaderos. Hacen venir al alcalde para firmar una declaración y que no haya malentendidos entre los dos Quijotes.
Sancho termina de azotarse –haciéndolo como la otra vez- y finalmente llegan a su aldea. A la entrada, Don Quijote cree ver malos augurios. Se encuentran con el cura y el bachiller. Sancho se va con su esposa e hija, y Don Quijote les cuenta a sus amigos que quiere ser pastor. Prometen acompañarle en su nueva locura.
Pocos días después, a Don Quijote le entra una calentura que le mantiene en cama. Se queda dormido y despierta cuerdo. Sabe que va a morir y decide confesarse y hacer el testamento, donde beneficia a su sobrina siempre que no se case con alguien que sepa nada de los libros de caballerías. El epitafio de su tumba lo escribe Sansón Carrasco.



Estatuas de Don Quijote y Sancho Panza en el Museo-Casa Natal de Miguel de Cervantes, Alcalá de Henares

2 comentarios:

Carol dijo...

Enhorabuena por habertelo podido terminar. Yo lo empecé hace un par de años y llegué hasta la página 55. Lo siento pero me desquicia un poco el castellano antiguo. Porque fijate que me pasa como a ti te ocurría, que conocía la historia por películas, cómics... pero quería descubrirlo por mi misma. Y no pude. Quizá no era el momento de leerlo. Con el tiempo se verá.

K dijo...

Si te lo propones te lo lees. He leído un libro peor -y fue porque me entraba en examen- en castellano más antiguo, que no fue otro que el Poema de Mío Cid. Y ese era mirar las notas todo el tiempo.
Con El Quijote llega un momento en que te acostumbras, llega un momento en que lo terminas llevando bien. Los capítulos no son largos y se termina haciendo ameno, amén de las risas que te terminas echando.
Se trata de cogerlo con buena disposición y ganas. Y cuando quieres darte cuenta te quedan diez páginas para terminarlo.

Otra cosa es que te encariñas con los dos protagonistas. Sus locuras son tan "inocentes" que te sale la vena afectiva.

No sé, se trata de un cúmulo de sentimientos y, desde luego, merece la pena.

Me lo he leído en 10 días. Supongo que todo es ponerse.