
Si tuviera que elegir una estación del año ésa sería el verano. Odio el frío, la lluvia, la nieve, el viento; no es de extrañar. Y me gusta que el sol me dé en la cara.
Otros veranos no, pero éste es especial, sobre todo porque disfruto del momento y del hecho de poder coger lo que tengo al alcance de la mano. Todos los días de calor deseo que llegue la hora de comer para darme un baño en la piscina. O dos. Nadar me relaja, me hace olvidar incluso lo más cercano.
Adoro llegar a casa, quitarme todo (que equivale a quitarse todas las cargas, incluso las mentales, algo que se agradece) y bañarme. Hay días en que he comido a las 15.30 h. sólo por haber perdido la noción del tiempo. Y no me importa prepararme a contrarreloj y llegar con cinco minutos justos para tomar un café rápido. Es un nuevo empezar, y esta vez sin cargas.
Antes, cuando estaba en Salamanca y carecía de la piscina, no lo echaba tanto de menos. Salamanca... me trae magníficos recuerdos y éstos son los que me entristecen por los años vividos allí, por la gente que conocí, por las fiestas que disfruté, por esas piedras desgastadas al sol que tanta gente han visto llegar... y marchar.
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